Por Francisco Sánchez López, subdirector de FLACSO-España.

El sistema político guatemalteco no se ha estabilizado a pesar de los casi veinte años desde la firma de la paz que puso fin a los cuarenta años de “Conflicto Armado Interno”, eufemismo que pretende dulcificar los doscientos mil muertos, cuarenta y cinco mil desaparecidos y cerca de cien mil desplazados, según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de la ONU. Hay algunos elementos propios de sociedades enfrentadas que aun no se han podido erradicar y afectan al comportamiento político electoral. Aquí cabe destacar la sensación generalizada de impunidad (el mismo ex presidente Otto Pérez Molina tiene acusaciones de violaciones de derechos humanos como jefe militar) o ausencia de sanción, como el mejor virus de corrupción; la desconfianza generalizada en el Estado y otros grupos sociales (con lo que esto significa para el capital social y la desafección); la falta de mecanismos de representación estables (reflejada en la práctica inexistencia de partidos), el personalismo y el clientelismo.

Como indica el Equipo de FLACSO-España en Latinoamérica Análisis, las elecciones generales del 6 de septiembre se produjeron en un clima complejo, en el que sobresalen las protestas que tenían como eje la denuncia de la corrupción, la detención del presidente Pérez Molina y la renuncia de la Vicepresidenta, gracias, en buena medida, a la intervención de la Comisión Internacional de Justicia que opera en el país. Un escenario similar a otros casos de la región.

Pero, en medio de todo, despunta un fenómeno indudablemente fascinante para cualquier trabajador de la comunicación política: la victoria en la primera vuelta de Jimmy Morales, un candidato sin mayor trayectoria política, pero de sobra conocido por su programa cómico de gran audiencia en Guatemala. El que haya ganado un outsider se explica, en parte, por la crisis del sistema de representación, pero también porque sus propuestas son más morales que políticas, centradas en un duro discurso anticorrupción y conservador (otro rasgo de los outsiders) en la línea de la iglesia evangélica a la que pertenece. Unos contenidos que funcionan bien en sociedades cuyos sistemas políticos no han terminado esa automatización de la política de la que habló Maquiavelo, al separarla de lo moral y religioso, mas no de lo ético.

Aunque dicho así todo parece evidente, las elecciones hay que ganarlas, y ahí está lo complicado. Por eso cabe la pregunta ¿qué lecciones deja este proceso a un experto en comunicación? La primera y preocupante para mí, es que puede dar argumentos a quienes piensan que todo va de ser conocido, tener una imagen amable y evitar temas complejos, repitiendo lo que se espera del candidato y de acuerdo con lo que se puede entender como tendencias generales de opinión pública. A ello se sumaría la alegría de los que defienden que la televisión sigue siendo el gran medio para dar a conocer a una persona que quiera hacer política, así como la forma de difundir su mensaje, es decir: su storytelling.

Por otro lado, daría argumentos a aquellos que creen que el candidato debe ser una especie de showman, estrategia que se ha visto claramente con el candidato del PSOE en España con su llamada al programa televisivo Sálvame, la participación en El Hormiguero o el reto de Calleja (Planeta Calleja). La relación entre espectáculo y política tiene ya una larga tradición en América Latina con muchos candidatos (y electos) artistas o deportistas, lo que a priori no es malo. Hay que recordar que el actor Ronald Reagan fue dos veces presidente de los Estados Unidos y es un mo­delo de líderes internacionales como Aznar o Thatcher, a la par que sigue siendo referente para los republicanos. Sin embargo, en mi opinión hay que hacer lecturas críticas de la victoria de Morales porque no podemos caer en la tentación de la promoción fácil de los candidatos a través de mecanismos resultones. Creo que como “vendedores” de ideas, estrategias y personajes hay que cuidar la calidad de lo que ofrecemos, cómo lo ofrecemos y quién lo ofrece; pero claro, las campañas son difíciles y si no hay venta, no hay comisión… Ahí está el reto.

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