Por Paola Cannata, @PaolaCannata, politóloga especializada en relaciones institucionales, asuntos públicos y comunicación

En los próximos días se cumplen diez años del 15M. Produce una sensación extraña comprobar que, al mismo tiempo que parece que fue ayer, sentimos que ha pasado una eternidad.

Que han pasado muchas cosas en estos últimos 10 años no es solo una sensación. Nuestro contexto político es otro, la forma de hacer política es otra, la sociedad ha cambiado y nuestro país es distinto.

No cabe duda que la crisis financiera de 2008 fue un punto de inflexión para los sistemas políticos, sociales y económicos de numerosos países. Lo que comenzó siendo una crisis de los mercados financieros pronto desencadenó una crisis económica y social profunda, aumentando significativamente los índices de pobreza y desigualdad.

Las olas de protestas e indignación pronto se desencadenaron. Surgieron no solo por el estallido de la crisis, sino también por la posterior gestión que los Gobiernos y partidos políticos del momento realizaron. A la crisis financiera, económica y social, se unió una crisis política que ha condicionado la última década.

En Europa las protestas e indignación por lo que se vivía en aquellos momentos se canalizaron de distinta manera. Así pues, las crisis del 2008 fueron el resorte de los movimientos y partidos de ultraderecha en distintos países.

En España, sin embargo, la crisis de aquel año no supuso la activación de estas doctrinas ultra.

En nuestro país la indignación y el descontento social dieron luz a un movimiento radicalmente democrático, comunitario, plural y diverso. Reflejo de una sociedad en movimiento y cambio que pedía volver a estar en el centro de lo político y de lo público. Nació el 15M.

A partir del 2008 se evidenció la ruptura de pactos sociales, certezas y consensos ampliamente compartidos hasta el momento, que cimentaban la democracia representativa y la convivencia. En 2011 el 15M daba, a quien supo verlo, algunas pistas del pulso social y algunos cambios que el sistema político y económico debían asumir.

El 15M fue un movimiento social o diría más, una revolución social, que cambió el rumbo político de nuestro país. Aún seguimos percibiendo su poso.

Hablar hoy del 15M en términos de fracaso no tiene sentido, y mucho menos si lo hacemos condicionados por cómo se ha desarrollado el panorama político posterior.

El 15M no nacía con la obligación de dar solución a las disfuncionalidades políticas y sociales del momento, ni tenía la función de producir ideas perfectamente coherentes y listas para su implementación.

El 15M, como movimiento social, fue el indicador y la expresión de un malestar y de un cambio en las demandas sociales. Desde su desorden creativo, sus numerosas y largas asambleas y su gran diversidad, dibujaba una comunidad que compartía frustraciones, inquietudes y anhelos, se expresaba y se hacía escuchar.

¿Por qué el 15M fue un acontecimiento clave? Porque condicionó a todo el contexto político y social.

El 15M y las demandas sociales que se expresaron fijaron todo el abanico político. Nadie pudo quedarse indiferente. El 15M condicionó de lleno a los partidos políticos existentes en aquel momento y fue determinante para el surgimiento de unos nuevos, lo que ha marcado el panorama político y social de la última década.

El apoyo que recibió de diversos actores sociales es una característica fundamental para detectar el alcance. El alto grado de transversalidad, del que solo un movimiento social se puede dotar, fue evidente y decisivo en su condicionalidad.

El sufrimiento social se cebó con un amplio porcentaje de la población y no dejaba indiferente a otro tanto. La socialización del dolor y las frustraciones fueron fundamentales en lo que se convirtió en una terapia colectiva a gran escala, haciéndolo político y unió trayectorias y situaciones vitales que en ningún caso eran meras cuestiones personales.

El apoyo intergeneracional y el intercambio de experiencias fueron otras de las características determinantes. La inspiración y el recuerdo de otras luchas era evidente.

Y como elemento también significativo podemos destacar su amplia implicación territorial. El 15M, si bien tuvo su expresión más significativa y numerosa en la Puerta del Sol (Madrid), las plazas se llenaron en muchos rincones de España.

Fruto del 15M y de diversos acontecimientos posteriores, se dibujó una frontera entre lo que se llamó vieja y nueva política. Aunque con especial énfasis en la izquierda, la nueva política interpelaba a todos los colores políticos.

Las aportaciones de esta nueva política al panorama económico, social e institucional de nuestro país dan para otro debate. Pero lo que está claro es que a partir de ese momento, todos los actores políticos no escaparon a la necesidad vital de incorporar, o cuanto menos valorar, nuevos procesos de decisión, nuevas técnicas participativas, nuevos estilos y nuevas sensibilidades sociales.

Al final la crisis económica, social y política desencadenada en 2008 fue el detonante que nos avisó que estábamos entrando en el nuevo siglo sin guía. Que el mundo cambiaba a gran velocidad y que nos presentaba grandes retos a los que hacer frente. Entre ellos mantener fuerte y robusta nuestra democracia frente a los elementos desestabilizadores que asomaban.

La participación e implicación de la ciudadanía en las decisiones políticas, la transparencia, la cercanía y apertura de las instituciones, la incorporación de nuevas demandas e inquietudes…, se identificaron como las exigencias de una nueva sociedad moderna, colaborativa, dinámica y tecnológica.

Comentar y valorar el posterior desarrollo del panorama político, las aportaciones de la nueva política a las instituciones o si estamos mejor o peor que antes del 15M sería otro debate. Pero lo que resulta innegable es el alcance y la importancia que tuvo el movimiento de las plazas en la construcción social de nuestro país.

Los nuevos consensos que se van tejiendo, los nuevos paradigmas sociales, económicos y las d­ecisiones políticas que se han venido adoptando en los últimos años, y que se adoptan hoy, beben de aquellos días donde la ciudadanía reclamó más y mejor democracia.

A nadie se le escapa el evidente cambió en la gestión de esta nueva crisis social y económica, provocada por la crisis sanitaria. La gestión actual está fuera del marco de austeridad y de descuido social, propio de la crisis anterior.

Observar cómo en 2011 la ciudadanía española canalizaba su indignación, sufrimiento y malestar, pidiendo más participación, igualdad de oportunidades y democracia debe ser motivo de orgullo patrio. Aún hoy dice mucho de nuestro país.

Y lo cierto es que no fue un caso aislado, sino que nuestro país ha seguido protagonizando movilizaciones que beben de aquel espíritu. Las calles llenas de gente y emoción el 8M, especialmente el de 2018, y las movilizaciones por el clima, son ejemplos significativos.

Hoy, como entonces, es preciso poner en valor estas movilizaciones sociales que nos permiten detectar y rechazar postulados intolerantes, excluyentes y antidemocráticos que tan peligrosamente estamos normalizando y que amenazan nuestra convivencia.

El décimo aniversario del 15M da para mucho análisis con múltiples matices, pero es justo y oportuno recordar lo que aquello significó con una mirada amable, sincera, melancólica y optimista.

Feliz 15M.

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