Fernando Domínguez Sardou
Consultor y analista político. Subdirector de la revista

Hay oficios que se aprenden en un aula y oficios que se aprenden en un aeropuerto. El nuestro pertenece, con todas sus consecuencias, a la segunda categoría. Se puede estudiar comunicación política -y conviene hacerlo-, pero nadie se convierte del todo en consultor hasta que aterriza por primera vez en un país que no es el suyo, con una campaña que arranca en tres días y la sospecha creciente de que casi nada de lo que trae en la cabeza va a servir tal como venía empaquetado.
Ese momento es fundacional. Lo cuentan igual, con variaciones mínimas, consultores de generaciones y geografías distintas: la reunión inicial donde los códigos no encajan, el candidato que espera otra cosa, el equipo local que mira al recién llegado con una mezcla de expectativa y escepticismo. El manual, si existiera, diría que el conocimiento técnico es universal. La experiencia dice otra cosa: que el conocimiento técnico es la parte pequeña del equipaje, y que el resto -la lectura del contexto, la sensibilidad cultural, la capacidad de callar a tiempo- solo se factura viajando.
No es casual que la historia de la consultoría política moderna sea también una historia de migraciones profesionales. Las técnicas cruzaron el Atlántico en ambas direcciones; los modelos de campaña se contagiaron entre continentes; las escuelas se fundaron sobre lo que alguien vio funcionar en otra parte.

Somos, como gremio, hijos del movimiento. Y sin embargo hablamos poco de lo que ese movimiento nos hace: de cómo nos transforma trabajar en sistemas políticos ajenos, en lenguas que dominamos a medias, en culturas donde nuestra intuición -esa herramienta que tanto nos enorgullece- llega desactivada de fábrica.
Este A Fondo quiere hablar exactamente de eso. No de los destinos, sino del viaje; no del mapa de la profesión, sino de lo que la profesión itinerante hace con nosotros. Porque si algo distingue a este oficio es que su materia prima -la confianza, el contexto, el relato- no se deja exportar sin aduanas. Cada frontera que cruzamos nos cobra un peaje en certezas y nos paga en algo más difícil de nombrar: perspectiva.
La pregunta que vertebra estas páginas, y las cuatro conversaciones que las acompañan, es sencilla de formular y menos sencilla de responder: ¿qué nos pasa, profesional y humanamente, cuando trabajamos lejos de casa? ¿Qué perdemos al despegar, qué ganamos al aterrizar y qué traemos -o dejamos- cada vez que volvemos?
Ida y vuelta: desaprender y traer de regreso

Lo primero que descubre el consultor que viaja es que su método tenía nacionalidad. Lo que en su país era sentido común profesional -cómo se trata a un periodista, cuánto pesa una encuesta, quién decide de verdad dentro de un comando de campaña- resulta ser, en realidad, una convención local. La relación con los medios cambia de temperatura entre países: donde uno esperaba distancia institucional encuentra cercanía casi familiar, y donde esperaba complicidad encuentra trinchera. La cultura del dato varía: hay entornos donde la encuesta es oráculo y entornos donde es apenas un argumento más en una discusión que se resuelve por instinto, jerarquía o territorio. Y los ritmos de decisión, quizá lo más desconcertante: campañas que se planifican con meses y campañas que se improvisan cada madrugada, con idéntica convicción en ambos casos de estar haciéndolo bien.
El idioma añade una capa que engaña por su aparente familiaridad. Compartir lengua no es compartir código: el consultor hispanohablante que cruza el Atlántico aprende pronto que un «ahorita» puede significar cualquier cosa menos ahora, que el tuteo abre puertas en un país y las cierra en el vecino, y que el malentendido más caro no es el de la palabra desconocida, sino el de la palabra conocida que significa otra cosa. Traducir no es el problema; el problema es interpretar.
Frente a todo eso, la primera herramienta del consultor viajero no está en ningún software: es la humildad. Llegar sabiendo que no se sabe. Escuchar antes de diagnosticar. Aceptar que el equipo local no es un obstáculo entre el consultor y su método, sino la única llave del contexto que el método necesita para funcionar.
El enriquecimiento tras el choque
Pero el choque es solo la primera mitad del movimiento. La segunda es lo que traemos de vuelta. Cada país trabajado se incorpora a un portafolio de contextos que acaba siendo el verdadero capital de un consultor: no la lista de campañas ganadas, sino la colección de situaciones comprendidas. Quien ha trabajado en cinco sistemas políticos distintos no sabe cinco veces más; sabe distinto, que es más valioso. Ha visto que problemas aparentemente locales se repiten con otros nombres, y que soluciones aparentemente universales fracasan por detalles minúsculos.
Esa circulación enriquece en las dos direcciones. América Latina lleva décadas enseñando a Europa el manejo de la emoción y del territorio en campaña; Europa aporta institucionalidad, método y una cierta cultura del largo plazo. Y el contacto con otros sistemas electorales -sus garantías, sus vulnerabilidades, sus innovaciones- funciona como vacuna contra el provincianismo técnico: esa tentación de creer que nuestra manera de hacer las cosas es la manera de hacer las cosas. Las democracias, como los consultores, también mejoran cuando se miran unas a otras.
El coste y el regreso
Sería deshonesto cerrar el balance sin la cara B. La vida «arriba de un avión» tiene un prestigio estético -el consultor cosmopolita, la foto en la sala de embarque, el mapa de chinchetas- que esconde una contabilidad menos fotogénica: cumpleaños en videollamada, amistades en pausa indefinida, la sensación recurrente de vivir en presente ajeno y en pasado propio. El consultor golondrina conoce bien ese desarraigo suave que no duele lo suficiente como para parar, pero pesa lo suficiente como para notarse. Nadie lo advierte en los másteres: el oficio nómada se cobra en la moneda más difícil de recuperar, que es el tiempo con los nuestros.
Y sin embargo, el mismo movimiento que dispersa también congrega. Porque si algo hemos aprendido quienes ejercemos esta profesión desde ciudades, países y husos horarios distintos es que la comunidad profesional no sobrevive sola: necesita lugares donde reencontrarse, ponerse cara, contrastar cicatrices y descubrir que aquel colega al que seguíamos por sus artículos es, además, alguien con quien conviene cenar. El grupo de mensajería mantiene el contacto; el encuentro presencial mantiene el vínculo. No son lo mismo, y este oficio -que vive precisamente de saber distinguir entre comunicación y relación- debería ser el primero en no confundirlos.
De ahí que este número termine su viaje donde empiezan todos los buenos viajes: en el punto de encuentro. A final de año, Málaga acogerá el congreso de ACOP, la cita donde esta profesión itinerante practica el arte que este A Fondo ha intentado describir: volver.
Cuatro voces para un oficio en movimiento
Acompañan este A Fondo cuatro conversaciones que recorren, cada una desde su asiento de ventanilla, las escalas de este trayecto. Celso Lamounier, consultor brasileño formado en España y con experiencias en América Latina, habla del choque cultural y de la trampa de creer que compartir idioma es entenderse. Jorge Santiago Barnés, histórico de la consultoría y de su enseñanza en España, repasa el valor humano de los contactos que solo se construyen viajando, y lo que se deja atrás al vivir arriba de un avión. Jesús Delgado Valery, director de programas de Transparencia Electoral, muestra cómo la observación electoral convierte el viaje en enriquecimiento mutuo entre democracias. Y Ana Salazar, presidenta de ACOP, cierra el trayecto reivindicando el valor del reencuentro y señalando el próximo destino común: Málaga. Abrochen sus cinturones: el trayecto que sigue en las próximas páginas merece hacerse sin escalas.
Celso Lamounier
Estratega con experiencia en campañas presidenciales, para gobernadores, senadores, diputados y alcaldes. Ha trabajado en distintas regiones de Brasil y países de América Latina.

¿Qué diferencias culturales pesan más en el trabajo real (relación candidato-consultor, medios, territorio)?
Creo firmemente en respetar las diferencias culturales y coyunturales de cada país. Eso no es negociable. Pero también creo que llevar referencias de un mercado a otro es muy positivo. Un país consume mucho su propio mercado. Los profesionales están pendientes de lo que hace el colega de al lado, de lo que está trabajando tal candidato o tal cargo en términos de estrategia y comunicación. Pero no siempre están atentos a lo que pasa fuera.
Cuando mezclamos esas realidades, la comunicación política gana. Y la democracia gana con ella, porque se nutre de más herramientas, más alternativas, más innovación para sumar a lo que ya se hace allí.
Eso sí, tiene un límite. A veces una referencia o innovación que traemos simplemente no funciona en esa coyuntura. Y ahí hay que tener la humildad de reconocerlo, dar un paso atrás y trazar otra ruta.
¿Cuánto se pierde —o se gana— trabajando en una lengua que no es la propia?
El idioma pesa menos de lo que parece. Primero porque en nuestro modelo de trabajo siempre actuamos junto a un profesional local, eso ya reduce mucho el riesgo. Segundo porque el portugués y el español son lenguas parecidas. Y tercero porque hoy, con la inteligencia artificial, la barrera del idioma se ha reducido bastante.
Pero hay una diferencia importante entre traducir e inmersión. La traducción resuelve la palabra. La inmersión resuelve la cultura, los regionalismos, la manera local de entender un mensaje. Aunque tengamos equipo brasileño trabajando en un país hispanohablante, siempre hay un profesional local con nosotros, y la adecuación del lenguaje al escenario local se trata como prioridad, no como detalle.
¿Qué se lleva de cada país? ¿Cómo la suma de contextos lo hizo mejor consultor también en su propio mercado?
Soy un entusiasta de las iniciativas de intercambio entre profesionales de distintos países, ya sea educativo o de experiencia práctica. Eso fortalece la democracia. La comunicación política es una herramienta de la democracia, y se beneficia de lo que cada profesional aprendió en su propia realidad.
Por ejemplo, si ya enfrenté en Brasil un desafío que el mercado de España, Argentina o Chile está empezando a visualizar ahora, ya voy varios pasos por delante en la búsqueda de la solución. En otras situaciones es al revés, entro en contacto por primera vez con una realidad que nunca viví en Brasil, y ahí el que aprende soy yo. He trabajado en campañas en Brasil, Argentina, Bolivia, Perú y República Dominicana. Me llevo un poco de lo aprendido en cada país. Eso me ha convertido en un consultor más completo, y se refleja en el resultado de las campañas en las que hemos trabajado.
Jorge Santiago Barnés
Presidente de la Institución Educativa ALEPH. Es uno de los pioneros en la formación en comunicación política y la consultoría en habla hispana. Ha trabajado en prácticamente todos los países de habla hispana.

¿Por qué la confianza profesional en este oficio se sigue firmando en persona?
Porque la política, a pesar de toda la tecnología que nos rodea, son personas que hablan a personas, asesoradas por personas que tratan de ayudar y mejorar la vida de personas. No podemos sacar de la ecuación el humanismo. Si la política se caracteriza por algo, es por la personalidad, carácter, conocimiento y actitud de los políticos.
El conocimiento es limitado, la imaginación es ilimitada. Necesitamos de personas que gobiernen un mundo de personas. En este oficio la sencillez es el recurso de los más inteligentes. Más si cabe en la política actual donde la gestión pública se ha convertido en un ecosistema inundado de gritos, aspavientos, hipérboles, demagogia y descalificaciones. No podemos olvidar que las personas son como los libros. Unos te engañan con su portada y otros te sorprenden con su contenido.
Pensemos un minuto en los pros de viajar permanentemente: ¿qué te han dejado décadas de aeropuertos?
El viajar te proporciona perspectiva. El haber podido conocer más de 50 países. Convivir, aprender y sorprenderme de sus costumbres, cultura y manera de relacionarse, me ha proporcionado un sentido de la vida que es muy difícil de explicar. Te das cuenta de que la inmensidad del planeta está sustentada en unas raíces muy pequeñas. Todos queremos lo mismo, ansiamos lo mismo, nos esforzamos y luchamos por lo mismo. Tan diferentes, pero tan iguales; aunque hablemos idiomas distintos. Qué extraño el ser humano. En todos los países, destruye su presente, mientras se preocupa por su futuro, pero llora en el futuro al recordar su pasado.
Y ahora en los contras: ¿que se deja atrás humanamente?
Cuando tú mismo cargas tu agua. Aprendes el valor de cada gota. Hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que no tiene tiempo de vivirla. Esa es la sensación que muchas veces tengo cuando hago retrospectiva. Vivimos demasiado rápido como para poder aprovechar cada gota de agua que nos cae del cielo. El problema de nuestra época es que las personas no queremos ser útiles sino importantes. Y no nos damos cuenta de que no hay nada más importante que lo uno quiere. Y en mi caso es la familia. Cada minuto que dejo estar junto a mi mujer y mi hijo, es tiempo que sé que no recuperaré. Qué cosa tan extraña es el hombre: nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere.
¿Qué consejo daría a los consultores jóvenes que idealizan la vida nómada?
Mi consejo es decirles que no existen metas no realistas, sino tiempos no realistas. Todo es posible, si te das el tiempo suficiente. Cada mañana en África una gacela se despierta. Ella sabe que debe correr más rápido que el león más veloz o morirá bajo sus garras. Cada mañana en África un león se despierta. Él sabe que debe correr más rápido que la gacela más lenta o morirá de hambre. No importa si eres león o gacela… Cuando amanezca ¡más vale que estés corriendo! Tu reputación es más importante que tu nómina y tu integridad es más valiosa que tu carrera. Si no deseas mucho, hasta las cosas más pequeñas te parecerán grandes.
Jesús Delgado Valery
Director de programas de Transparencia Electoral, organización que se dedica a promover la integridad y la justicia en procesos electorales. Participó en múltiples misiones de observación electoral.

¿Qué aprende una democracia cuando recibe observadores, y qué aprenden los observadores de ella?
Una democracia que es capaz de ser observada es una democracia consciente de sí misma, que entiende sus alcances y límites, y que está abierta a darle lugar a otros puntos de vista. El ejercicio comparativo permite tener perspectiva, conocer cómo funcionan los procesos electorales en otras latitudes para comprender cómo otras sociedades han tramitado las dificultades y desafíos propias de la democracia. Lo mismo ocurre con los observadores, que entienden que no hay una sola forma de celebrar procesos electorales, y que el contexto muchas veces es más importante que los procedimientos. Por ejemplo, en septiembre observaremos unas elecciones ejemplares como las de Suecia, de las que se puede aprender mucho pero en las que también se pueden incorporar prácticas y procedimientos de otros países.
¿Qué prácticas, garantías o innovaciones que viajaron de un sistema electoral a otro gracias a ese contacto?
Hay muchos ejemplos: normativos, administrativos, tecnológicos y culturales. Cuestiones como la participación política de las mujeres, de las minorías, procedimientos para garantizar la accesibilidad a todas las personas, el voto de la diáspora, de los privados de libertad, de los extranjeros residentes. Es un hecho que gracias al estudio comparado (que la observación electoral facilita y sistematiza) se han garantizado derechos para numerosos colectivos.
¿Cómo definirías al componente humano de una misión de observación?
Detrás de la sistematización de los procesos de recolección y análisis de información hay personas comprometidas con los valores democráticos, que comparten una visión normativa amparada en los instrumentos internacionales de defensa de los derechos humanos. Esta comunidad, aunque diversa y plural, coincide en la importancia de los procesos electorales transparentes como garantía de tramitación pacífica de las diferencias, aun sabiendo sus limitaciones.
Ana Salazar
Presidenta de ACOP – Asociación de Comunicación Política. Más allá de sus trabajos en nuestra área, aquí conversamos del rol de nuestra asociación en unir los lazos entre consultores y expertos en comunicación política.

Solemos decir que ACOP es nuestra casa común: ¿qué significa mantener unida a una profesión que se ejerce desde ciudades, países y husos horarios distintos?
ACOP nos permite construir una verdadera comunidad profesional y desarrollar una conciencia colectiva de quiénes somos y de lo que aportamos. Esa identidad compartida nos da una voz propia como profesionales de la comunicación política, no solo desde el punto de vista técnico, sino también desde el compromiso con la calidad del debate público y la defensa de los valores democráticos. En una profesión que se ejerce desde ciudades, países y realidades muy distintas, mantenernos unidos significa compartir conocimiento, afrontar juntos los retos y sentir que pertenecemos a algo más grande que nuestro trabajo diario. Después de tantos años, ACOP ya es una auténtica familia profesional, una familia que sigue creciendo con la incorporación de nuevos compañeros y compañeras que enriquecen esta comunidad.
¿Qué le pasa a esta profesión cuando se encuentra en persona? ¿Qué es lo que un congreso genera y que ningún grupo de WhatsApp sustituye?
La comunicación política es una profesión que, en muchos casos, se ejerce de forma muy individual e incluso solitaria. Tenemos muchas herramientas para mantener la conexión cada día, pero ninguna sustituye el valor de encontrarnos cara a cara. Los congresos nos permiten conocer las últimas tendencias profesionales y académicas, intercambiar experiencias y generar colaboraciones que difícilmente surgirían en una pantalla. Pero también hay una parte más humana que es igual de importante: las conversaciones durante un café, una comida o unas cervezas, donde compartimos dudas, aciertos y descubrimos que muchos de nuestros desafíos son comunes. Esos momentos son los que acaban fortaleciendo de verdad a la comunidad.
Málaga, noviembre de 2026: ¿qué espera del próximo congreso de ACOP y por qué ningún socio -viaje mucho o poco- debería perdérselo?
Los congresos internacionales de ACOP se han consolidado como la gran cita de referencia para quienes nos dedicamos a la comunicación política. En Málaga compartiremos experiencias internacionales, conoceremos investigaciones de gran nivel (se han presentado 45 papers) y seguiremos estrechando la relación entre el ámbito profesional y el académico. Pero, sobre todo, esperamos que de esos días surjan nuevas colaboraciones, proyectos e iniciativas que continúen mucho después del congreso. Además, a las puertas de un nuevo ciclo electoral, será una oportunidad inmejorable para intercambiar aprendizajes y prepararnos para los retos que vienen. Estoy convencida de que quien venga volverá a casa con nuevas ideas, nuevos contactos, nuevos proyectos y la satisfacción de formar parte de una comunidad viva, generosa y en constante crecimiento.