Por Alberta Pérez, @alberta_pv

El lenguaje termina siendo irremediablemente un filtro por el que todas las ideas deben pasar para convertirse en realidad, aunque sea solo por unos segundos, en el imaginario del receptor.  ¿Existe una idea si no se comparte? Esta pregunta me recuerda a otra que se planteaba en una exposición en el museo Tate Modern de Londres, a la que acudí en 2017, en la cual se retaba al espectador basándose en una obra del artista danés-islandés Olafur Eliasson, titulada «Yellow versus Purple» (2003). ¿Existen los colores cuando no los vemos?, preguntaba un cartel al lado de la instalación del artista, famoso por cuestionar la realidad y el espacio, como en este caso, a través de la luz y el color. «Yellow versus Purple» consistía en un disco transparente de color amarillo de 750mm de diámetro que, suspendido en el aire por un cable que lo conectaba al techo, rotaba continuamente reflejando una luz que se le aplicaba directamente. La complejidad de la pregunta chocaba con la sencillez de la instalación: dependiendo de la posición del disco, variaba el ángulo en el que recibía la luz, provocando que el reflejo cambiara de color ante los ojos de los espectadores. Supongo que, de forma similar, una idea no está completa si no se comparte, y también se percibe de forma distinta dependiendo de la posición en la que se sitúe el que la escucha, a pesar de lo afilada que pueda ser la sintaxis que la construye.

No obstante, es irremediablemente el lenguaje nuestra mejor herramienta (o arma) para sintonizarnos con la sociedad. No debemos olvidar que la realidad, tal y como la conocemos, es un cúmulo de sabiduría que ha sido transmitida a lo largo de los siglos a través del lenguaje, que se modula y adapta con el paso del tiempo evolucionando con nosotros. Su complejidad es precisamente aquello que nos diferencia del resto de seres vivos, ninguna especie tiene algo que se asemeje al lenguaje de los humanos y en su complejidad, muchas veces nos tropezamos, terminando muy lejos del lugar al que pretendíamos llegar. Esto le puede ocurrir a cualquiera, a menudo resulta frustrante dar forma con palabras a nuestras ideas y sensaciones. Experimentamos la realidad de una forma tan compleja y personal que adscribirse bajo una lengua común puede hacernos sentir coartados a la hora de compartir nuestras impresiones. Es difícil depurar una idea y más complicado aún conseguir que resulte universal. Por ello creo que es necesario asumir el error como resultado probable y natural, algo que en política raramente se contempla, ya que se suele huir hacia delante.

Recientemente escuchaba en la televisión a Iván Espinosa de los Monteros, portavoz de Vox en el Congreso de los Diputados, responder una pregunta a los medios acerca de un desafortunado comentario de su compañero de partido Juan García-Gallardo a una procuradora con discapacidad, a la que contestó comenzando por la frase: «le voy a tratar como si fuera una persona como todas las demás». Por supuesto, este comentario trascendió en medios de forma totalmente descontextualizada, en parte porque como es costumbre, los siguientes comentarios en el pleno de las Cortes hicieron esfuerzos en que así fuese y lo aislaron del resto del discurso, para enfatizarlo dándole la peor connotación posible y utilizarlo como arma arrojadiza. Cuando le preguntaron si e­staba de acuerdo con sus palabras, Espinosa de los Monteros respondió al más puro estilo Mariano Rajoy diciendo que sí, que estaba de acuerdo con lo que había dicho su compañero, pero no con lo que se decía que había dicho. Una postura a mi parecer muy complicada pudiendo pedir perdón, cuando se te está pidiendo una disculpa, a aquellos que pudiesen haberse sentido ofendidos por una malinterpretación de las palabras.

Entiendo que resulta difícil, e incluso doloroso, dar el brazo a torcer en público cuando crees que se te está obligando a pedir perdón por algo que no has hecho. Pero la realidad es que una vez ya estás en esa posición a los ojos del resto de personas, vas a estar luchando por una batalla distinta. Tú buscas tu inocencia, cuando el resto ya te da por culpable y pelea por que se deshaga el daño, que a fin de cuentas ya ha sido causado.

¿Por qué no estamos acostumbrados a oír disculpas en la política, cuando siendo tan compleja, sería normal que uno se equivoque u ofenda, sin pretenderlo, a algún colectivo? Esto es un ejemplo de cómo podemos vaciar a las palabras de su significado. Porque el siguiente paso a este razonamiento es indagar acerca del valor que hemos asociado al perdón que, en este caso, reclaman los ofendidos (y precisamente aquellos que han abogado por defender la peor de las connotaciones posibles). En ocasiones parece que el perdón se convierte en un yugo, en una sentencia que se dicta uno mismo, porque solo lo oímos en casos extremos, cuando de poco sirven las palabras. Se ha convertido en la prueba de la «no inocencia», parece que nos da el derecho a arremeter contra el culpable, es la evidencia del fallo. Buscamos en la política a un líder que nos proporcione certidumbre, y por ello parece que pedir perdón es una equivocación, pero exigir certezas sólo proporciona una solución que funciona como efecto placebo, pues no tiene el engaño otro disfraz favorito. Hablaba Irene Vallejo, filóloga y escritora, en el podcast La vida según Évole y Enric, de la importancia de estudiar el lenguaje para no caer en el engaño, de cómo sus raíces pueden ofrecernos claridad, y citaba a Tucídides: «La forma en la que empleamos ciertos términos son indicativos del estado de salud colectivo, una sociedad empieza a descomponerse cuando a cualquier forma de moderación se la llama disfraz de cobardía». El verbo perdonar proviene del latín, formado por el prefijo per- (acción completa y total) y el verbo donare (dar, regalar, ofrecer, conceder, obsequiar), ligado inicialmente al regalo que le hacía de forma definitiva un acreedor al deudor, por lo que puede considerarse en su concepto original una acción de regalar un indulto, un acto de dádiva y generosidad. Por tanto, a aquellos que exigen el perdón, sepan que deben estar dispuestos a perdonar y no a sentirse reafirmados para lapidar a alguien en público.

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