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El balón también comunica

Fotografía política, fútbol y poder en vísperas del Mundial de 2026

Pedro Ruiz

@PedroRuiz_Photo

El Mundial de fútbol de 2026 llega en un momento especialmente interesante para quienes nos dedicamos a mirar la política desde la imagen. Será el primer Mundial con 48 selecciones y se disputará en tres países anfitriones: Canadá, México y Estados Unidos. La final está prevista para el 19 de julio de 2026 en Nueva York/Nueva Jersey. No es un detalle menor. Un Mundial no es solo un torneo deportivo. Es una enorme puesta en escena global, una ceremonia visual en la que los países no solo compiten por ganar partidos, sino también por contarse ante el mundo.

La fotografía política y el fútbol tienen una relación más profunda de lo que parece. A primera vista, podrían parecer mundos distintos. Uno pertenece al Parlamento, al Consejo de Ministros, a las cumbres internacionales, a la campaña electoral. El otro pertenece al césped, a la grada, al vestuario, al gol, a la celebración. Pero basta mirar con un poco de atención para darse cuenta de que ambos comparten algo esencial: los dos viven de símbolos, de emociones colectivas y de relatos.

El fútbol es una de las pocas cosas capaces de reunir en una misma imagen a personas que, fuera del estadio, quizá no compartirían casi nada. Una bandera pintada en la cara, una camiseta nacional, un abrazo entre desconocidos, una plaza llena mirando una pantalla gigante, un presidente celebrando un gol en el palco. Todo eso es fútbol, sí. Pero también es política. No necesariamente política de partido, sino política en su sentido más amplio: identidad, pertenencia, representación, poder blando, comunidad.

Por eso los gobiernos siempre han entendido la fuerza visual del fútbol. Un líder sabe que aparecer junto a una selección ganadora no es una imagen cualquiera. Es colocarse cerca de una emoción limpia, transversal, popular. Es compartir, aunque sea por un instante, la alegría de millones de personas. En una época en la que casi todo divide, el fútbol todavía conserva esa rara capacidad de suspender las diferencias durante noventa minutos.

La fotografía política entra ahí con una potencia enorme. Porque no fotografía solo el partido. Fotografía lo que el partido significa. Fotografía al presidente en el palco, pero también el gesto del ministro cuando suena el himno. Fotografía al capitán levantando una copa, pero también al jefe de Estado recibiendo al equipo en el palacio. Fotografía a los jugadores, pero también a un país proyectándose a sí mismo.

Los mundiales son, probablemente, el mayor teatro visual de la política contemporánea. Durante un mes, las banderas ocupan las calles, los himnos se escuchan en todo el planeta y las cámaras c­onvierten cada gesto en una imagen global. La celebración de un gol puede viajar más rápido que un discurso institucional. La lágrima de un jugador puede emocionar más que una declaración oficial. La fotografía de una selección abrazada puede representar mejor a un país que muchas campañas de marca nacional.

Esa es la gran fuerza del fútbol: convierte lo abstracto en cuerpo. La nación, la identidad, el orgullo, la pertenencia o la memoria dejan de ser palabras y se vuelven imágenes. Se vuelven caras sudadas, camisetas empapadas, manos al cielo, niños en los hombros de sus padres, plazas llenas, balcones con banderas. La política lleva siglos buscando esa conexión directa con la emoción colectiva. El fútbol la produce de forma natural. Precisamente por todo lo anterior, la fotografía política debe mirar el fútbol con cuidado. Porque donde hay emoción colectiva también puede haber utilización. Donde hay identidad también puede haber propaganda. Donde hay orgullo también puede aparecer exclusión. Y donde hay una imagen aparentemente inocente, muchas veces hay una estrategia de poder detrás.

La historia del fútbol está llena de ejemplos. El Mundial de 1934 en Italia fue utilizado por el régimen fascista de Mussolini como escaparate de afirmación nacional y de propaganda política. No se trataba solo de organizar un torneo. Se trataba de mostrar al mundo una Italia fuerte, disciplinada, moderna y victoriosa. El fútbol era deporte, pero también era representación ideológica.

Algo parecido, aunque en un contexto distinto y mucho más dramático, ocurrió con el Mundial de Argentina de 1978. El torneo se celebró dos años después del golpe militar de 1976 y fue utilizado por la dictadura para proyectar una imagen de normalidad, orgullo nacional y legitimidad exterior. El Parlamento Europeo lo ha señalado como uno de los Mundiales más políticos de la historia de la FIFA.

Esos ejemplos muestran una verdad incómoda: el fútbol puede emocionar de verdad y, al mismo tiempo, ser utilizado políticamente. Una cosa no elimina la otra. La alegría de la gente puede ser auténtica y la estrategia del poder también. La fotografía es clave precisamente porque registra esa ambivalencia. Una misma imagen puede mostrar felicidad popular y propaganda institucional. Puede ser una celebración y una operación de imagen a la vez.

En los últimos años, el concepto de sportswashing ha vuelto a colocar este debate en el centro. El Mundial de Catar 2022 fue uno de los ejemplos más claros de cómo un gran evento deportivo puede convertirse en una herramienta para mejorar la reputación internacional de un país, mientras organizaciones de derechos humanos denunciaban abusos laborales y restricciones de derechos. Human Rights Watch afirmó antes del torneo que el Mundial se disputaba tras años de abusos contra trabajadores migrantes y otras vulneraciones de derechos humanos.

La imagen, en estos casos, es fundamental. Un estadio iluminado, una ceremonia inaugural espectacular, una grada llena de aficionados, una final emocionante… Todo eso puede tapar, desplazar o suavizar debates incómodos. Pero también puede hacerlos visibles. Porque la fotografía no solo sirve al poder. También puede señalar sus contradicciones. Puede mostrar el lujo de un estadio y, al mismo tiempo, recordarnos lo que queda fuera del encuadre.

Ahí está una de las grandes responsabilidades de la fotografía política cuando se cruza con el fútbol: no quedarse solo con la postal. La postal es necesaria, pero no suficiente. Hay que fotografiar la emoción, sí, pero también el contexto. Hay que mirar el palco, pero también la grada. Hay que mirar al líder celebrando, pero también preguntarse por qué está ahí, qué busca con esa imagen, qué relato intenta ocupar.

El palco es uno de los lugares más políticos del fútbol. No se juega nada en él, pero se representa mucho. En un palco se sientan presidentes, reyes, ministros, alcaldes, empresarios, dirigentes federativos y responsables institucionales. Es una zona de frontera entre el deporte, la política y el poder económico. La fotografía de un palco puede decir mucho sobre un país: quién se sienta junto a quién, quién aparece en el centro, quién saluda, quién evita la mirada, quién celebra y quién calcula.

En España lo sabemos bien. El fútbol forma parte de nuestra conversación pública de una manera casi inevitable. No es solo entretenimiento. Es identidad territorial, memoria familiar, rivalidad, pertenencia, negocio, cultura popular y, muchas veces, política institucional. La fotografía de un presidente con una camiseta de la selección, de un alcalde celebrando un ascenso, de un ministro en una final o de un rey entregando una copa no es una imagen secundaria. Es una imagen que conecta al poder con una emoción popular.

Cuando una selección gana, los líderes quieren estar cerca. Y es lógico. La victoria deportiva ofrece algo que la política rara vez consigue: una alegría compartida. Durante unas horas, un país se siente más unido de lo que realmente está. Las instituciones participan de esa emoción y la fotografía la convierte en memoria oficial. La recepción en el palacio, el autobús descapotable, el balcón, el saludo, la copa levantada. Son imágenes que ordenan la celebración y la inscriben dentro del relato nacional.

Pero también hay que saber medir. Un político que aparece demasiado en la celebración puede contaminarla. La ciudadanía acepta la presencia institucional cuando parece natural, cuando acompaña sin apropiarse. Pero rechaza con facilidad al dirigente que intenta ponerse en el centro de una alegría que no le pertenece. En el fútbol, como en la fotografía política, el encuadre lo es todo. Saber estar en la imagen es importante. Saber no ocuparla también.

Hay fotografías que funcionan porque el poder aparece de forma lateral. El presidente aplaudiendo desde el palco. La reina saludando a las jugadoras. El alcalde mezclado con la afición. El ministro felicitando, pero no protagonizando. En esas imágenes, la política acompaña la emoción deportiva sin absorberla. En cambio, cuando la autoridad busca el centro, cuando fuerza el gesto o cuando utiliza la victoria como decorado personal, la fotografía se vuelve incómoda.

El fútbol, además, tiene una relación especial con la masculinidad política. Durante décadas, mostrarse futbolero ha servido a muchos líderes para proyectar cercanía, normalidad, carácter popular. Decir de qué equipo eres, celebrar un gol, bromear sobre un resultado o aparecer en un estadio han sido formas de comunicar: “soy uno de vosotros”. Pero esa estrategia también tiene límites. El fútbol puede acercar, pero también puede impostar. No hay nada peor que un político disfrazado de aficionado.

La cámara detecta muy bien esa impostura. El aficionado verdadero no necesita actuar demasiado. Mira el partido, sufre, celebra, se enfada, se levanta del asiento. El político que solo quiere la foto suele mirar más a la cámara que al césped. Y ahí se rompe la escena. La fotografía política del fútbol funciona cuando la emoción parece anterior a la estrategia. Cuando el gesto no nace de la agenda, sino del partido.

También es interesante mirar cómo el fútbol femenino ha cambiado esta relación entre deporte, imagen y política. Las victorias de las selecciones femeninas, sus reivindicaciones laborales, sus gestos colectivos y su ocupación creciente del espacio mediático han generado una nueva iconografía política. Las jugadoras ya no aparecen solo como deportistas. Aparecen como símbolos de igualdad, de cambio social, de modernización y de disputa por el reconocimiento.

La fotografía de una selección femenina levantando una copa no cuenta solo una victoria deportiva. Cuenta también años de desigualdad, de falta de recursos, de pelea por la visibilidad. Por eso esas imágenes tienen una carga política tan fuerte. Porque muestran a mujeres ocupando un espacio que durante mucho tiempo les fue negado. Y porque obligan a las instituciones a retratarse: quién acompaña, quién llega tarde, quién intenta apropiarse del éxito, quién escucha de verdad.

El fútbol femenino ha demostrado que una imagen deportiva puede convertirse en una imagen política sin necesidad de un discurso. Basta un grupo de jugadoras celebrando juntas, una capitana hablando con firmeza, una grada llena de niñas con camisetas de sus referentes. La fotografía registra algo más que un triunfo: registra un cambio cultural.

En el Mundial de 2026 veremos también otra dimensión muy importante: la del fútbol como geopolítica visual. Canadá, México y Estados Unidos no solo acogerán partidos. Se mostrarán al mundo. Ciudades, estadios, himnos, ceremonias, banderas, autoridades, medidas de seguridad, diversidad de aficiones. Todo formará parte de un relato continental. La FIFA ha destacado que el torneo contará con 104 partidos y 48 selecciones, una expansión que multiplica la escala visual y política del evento.

Ese Mundial será una enorme fábrica de imágenes. Imágenes de convivencia y también de tensión. Imágenes de fiesta y también de control. Imágenes de diversidad y también de frontera. Porque no podemos olvidar que se celebrará en un territorio atravesado por debates políticos muy fuertes: migración, seguridad, identidad nacional, desigualdad, relaciones entre países vecinos. El fútbol no suspende esas realidades. Las cubre durante un rato pero también las ilumina.

La fotografía política deberá estar atenta a todo eso. No solo al gol. No solo a la estrella. No solo al presidente que entrega una medalla. También a la afición que viaja, al migrante que se reconoce en una bandera, al niño que lleva la camiseta de un país en el que quizá no nació, a las autoridades que utilizan el torneo para proyectar unidad, modernidad o fortaleza.

Porque el fútbol tiene una capacidad única para producir imágenes de pertenencia. Un país puede estar dividido, cansado, enfadado consigo mismo, pero durante un Mundial encuentra una forma sencilla de reconocerse. La camiseta funciona como bandera cotidiana. El himno se convierte en emoción compartida. El gol permite abrazar al desconocido. La fotografía fija ese instante y lo convierte en memoria.

Pero también conviene recordar que la fotografía no debe dejarse arrastrar solo por la épica. El fútbol genera imágenes bellísimas, pero también puede ocultar desigualdades, abusos, intereses económicos y operaciones de prestigio. El trabajo del fotógrafo político no consiste en apagar la emoción, sino en completarla. En mirar un poco más allá del confeti.

Quizá por eso la relación entre fotografía política y fútbol es tan fértil. Porque el fútbol ofrece todo lo que la política desea: masas, emoción, símbolos, banderas, héroes, derrotas, relatos simples y momentos inolvidables. Y la política ofrece todo lo que la fotografía necesita para interpretar el fútbol de otra manera: poder, contexto, tensión, representación, contradicción.

Una buena fotografía de fútbol político no es solo una imagen bonita de una celebración. Es una imagen que nos ayuda a entender quién quiere aparecer junto a esa celebración, qué país se está contando a través de ella y qué queda fuera del encuadre. Puede ser una foto de un presidente en el palco, sí. Pero también puede ser una foto de una grada, de una calle, de una familia, de una pantalla gigante en una plaza o de una bandera doblada sobre los hombros de un niño.

El Mundial de 2026 será, como todos los Mundiales, una fiesta deportiva. Pero será también una gran batalla visual por el relato. Cada país intentará proyectar una imagen de sí mismo. Cada gobierno querrá aparecer cerca de la alegría. Cada institución buscará su lugar en la celebración. Y cada fotógrafo tendrá que decidir dónde pone el foco.

Ahí está nuestra responsabilidad. No mirar solo el balón, sino todo lo que el balón mueve. No fotografiar solo el gol, sino el país que se abraza detrás. No quedarnos solo con la copa, sino mirar las manos que intentan tocarla. No dejarnos deslumbrar por el estadio, sino entender qué poder se está iluminando con sus focos.

Porque el fútbol, al final, es una de las grandes fotografías políticas de nuestro tiempo. Una imagen donde caben la emoción, la identidad, la propaganda, la esperanza, el negocio, la memoria y la pertenencia. Una imagen que todos creen entender, pero que siempre dice más de lo que parece.

Y quizá por eso, cuando empiece a rodar el balón en el Mundial de 2026, no solo habrá que mirar quién gana. Habrá que mirar quién aparece, quién acompaña, quién se apropia, quién se emociona de verdad y quién solo busca la foto.

Porque en el fútbol, como en la política, a veces el gesto más importante no está en el centro de la imagen. Está en el borde. En el palco. En la grada. En una bandera. En una mirada. En ese segundo exacto en el que un país cree reconocerse en un balón.

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