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Presencia sin relato – Lo que la campaña digital peruana revela sobre el debate público

La Revista de ACOP

Presencia sin relato – Lo que la campaña digital peruana revela sobre el debate público

Análisis de Conversación Digital elaborado por ATRIBUS, sobre las Elecciones Generales de Perú (primera vuelta, 12/4/2026) – 68.740 publicaciones, 1/3 al 19/3/2026

Miguel Ángel Cintas i Llopis

CEO Atribus

Hector Dyer

Product Operations Manager

Lo que la campaña digital peruana revela sobre el debate público

Perú llega a las elecciones generales del 12 de abril de 2026 con un historial político que pocas democracias de la región pueden igualar en términos de inestabilidad: seis presidentes en menos de una década, un Congreso que ha destituido y sido disuelto, un expresidente encarcelado y otro fallecido durante su detención. En ese contexto de desconfianza institucional profunda y fragmentación del sistema de partidos, veinte candidatos compiten por la presidencia. Ninguna encuesta ofrece a estas alturas un favorito claro. Lo que sí ofrece la conversación digital de los últimos meses es un mapa de cómo se construye —y se destruye— el relato político en una campaña sin centro de gravedad.

El post más viral de toda la campaña no lo publicó ningún candidato. Fue la reacción ciudadana al asesinato de tres ingenieros en Sullana: más de 680.000 interacciones, el mayor pico de movilización emocional del ciclo. Los candidatos que lideran el debate digital no estuvieron ahí. Ese silencio, más que cualquier dato, retrata esta campaña.

Perú llega a las elecciones generales del 12 de abril de 2026 con un historial político que pocas democracias de la región pueden igualar en términos de inestabilidad: seis presidentes en menos de una década, un Congreso que ha destituido y sido disuelto, un expresidente e­ncarcelado y otro fallecido durante su detención. En ese contexto de desconfianza institucional profunda y fragmentación del sistema de partidos, veinte candidatos compiten por la presidencia. Ninguna encuesta ofrece a estas alturas un favorito claro. Lo que sí ofrece la conversación digital de los últimos meses es un mapa de cómo se construye —y se destruye— el relato político en una campaña sin centro de gravedad.

El post más viral de toda la campaña no lo publicó ningún candidato. Fue la reacción ciudadana al asesinato de tres ingenieros en Sullana: más de 680.000 interacciones, el mayor pico de movilización emocional del ciclo. Los candidatos que lideran el debate digital no estuvieron ahí. Ese silencio, más que cualquier dato, retrata esta campaña.

EL PRECIO DE LIDERAR SIN CONTROLAR EL PRECIO DE LIDERAR SIN CONTROLAR

Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga llevan semanas siendo los candidatos más presentes en la conversación digital peruana. Juntos concentran casi el 44% del debate. Son, por volumen, los líderes indiscutibles del ciclo. Y sin embargo ninguno de los dos define los términos en que ese debate ocurre.

Hay una distinción que conviene no perder de vista. Ocupar espacio en la conversación no es lo mismo que encuadrarla. Fujimori acumula el 23% del volumen digital, pero el 52% de lo que se publica sobre ella es negativo. El motor no son sus propias publicaciones: es la persistencia del expediente judicial —condenas, inhabilitaciones, herencia política—, un encuadre que el ecosistema digital reproduce de forma casi autónoma. Cuando el tema es corrupción, el tono negativo alcanza el 69%. No hace falta que sus adversarios la ataquen: la conversación lo hace por ellos.

López Aliaga parte de una posición algo más favorable. Sus publicaciones de propuesta generan el mejor tono del campo —solo un 15% de negatividad cuando habla de gobierno—, frente al 36% que acumula en el registro electoral. La ciudadanía, según lo que la conversación deja ver, r­esponde mejor a la propuesta que al contraste. Pero en la recta final del período analizado pierde seis puntos de presencia mientras los emergentes crecen. Se dibuja aquí una tensión estructural: el liderazgo digital arrastra un coste reputacional que es difícil de separar de la visibilidad misma.

Estar en el debate no es lo mismo que dirigirlo. La autoridad digital se construye en volumen y se erosiona en tono.

TIKTOK CONSTRUYE CANDIDATURAS. EL ESCRUTINIO LAS PRUEBA

A principios de febrero, Jorge Nieto y Wolfgang Grozo no existían en la conversación digital peruana. Menos del 0,5% del debate cada uno. Seis semanas después, Nieto rozaba el 12% del Share of Voice y Grozo el 10%. Sin hito mediático que lo explique, sin historial judicial que arrastrar, sin aparato de campaña visible. Solo formato.

El vector es claro: TikTok y el vídeo corto de propuesta. Los posts de propuesta de Nieto generan más de 3.000 interacciones por publicación; los de López Aliaga, en el mismo registro, no llegan a 750. La eficiencia no viene del presupuesto sino del ajuste entre candidato, canal y momento. La ciudadanía, según lo que el seguimiento sugiere, responde al discurso de propuesta con una intensidad que el resto de los registros no alcanza. Y eso los candidatos consolidados lo aplican de forma intermitente, no sistemática.

Lo que la campaña digital peruana revela sobre el debate público

Pero el crecimiento viral esconde una fragilidad que empieza a perfilarse. Entre el 65% y el 78% de la conversación sobre Nieto y Grozo la generan terceros, no sus propias cuentas. Su visibilidad es, en buena parte, prestada. Mientras el ecosistema les es favorable, eso no importa. Cuando el escrutinio aumenta —y la negatividad sobre ambos pasó de niveles mínimos en febrero a más del 43% en marzo—, la dependencia de terceros se convierte en vulnerabilidad. El candidato que no construye su propio relato no puede defenderlo cuando hace falta.

No es un fenómeno nuevo en la región. Pero en Perú, donde la desconfianza institucional es tan alta que un candidato sin historial parte con ventaja de tono, el patrón adquiere una forma particular. La pregunta no es si Nieto y Grozo pueden crecer. Es si ese crecimiento resiste la exposición directa.

EL RELATO QUE ESPERA DUEÑO

Si los dos bloques anteriores hablan de lo que los candidatos hacen con su presencia digital, este habla de lo que no hacen. Y es, probablemente, la señal más clara del ciclo.

La inseguridad es el tema con mayor carga emocional de toda la campaña. La conversación en torno a extorsión, crimen organizado y violencia concentra un 74% de negatividad, la más alta de todo el dataset. Genera 1,6 millones de interacciones reales. El post de mayor alcance del período completo —680.000 interacciones— no p­ertenece a ningún candidato: es la respuesta ciudadana al asesinato de tres ingenieros en Sullana. El malestar existe, es masivo, y moviliza.

¿Y cuánto espacio le dedican a ese malestar los candidatos que lideran el debate? Entre el 4% y el 6% de sus publicaciones. Todos, sin excepción. La brecha entre lo que moviliza a la ciudadanía y lo que los candidatos eligen publicar es el retrato más preciso de esta campaña.

La lógica defensiva es comprensible: apropiarse de la inseguridad supone asumir el coste emocional de un tema aplastantemente negativo. Pero esa lógica es, en sí misma, un diagnóstico sobre la calidad del debate. Cuando ningún candidato quiere habitar el relato con más tracción del ciclo, la campaña produce presencia sin representación: mucho volumen sobre los candidatos, poco discurso desde los candidatos hacia el malestar que más preocupa.

El relato con más fuerza emocional del ciclo no tiene interlocutor político. Espera dueño.

LO QUE QUEDA CUANDO SE APAGA EL ALGORITMO

Hay una pregunta que estos meses de conversación digital formulan con claridad, aunque no la respondan: ¿para qué sirve un debate tan voluminoso si los candidatos más visibles no controlan su encuadre, los emergentes dependen de ecosistemas que no gestionan, y el tema que más moviliza a la ciudadanía no tiene interlocutor político?

La respuesta incómoda es que sirve, sobre todo, para registrar la intensidad de los conflictos. El volumen es real. La movilización emocional. Pero la conversación produce poca deliberación, pocos marcos compartidos, pocas propuestas evaluables. Mucho ruido en torno a los candidatos; poco discurso de los candidatos hacia lo que de verdad inquieta.

No es un problema exclusivamente peruano. Es la forma que adopta la campaña digital cuando la lógica de la viralidad desplaza a la construcción de relato, cuando el algoritmo premia la emoción sobre el argumento. Perú lo ilustra con especial nitidez porque la brecha entre agenda ciudadana y agenda de campaña no es aquí coyuntural: viene de lejos. En un país donde la política ha decepcionado de forma tan sistemática, que el malestar ciudadano supere en tracción a cualquier propuesta no es una anomalía de campaña. Es el estado normal de las cosas.

El 12 de abril dirá si alguien encontró el modo de hablar de i­nseguridad sin quemarse, si los emergentes resistieron el escrutinio, si el duopolio supo convertir presencia en votos. Lo que la conversación de estos meses ya sugiere, con independencia del resultado, es que esta ha sido una campaña de liderazgos muy visibles y relatos todavía por construir. Y que eso, en democracia, siempre tiene un precio.

Nota metodológica

Este artículo se apoya en un análisis de conversación digital elaborado por Atribus sobre 68.740 publicaciones de 20 candidatos presidenciales, recogidas en cuatro períodos de seguimiento entre el 1 de febrero y el 19 de marzo de 2026. La presencia digital relativa no equivale a intención de voto. La clasificación de tono es automática y puede fallar con ironía o memes. Las interacciones en TikTok corresponden a me gustas, comentarios y compartidos.

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La Revista de ACOP es la nueva denominación de lo que, durante más de 80 ediciones, fue El Molinillo de ACOP. Esta publicación mensual es una de las principales herramientas de comunicación de nuestra asociación, disponible de manera exclusiva para todos los socios y socias de ACOP. En ella, abordamos temas de gran relevancia para el campo de la comunicación política, una disciplina que, cada vez más, se convierte en un pilar fundamental de las democracias alrededor del mundo.