Por David Redoli Morchón, @dredoli Sociólogo y miembro del Consejo Directivo de ACOP

Empiezo con una metáfora: ¿qué comunica América Latina hoy en día? Comunica lo que es: una región tremendamente heterogénea, socialmente vibrante, llena de diversidad y con un patrimonio gastronómico, turístico, medioambiental, lingüístico, musical, rural y urbano de primera magnitud. América Latina son 19 países a los que, sumando España, Portugal y Andorra, configuran Iberoamérica. Un espacio cultural común con un potencial global enorme.

En el terreno político y económico, los cambios que se han producido en la región son de tal calado que en apenas unos lustros hemos visto desde la construcción y destrucción del “socialismo del siglo XXI” hasta el crecimiento a tasas tan altas que se acuñó el término “la década de América Latina” por la impresionante ampliación de las clases medias (una década esta vez ganada, no perdida). Dos cuestiones que eran impensables no hace tanto tiempo.

Sin embargo, creo que América Latina enfrenta cinco retos políticos tremendamente relevantes. Cinco retos que necesitan tanto de una buena gestión política como de una buena (y profesionalizada) comunicación. Los enumero a continuación:

1) Las relaciones con Estados Unidos y con la Unión Europea: Con Donald Trump en la Casa Blanca, Estados Unidos ha perdido interés por América Latina, salvo en lo tocante a México, Cuba y Venezuela. Los ataques de Trump a México persisten, e insiste en la construcción del muro y que los mexicanos paguen por él. La dureza presidencial también se manifiesta en la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA, en sus siglas en inglés). En lo relativo a Cuba, Trump parece únicamente perseguir la liquidación del amistoso legado fraguado por Barack Obama. Y sobre Venezuela llegó a afirmar, en agosto de 2017, que “no descartaba una acción militar” (algo que hubiera creado una crisis sin precedentes en el hemisferio americano), sin ayudar demasiado a resolver la devastadora situación política que padece el país. El resto de las repúblicas latinoamericanas no parecen despertar gran interés en la administración Trump. En este contexto, parece estratégicamente inteligente que América Latina refuerce sus relaciones con la Unión Europea, como forma de protegerse del proteccionismo comercial impulsado por el gigante del norte y también de gobiernos antiliberales y antidemocráticos, como Putin en Rusia o Xi en China. El cierre de las negociaciones con Mercosur sería una potente señal a la contraparte americana del genuino interés de América Latina por afianzar las relaciones trasatlánticas. La comunicación simbólica desde la arena política jugará un gran papel en este escenario internacional.

2) Los partidos políticos: Llevamos años viendo en América Latina la proliferación de candidaturas independientes, al margen de los partidos políticos (nuevos o tradicionales). Gobernadores y alcaldes independientes son ya legión en prácticamente todas las repúblicas latinoamericanas, provocando una ininteligible atomización de la representación de la vida política, que, como ha señalado acertadamente el profesor Francisco Sánchez, manifiesta el declive de una faceta de la democracia representativa basada (hasta ahora) en los partidos. Se trata de una “presidencialización de los sistemas políticos y las campañas electorales”, cada vez más centradas en la personalidad del candidato y no en la maquinaria de los partidos, erosionando, consecuentemente, la institucionalización de la política (la contienda versa sobre individuos independientes con sus propias ideas y programas más que de partidos con estructuras, ideologías y equipos). Así, los datos del último informe de la Corporación Latinobarómetro son incontestables: la confianza de la opinión pública en los partidos es la más baja (15 %) de entre todas las instituciones políticas por las que se pregunta. Los riesgos de esta situación son altos, porque en muy poco tiempo la política de América Latina podría estar preñada de outsiders, de caudillos, de ricachones sin escrúpulos o de populistas de discursos incendiarios. Recuperar la institucionalidad de la representación política (devolver la confianza en los partidos políticos) será una de las grandes tareas a enfrentar por la clase política latinoamericana. Algo que solo se logra demostrando un buen maridaje entre lo que se dice (el storytelling) y lo que se hace (el storydoing).

3) La irrupción de las iglesias protestantes: América Latina continúa siendo mayoritariamente católica. Pero los datos revelan un crecimiento tanto del laicismo como del protestantismo en el último cuarto de siglo. Una realidad que se ha traducido en mayor presencia pública y en más peso político. Así, por ejemplo, Guatemala ya cuenta con un presidente evangélico, Jimmy Morales. Y en Costa Rica el evangelista Fabricio Alvarado pasó en cabeza a la segunda vuelta electoral, como aquí expliqué en su momento: http://www.laopiniondezamora.es/opinion/2018/03/30/elecciones-costa-rica-guerra-alvarados/1073954.html Igualmente, en Brasil Jair Bolsonaro tiene posibilidades de ganar las presidenciales de octubre. Y en Colombia hubo dos listas electorales identificadas con grupos cristianos evangélicos: el Movimiento Mira y Justa Libres. ¿Qué importancia tienen estos hechos? Fundamentalmente que, tal y como ha explicado el catedrático de Ciencia Política Manuel Alcántara Sáez, la actitud y el comportamiento religioso de las sociedades no es ajeno al comportamiento de sus políticos. Y existe el riesgo de una involución en materia de conquistas sociales y de libertades civiles, dado que el ascenso de los políticos protestantes está incorporando en la agenda pública latinoamericana aspectos en ocasiones muy reaccionarios, rozando el ultraconservadurismo, como, por ejemplo, la oposición al matrimonio igualitario, al aborto y a las políticas de igualdad de género, como ocurrió en Costa Rica. En la legítima contienda política ganará quienes mejor persuadan y convenzan, bien para ir hacia atrás o bien para progresar y caminar hacia adelante.

4) La lucha contra la inseguridad y contra la desigualdad: Latinoamérica tiene el 8 % de la población mundial, pero acapara el 33 % de los asesinatos en todo el mundo. Esas cifras radiografían una terrible realidad: América Latina sigue siendo la región más violenta y desigual del planeta, aunque muchos países han reducido en términos económicos la pobreza durante la última década. Tal y como ha denunciado recientemente la organización InspirAction/Christian Aid, en toda la región los ingresos per cápita del 10 % más rico son catorce veces más que los del 40 % de la población más pobre. Colombia, Guatemala, Haití y Honduras tienen niveles de desigualdad extremadamente altos. Desigualdades en muchos ámbitos. 45 millones de indígenas y 150 millones de personas de ascendencia africana representan más del 30 % de la población de América Latina, pero son la población que menos ingresos tiene y que menos oportunidades tiene para acceder a la educación y a servicios públicos. Por su parte, las mujeres acaparan gran parte del trabajo informal, y padecen la lacra de la violencia de género, hasta tal extremo que América Latina es una de las regiones más violentas del mundo. Baste recordar que de los cinco países más peligrosos para las mujeres en todo el mundo, cuatro se encuentran en la región, siendo El Salvador el país con la mayor tasa de homicidios de mujeres en el planeta. Unas desigualdades que son causa de la violencia que azota a la región. ¿Qué se puede hacer al respecto? Muchas cosas. Primero, mejorar la redistribución de la riqueza, con un sistema fiscal más justo, eficiente y eficaz, combatiendo con mano de hierro la evasión fiscal y el blanqueo de capitales. Segundo, asumiendo en su totalidad la agenda internacional de los Objetivos de Desarrollo Sostenible auspiciada por Naciones Unidas, una hoja de ruta para el desarrollo equitativo, para la erradicación de la pobreza, para luchar contra las desigualdades y, en consecuencia, para combatir la inseguridad ciudadana y la violencia. La comunicación volverá a estar en el eje central del éxito o del fracaso de las políticas y de los políticos que quieran caminar en esa dirección.

5) La protección del medio ambiente: “Sobreexplotación y uso insostenible de los recursos naturales; contaminación del aire, tierra y agua; aumento del número de especies exóticas invasoras y cambio climático, son, entre otras, las causas de la degradación, reducción y pérdida de la biodiversidad en América Latina”, según los informes del Panel Intergubernamental Científico-Normativo para la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES, por sus siglas en inglés). En el continente americano habitan cerca del 35 % de los mamíferos, el 35 % de los reptiles, el 41 % de las aves y el 51 % de los anfibios del mundo… pero reciben amenazas cada vez mayores. Y, como bien saben los economistas, no hay economía sin ecología (es decir, no hay posibilidad de producir nada si destruimos las materias primas con las que producimos y prestamos nuestros bienes y servicios). Por eso la agenda política en América Latina deberá, inevitablemente, incorporar el eje medioambiental, tal y como ya está sucediendo en todo Occidente. Se trata de detener la deforestación, de promover la descontaminación de los ríos, de establecer estándares ambientales para infraestructuras, minería, petróleo, de aumentar y mejorar el control de emisión de gases de los vehículos de transporte público, privado y carga, de proteger la calidad del aire (especialmente en las grandes ciudades) y, sobre todo, de diseñar estrategias de transición energética orientadas hacia el uso intensivo de las energías renovables y de los coches eléctricos.

Son cinco retos que de ninguna manera van disociados de estrategias comunicacionales. Las prácticas comunicativas innovadoras, como las asociadas a las posibilidades tecnológicas y de redes sociales, las manifestaciones ciudadanas en sus diferentes formatos y los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio y televisión) seguirán siendo actores centrales para propiciar cambios positivos o negativos en las sociedades latinoamericanas.

Tal y como ha aseverado el experto argentino Mario Riorda, la comunicación política puede aportar dos cosas para mejorar la calidad de las democracias de la región. Por un lado, ayudar a visibilizar la ética como un elemento de juicio para tomar decisiones en la actividad política. El elemento ético, de acuerdo a Riorda (con quien estoy de acuerdo) “debe pesar en las decisiones y en las recomendaciones profesionales” de los profesionales de la comunicación y de la asesoría política. Y, por otro lado, es conveniente deselectoralizar la comunicación gubernamental y aplicarle una visión de medio y largo “para que modere los niveles de expectativa en donde la necesidad de legitimación debe superar con creces a la necesidad publicitaria-propagandística”.

Se trata de ayudar a la política desde la esfera de la comunicación. Se trata de mejorar la política con la comunicación política, evitando usarla únicamente como concepto de herramienta electoral, sino de servicio ciudadano. Se trata de usar la comunicación para construir consensos, narrativas y relatos que aglutinen mayorías y estabilidades, en torno a nociones de progreso sostenible y democráticamente aceptable. Se trata de entender que las ideologías existen y que, se disfracen de lo que se disfracen, seguirán representando y defendiendo intereses normalmente contrapuestos (conflicto y cooperación son elementos inherentes a la política). Se trata de evitar la banalización de la política por esa dimensión publicitaria-espectacular de las campañas electorales y de la gestión gubernamental que sirve a intereses espurios.

Se trata, en definitiva, y retomando las palabras de Riorda, de fraguar más y mejores “consensos en torno a las reglas fundamentales que dirigen el funcionamiento del sistema político”.

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