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How Democracies Die

How Democracies Die
Título: How Democracies Die
Autor: Steven Levitsky, Daniel Ziblatt
Editorial: Crown
País: -
Fecha: -
Páginas: 320
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Detalles:

Por Eduardo Castillo, @nassincastillo

Es la democracia el destino inevitable de cualquier país? Ciertamente no. A lo largo de nuestra historia, la excepcionalidad democrática nos responde con evidencia inapelable que las democracias son la rara avis de nuestras entidades políticas. Como humanos, tenemos miles de años cruzando los parajes de esta tierra. Hemos sido testigos de un desarrollo evolutivo de nuestras instituciones, hasta el punto de naturalizarlo con un proceso de democratización inherente a cualquier sociedad. Pero la democracia ha sido una feliz suma de decisiones políticas y casualidades.

Solo en el siglo XX se instauró la necesidad de la democracia como elemento aspiracional y necesario para los países. Luego, el período entreguerras europeo se convirtió en una llamada de atención, las dictaduras que aparecieron en países que se consideraban a la vanguardia del mundo mostraron en poco tiempo la degeneración acelerada que pueden mostrar los sistemas democráticos.

Hoy, el mundo se ve avasallado de ensayos y artículos que intentan describir las nuevas amenazas que ponen en peligro a la democracia. Desde Malasia hasta los EE.UU., vemos el florecimiento de alternativas que basan sus promesas en la transformación, cuando no destrucción, de lo que otrora eran referentes democráticos del mundo.

Si la democracia no es destino inevitable, cualquier transformación del sistema puede degenerar en formas más censitarias o perniciosas de elección y gobierno. Este es precisamente el tema al que Levitsky y Ziblatt dedican las más de 300 páginas de su How democracies die. Haciendo eco de los últimos acontecimientos políticos en los EE.UU., a raíz del insólito triunfo de Donald Trump, el foco de la atención se orienta a la investigación sobre las tendencias que conducen a la degeneración y posterior “muerte” de la democracia.

El libro inicia con la pregunta “¿Está en peligro nuestra democracia?”, pregunta que, anteriormente, iba en clave geográfica del llamado tercer mundo. Desde la curiosidad, para los autores surge una interrogante fundamental para los tiempos que vivimos. Se trata del ánimo más frecuente en los analistas políticos tras la elección de Donald Trump. Pero rara vez una democracia degenera en tan poco tiempo. Lo que sorprende es la incapacidad de prever que algo estaba cambiando, o despertando según se quiera ver, en los Estados Unidos.

El lenguaje político es el primer indicador de crisis. Así, para los autores, la intimidación, persecución de la prensa, y el tratamiento del contrario como enemigo son síntomas de la, ahora en crisis, democracia norteamericana. Podríamos decir que Carl Schmitt está en las puertas de Estados Unidos, reclamando una revisión profunda y anunciando el paso a una democracia plebiscitaria.

La muerte de la democracia suele asociarse con golpes de estado, conflictos internos y guerras civiles. Pero, el texto quiere llamar la atención sobre otro tipo de fin. Las democracias mueren también de forma progresiva. Ya no se habla de las transformaciones abruptas, más propias del siglo pasado, sino del desmantelamiento de derechos civiles en clave procedimental. Son los pasos lentos, apenas visibles, los que pueden describir de mejor manera la muerte de las democracias avanzadas. Son los líderes electos democráticamente y no ya los generales de antaño, quienes encabezan este tipo de transformaciones.

En general, el libro nos expone otra manera de “matar la democracia”. Tanto así que, afirman, el comienzo del retroceso democrático se inicia en la boleta electoral. Esto se debe, principalmente, al desarrollo de una cierta inteligencia por parte de los liderazgos autoritarios. Terminar con la democracia de forma inmediata hace que el fenómeno sea innegable.

Por ello, la progresividad o el gradualismo son más indicados. La esencia de todo radica en que la figura del autócrata conserva cierto envoltorio democrático. Incluso, la constitución del país puede conservarse y el desmantelamiento llevarse a cabo con base a formalidades totalmente legales. Todo ello para mantener las apariencias de una democracia, mientras se vacía su esencia.

En este sentido, tal como se ha adelantado, ninguna sociedad está vacunada contra la aparición de este tipo de liderazgos. Aunque los autores se centren, principalmente, en la coyuntura norteamericana actual, dejan muy claro, aunque casi sin necesidad, que este fenómeno no es exclusivo de algunas pocas naciones. Incluso, las más avanzadas y prósperas pueden ser presa de liderazgos autodestructivos.

Sin embargo, la forma en que otros líderes y partidos políticos afrontan estos retos constituye una prueba esencial. En la medida que estas organizaciones no autocráticas aborden el problema puede contribuir al resguardo de los sistemas democráticos. Por el contrario, ceder ante las tendencias, permitiendo que los partidos políticos, esenciales en el análisis del libro, se subordinen al interés de los radicalismos pone en jaque la supervivencia del sistema.

Ahora bien, una segunda prueba importante surge del fin de la toma del poder por parte del liderazgo autoritario. Los autores se cuestionan si las democracias son capaces de constreñir el accionar de los autócratas y el desmantelamiento de las instituciones desde adentro. Sin el adecuado entramado de normas sólidas, el resto de los aspectos constitucionales carecen de poder real. A decir de Levitsky y Ziblatt, la paradoja de la “ruta democrática del autoritarismo” es que hace uso de las mismas instituciones de la democracia para matarla.

De acuerdo con los autores, los Estados Unidos han fallado en la primera de las pruebas. La elección de Donald Trump es analizada como el primer fallo importante de este tipo para la democracia norteamericana en dos siglos. Por lo que su interés se orienta a indagar en qué tan segura puede resultar la Constitución, entendiendo que es quizá el caso paradigmático de carta magna diseñada explícitamente para reducir el poder político y fragmentarlo.

En línea con lo anterior, se identifica que existe un estrato normativo subyacente a la legalidad. Se trata de las normas no escritas. De acuerdo con el texto, este tipo de normas son también imprescindibles, especialmente por el peso que la costumbre puede tener en algunas sociedades.

Dos son las normas no escritas identificadas en el libro como salvaguardas de la estabilidad bicentenaria norteamericana: la pluralidad y autocontrol. La primera, como condición de respeto mutuo y reconocimiento de la legitimidad del rival político. En el segundo caso, una cualidad individual compartida por los políticos, que les motiva a no abusar de las prerrogativas de sus cargos. Una de las mayores enseñanzas del libro radica en la importancia de estos aspectos.

Finalmente, si bien el espíritu del libro está enfocado en el análisis del alma política norteamericana y sus tendencias, las comparaciones y casos paradigmáticos enriquecen notablemente la narrativa del libro. Se trata de una obra vigente y bien documentada.
s la democracia el destino inevitable de cualquier país? Ciertamente no. A lo largo de nuestra historia, la excepcionalidad democrática nos responde con evidencia inapelable que las democracias son la rara avis de nuestras entidades políticas. Como humanos, tenemos miles de años cruzando los parajes de esta tierra. Hemos sido testigos de un desarrollo evolutivo de nuestras instituciones, hasta el punto de naturalizarlo con un proceso de democratización inherente a cualquier sociedad. Pero la democracia ha sido una feliz suma de decisiones políticas y casualidades.

Solo en el siglo XX se instauró la necesidad de la democracia como elemento aspiracional y necesario para los países. Luego, el período entreguerras europeo se convirtió en una llamada de atención, las dictaduras que aparecieron en países que se consideraban a la vanguardia del mundo mostraron en poco tiempo la degeneración acelerada que pueden mostrar los sistemas democráticos.

Hoy, el mundo se ve avasallado de ensayos y artículos que intentan describir las nuevas amenazas que ponen en peligro a la democracia. Desde Malasia hasta los EE.UU., vemos el florecimiento de alternativas que basan sus promesas en la transformación, cuando no destrucción, de lo que otrora eran referentes democráticos del mundo.

Si la democracia no es destino inevitable, cualquier transformación del sistema puede degenerar en formas más censitarias o perniciosas de elección y gobierno. Este es precisamente el tema al que Levitsky y Ziblatt dedican las más de 300 páginas de su How democracies die. Haciendo eco de los últimos acontecimientos políticos en los EE.UU., a raíz del insólito triunfo de Donald Trump, el foco de la atención se orienta a la investigación sobre las tendencias que conducen a la degeneración y posterior “muerte” de la democracia.

El libro inicia con la pregunta “¿Está en peligro nuestra democracia?”, pregunta que, anteriormente, iba en clave geográfica del llamado tercer mundo. Desde la curiosidad, para los autores surge una interrogante fundamental para los tiempos que vivimos. Se trata del ánimo más frecuente en los analistas políticos tras la elección de Donald Trump. Pero rara vez una democracia degenera en tan poco tiempo. Lo que sorprende es la incapacidad de prever que algo estaba cambiando, o despertando según se quiera ver, en los Estados Unidos.

El lenguaje político es el primer indicador de crisis. Así, para los autores, la intimidación, persecución de la prensa, y el tratamiento del contrario como enemigo son síntomas de la, ahora en crisis, democracia norteamericana. Podríamos decir que Carl Schmitt está en las puertas de Estados Unidos, reclamando una revisión profunda y anunciando el paso a una democracia plebiscitaria.

La muerte de la democracia suele asociarse con golpes de estado, conflictos internos y guerras civiles. Pero, el texto quiere llamar la atención sobre otro tipo de fin. Las democracias mueren también de forma progresiva. Ya no se habla de las transformaciones abruptas, más propias del siglo pasado, sino del desmantelamiento de derechos civiles en clave procedimental. Son los pasos lentos, apenas visibles, los que pueden describir de mejor manera la muerte de las democracias avanzadas. Son los líderes electos democráticamente y no ya los generales de antaño, quienes encabezan este tipo de transformaciones.

En general, el libro nos expone otra manera de “matar la democracia”. Tanto así que, afirman, el comienzo del retroceso democrático se inicia en la boleta electoral. Esto se debe, principalmente, al desarrollo de una cierta inteligencia por parte de los liderazgos autoritarios. Terminar con la democracia de forma inmediata hace que el fenómeno sea innegable.

Por ello, la progresividad o el gradualismo son más indicados. La esencia de todo radica en que la figura del autócrata conserva cierto envoltorio democrático. Incluso, la constitución del país puede conservarse y el desmantelamiento llevarse a cabo con base a formalidades totalmente legales. Todo ello para mantener las apariencias de una democracia, mientras se vacía su esencia.

En este sentido, tal como se ha adelantado, ninguna sociedad está vacunada contra la aparición de este tipo de liderazgos. Aunque los autores se centren, principalmente, en la coyuntura norteamericana actual, dejan muy claro, aunque casi sin necesidad, que este fenómeno no es exclusivo de algunas pocas naciones. Incluso, las más avanzadas y prósperas pueden ser presa de liderazgos autodestructivos.

Sin embargo, la forma en que otros líderes y partidos políticos afrontan estos retos constituye una prueba esencial. En la medida que estas organizaciones no autocráticas aborden el problema puede contribuir al resguardo de los sistemas democráticos. Por el contrario, ceder ante las tendencias, permitiendo que los partidos políticos, esenciales en el análisis del libro, se subordinen al interés de los radicalismos pone en jaque la supervivencia del sistema.

Ahora bien, una segunda prueba importante surge del fin de la toma del poder por parte del liderazgo autoritario. Los autores se cuestionan si las democracias son capaces de constreñir el accionar de los autócratas y el desmantelamiento de las instituciones desde adentro. Sin el adecuado entramado de normas sólidas, el resto de los aspectos constitucionales carecen de poder real. A decir de Levitsky y Ziblatt, la paradoja de la “ruta democrática del autoritarismo” es que hace uso de las mismas instituciones de la democracia para matarla.

De acuerdo con los autores, los Estados Unidos han fallado en la primera de las pruebas. La elección de Donald Trump es analizada como el primer fallo importante de este tipo para la democracia norteamericana en dos siglos. Por lo que su interés se orienta a indagar en qué tan segura puede resultar la Constitución, entendiendo que es quizá el caso paradigmático de carta magna diseñada explícitamente para reducir el poder político y fragmentarlo.

En línea con lo anterior, se identifica que existe un estrato normativo subyacente a la legalidad. Se trata de las normas no escritas. De acuerdo con el texto, este tipo de normas son también imprescindibles, especialmente por el peso que la costumbre puede tener en algunas sociedades.

Dos son las normas no escritas identificadas en el libro como salvaguardas de la estabilidad bicentenaria norteamericana: la pluralidad y autocontrol. La primera, como condición de respeto mutuo y reconocimiento de la legitimidad del rival político. En el segundo caso, una cualidad individual compartida por los políticos, que les motiva a no abusar de las prerrogativas de sus cargos. Una de las mayores enseñanzas del libro radica en la importancia de estos aspectos.

Finalmente, si bien el espíritu del libro está enfocado en el análisis del alma política norteamericana y sus tendencias, las comparaciones y casos paradigmáticos enriquecen notablemente la narrativa del libro. Se trata de una obra vigente y bien documentada.

José Vicente Rojo

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Opiniones (1)

Joaquin
How Democracies Die 100.0

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Posted on 11 abril, 2018 18:30

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