Por Eva Baroja, @eva_baroja, Periodista y filóloga

Johnson lleva tatuada a fuego una de las reglas del exgurú de Trump, Steve Bannon: “En política lo único peor que estar equivocado es ser aburrido”. Los ciudadanos hemos contribuido involuntariamente a banalizar sus escándalos políticos.

Mientras miles de personas morían lejos de sus seres queridos, Boris Johnson y parte de su equipo celebraban fiestas en Downing Street. Lo constata una investigación independiente y lo hará, también, la que publicará Scotland Yard en las próximas semanas. Más allá de las consecuencias legales, Reino Unido espera ahora la factura que puedan pasarle los británicos al primer ministro más ‘divertido’ de su historia. ¿Le volverá a servir a Boris Johnson su simpatía para seguir en Downing Street? ¿Dónde acaba la paciencia de una sociedad resignada y anestesiada por la espectacularización de la política?

Como explicaba hace unos días el filósofo alemán Peter Sloterdijk en El País en una entrevista de Berna González Harbour, “todo el mundo ha entendido que Boris Johnson es un payaso y que sería un error tomárselo demasiado en serio”. El primer ministro ha basado su liderazgo en conseguir ganarse la afinidad de sus ciudadanos haciendo lo que mejor sabe hacer: ser un personaje. Siempre ha intentado conectar con el electorado a través de sus ocurrencias y una personalidad carismática y atrevida, aunque eso no siempre se haya visto reflejado en su índice de aprobación, el más bajo comparado con el resto de sus predecesores.

Ya lo decía el exgurú y peligroso asesor de cabecera de Donald Trump, Steve Bannon, en una de sus famosas reglas: “En política lo único peor que estar equivocado es ser aburrido”. Johnson la ha llevado tatuada a fuego. Desde que se convirtió en alcalde de Londres en 2008, lo ha dado todo por el show. Le hemos visto volando por los aires en una tirolina, comiendo mantequilla en un vídeo de una campaña institucional, protagonizando un spot en el que emulaba una escena mítica de Love Actually, hablando en un acto ante empresarios sobre el Parque de Atracciones de Peppa Pig o conduciendo una excavadora y derribando todo a su paso con el eslogan ‘get brexit done’ colgado de la máquina.

Durante su mandato, marcado por la traumática salida de la Unión Europea, Johnson ha creado una narrativa basada en que Reino Unido volverá a ser una de las naciones más poderosas del mundo y ha cultivado un discurso emocional cargado de hipérboles, eslóganes, frases simples de gran fuerza expresiva y un marcado carácter coloquial. Todo aderezado con una buena dosis de mentiras y un optimismo crónico que lleva siempre por bandera. Como explica el doctor en Comunicación Política, Toni Aira, en su libro La política de las emociones, “siempre se ha mostrado inasequible al desaliento, algo que no habíamos visto antes en ningún otro político británico”. Con estas técnicas discursivas llevó al Partido Conservador al mejor resultado de su historia desde 1979 y convenció a los británicos de que el brexit era el único camino.

El problema de esto se agrava cuando somos los ciudadanos los que entramos en su juego y compartimos casi al momento sus salidas de tono, mezclando la paja con el grano. Un claro ejemplo es lo que pasó a mediados de enero, en pleno Partygate, pocos días después de que saliese a la luz la noticia de que t­ambién se habían producido fiestas en la víspera del funeral del Duque de Edimburgo. Reino Unido estaba sumido en una crisis institucional, pero todo el mundo en redes sociales empezó a comentar y a compartir algo tan banal como el extravagante y llamativo atuendo del primer ministro para salir a hacer running en unas fotos que publicó Reuters.

También, durante esas semanas, se publicaron cientos de tuits bromeando sobre lo fiestero que es Boris Johnson. A cada nueva exclusiva, un nuevo meme. Se viralizó un vídeo de hacía varios años en el que se le ve bailando, lata de cerveza en mano, e incluso cientos de espontáneos organizaron una rave disfrazados con caretas frente a su residencia oficial. Pero, ¿y si hubiese pasado lo mismo en otro país? ¿Hubiese despertado tantas risas y chascarrillos si Sánchez, Merkel o Macron se hubiesen saltado sistemáticamente las restricciones que ellos mismos imponían en La Moncloa, El Palacio de Bellevue o El Elíseo?

Cuando alimentamos desde el sofá de nuestra casa este fenómeno, contribuimos sin darnos cuenta a desviar la atención de lo verdaderamente importante: las mentiras con las que Boris Johnson sigue regalando los oídos de los británicos sobre los beneficios de la s­alida de la UE, su arbitraria gestión de la pandemia o la continua vulneración de las normas del confinamiento sobre las que él mismo legislaba. Precisamente esto es lo que cualquier líder en sus circunstancias desearía en una situación de crisis como esta: escurrir el bulto con otras noticias banales o menos importantes. Lo que en comunicación política se ha conocido siempre como cortina de humo.

La forma de hacer política de Boris Johnson y nuestra respuesta ante ella es el síntoma más visible de una dolencia que aqueja con fiereza a la política del siglo XXI: la banalización del discurso público y la fuerza imparable de la ‘política espectáculo’ —de la que ya hablaba Wolfgang Donsbach en sus estudios sobre opinión pública— y que hoy inunda todas las facetas de nuestra vida. Vivimos anestesiados por la viralidad. Todo tiene que ser emocional, divertido, llamativo, sorprendente, rápido… Nada más alejado de la política. Porque, en realidad, ¿qué hay más racional, tedioso y aburrido que legislar y gobernar sobre las cuestiones públicas?

En 2017 el periodista estadounidense y defensor por excelencia de la moderación, David Brooks, explicaba en uno de sus artículos, titulado When politics become your idol, que “la política en estos días exige que las personas permanezcan en un estado de excitación febril causada por este o aquel escándalo u odio del momento, pero, en realidad, no transforma la vida”. Convertir en meme a un primer ministro parece que no contribuye a aminorar esta tendencia. 

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