Por Rubén Rodríguez, @rubenrmarcos, socio de Mas Consulting

Quedan unas semanas para que tengan lugar las elecciones en Estados Unidos, una de las más atípicas de la historia, marcadas por la pandemia del coronavirus, y en las que se enfrentarán dos formas de entender y hacer política: Donald Trump, que busca la reelección, y Joe Biden, exvicepresidente de Estados Unidos con Barack Obama y con una dilatada trayectoria política que comenzó en el año 1973. Se trata de dos candidatos con perfiles totalmente opuestos, pero que también comparten ciertas similitudes: la edad y que ninguno de ellos despierta un notable entusiasmo en sus partidos.

Con este telón de fondo, ambos candidatos se lanzaron a esta atípica carrera presidencial que concluirá el próximo 3 de noviembre. En este contexto, el presidente Donald Trump llega a esta fase con unos datos de valoración que condenarían al fracaso su reelección, pero con el actual inquilino de la Casa Blanca todo es diferente. Solo hace falta echar un vistazo a 2016.

Y es que Trump ha roto los esquemas de cómo entender la política. Cualquier candidato que llegase a estas presidenciales con sus índices de aprobación estaría condenado al fracaso.
Durante su mandato, el índice de aprobación de Donald Trump nunca ha superado el 50 % con una media del 40 %. Según Gallup, es el presidente con el índice de aprobación más bajo en un primer mandato desde que, bajo la presidencia Harry Truman, comenzó a medirse este indicador.

Y, aun así, el presidente Trump tiene posibilidades de ser reelegido. Varios son los motivos que explican porque el actual inquilino de la Casa Blanca puede vencer el próximo 3 de noviembre y que trataremos de explicar en este artículo.

Pero además del anterior dato, quédense con este otro: el índice de aprobación de Trump entre los votantes republicanos es del 91 % y cuenta con uno de los promedios más altos desde el presidente Eisenhower.

  • Una base electoral fiel y movilizada. Más allá de los escándalos y de todas las polémicas que han tenido lugar durante la presidencia de Trump, lo cierto es que el candidato republicano cuenta con una base electoral fiel y movilizada. Al contrario que a los anteriores inquilinos de la Casa Blanca, a Trump no le penalizan los escándalos. Y lo sabe. Lo dijo en la campaña de 2016: “Tengo a la gente más leal, ¿alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes”.
  • La economía. La presidencia de Trump ha estado marcada por los escándalos, su estilo y su forma de entender la política que le han convertido en un presidente que, en nada se parece a sus antecesores, pero también por la economía. Y es que la creación de empleo es uno de los ejes sobre los que girará y gira su discurso durante la campaña.

Dos datos para entenderlo:

• La tasa de desempleo hasta el pasado mes de enero, un mes antes de que el coronavirus comenzase a golpear las economías de todos los países, se situaba en el 3,5 % situándose en los niveles más bajos desde los años 60.
• De los 30 millones destruidos durante la pandemia, ya se han recuperado prácticamente la mitad.

Pero además de las cifras económicas, la percepción que sobre la gestión económica del presidente tiene el sector económico del país es muy alta con valoraciones superiores a las que tenían sus predecesores George W. Bush y Barack Obama.

Durante este mandato, Trump ha construido una marca sólida en torno a su capacidad para manejar la economía y, por ello, jugará con esta baza en lo que resta de campaña, no solo para poner de relieve su gestión de la economía norteamericana sino también para cuestionar a su rival demócrata.

  • El debate sobre la seguridad. Lo que en un primer momento amenazaba con convertirse en un serio problema para la campaña de Donald Trump, el movimiento Black Lives Matter y los apoyos que logró en distintas capas de la sociedad norteamericana, se puede convertir en un punto a su favor en la campaña. ¿Por qué? Este movimiento que comenzó como algo pacífico y que luchaba contra el racismo ha derivado en enfrentamientos callejeros y, ahí, Trump ha conseguido hacerse fuerte presentándose como el guardián contra el caos que protege a las familias que sufren la situación. Frente a la posición de Trump, está la de los demócratas, que se muestran comprensivos con estas acciones.
  • Su capacidad para marcar la agenda. Fue una de las claves de su éxito en 2016: dirigir la conversación pública hacia donde a él le interesa para conseguir publicidad gratuita. En 2016, sus propuestas en materia de inmigración como, por ejemplo, la construcción del muro o sus declaraciones sobre su rival despertaban la atención de los medios y permitían al candidato republicano marcar la agenda.
    Ahora en esta campaña lo está volviendo a hacer. Cuestiones como que el voto por correo puede ser fraude o su sugerencia de que los electores voten dos veces para poner a prueba el sistema electoral estadounidense son algunos ejemplos de ello.
  • Su formato de campaña vs el de Biden. La pandemia del coronavirus está marcando la carrera presidencial y la forma de hacer campaña. En este sentido, los candidatos están optando por modelos distintos. Así, frente a Biden que ha optado por seguir las recomendaciones científicas y evitar en gran medida los eventos con público, Trump está apostando por formatos tradicionales de campaña: como los eventos con público y la campaña puerta a puerta. Esto ha despertado ciertas críticas entre algunos demócratas que consideran que Biden ha optado por una campaña conservadora e ir a por lo seguro sin arriesgar, algo que nunca les ha salido bien, recuerdan.
  • El perfil de Biden. Los demócratas acuden a estas presidenciales con un candidato que no despierta el entusiasmo de su electorado, en especial entre el público más joven que hubiese preferido otro candidato como Bernie Sanders. En ese sentido, da la sensación de que lo único que une a los demócratas es su rechazo a Trump, pero no el perfil de su candidato. A esto se une la trayectoria de Joe Biden, un miembro del establishment de Washington, que lleva en política desde 1973, lo que le permitirá a Trump volver a presentarse como un outsider de la política como ya hizo en 2016 cuando ganó contra todo pronóstico la elección republican­a y luego la victoria en las presidenciales. Son muchos los puntos en común que tienen Biden y Hillary Clinton: ninguno despierta el entusiasmo del electorado demócrata y son vistos como miembros de la élite de Washington.
  • La campaña digital de Trump. Las redes sociales son un elemento clave dentro de la estrategia de campaña del actual inquilino en La Casa Blanca, que las utiliza como su altavoz para exponer sus ideas, anunciar medidas, criticar a sus adversarios, etc. En la campaña 2016, las redes sociales fueron el altavoz de Donald Trump y en 2020 lo volverán a ser. Y ahí Trump gana por goleada a Biden.
    Lo vemos si comparamos sus perfiles en redes sociales. Así, el perfil en Twitter del presidente cuenta con más de 86 millones de seguidores, frente a los 9,4 millones de su rival Joe Biden. Y en Facebook, estas diferencias se repiten: más de 31 millones Donald Trump frente a los casi 3 millones del candidato demócrata.

Lo advertía el pasado 27 de agosto en las páginas de The New York Times, el periodista tecnológico Kevin Roose: “Si no cree que Donald Trump pueda ser reelegido en noviembre, debe pasar más tiempo en Facebook”.

  • Es candidato, pero también es presidente. No lo olvidemos, pero Trump es el presidente y tiene a su disposición la maquinaria gubernamental y lo sabe. En una crisis como la actual tiene en sus manos el poder ejecutivo que le permite aprobar distintas iniciativas para ayudar a salir de la crisis como ayudas, planes de estimulación fiscal y usar las ruedas de prensa para hacer anuncios amplificando así su mensaje. Prueba de que el presidente Trump sabe de la ventaja de ser presidente lo vimos en el Convención Republicana, en la que Trump dio su discurso desde la propia Casa Blanca rompiendo con la tradición de no usar la sede de la Presidencia con fines electorales.
  • Las encuestas y el factor sorpresa. Las encuestas no son favorables a Trump y al cierre de este artículo ninguna encuesta le daba como vencedor. Pero no lo olviden, tampoco en 2016. Y es que los sondeos en los estados que pueden desequilibrar la balanza como ya sucedió hace cuatro años están muy ajustados y en las últimas semanas se aprecia un cambio de tendencia. Por eso, los demócratas no deberían confiarse y más en un contexto tan sumamente volátil como el actual marcado por el coronavirus. Las encuestas pueden generar una falsa sensación de confianza entre los demócratas generando una desmovilización de su electorado y más teniendo en cuenta que Biden no es un candidato que despierte el entusiasmo entre el votante demócrata.
  • …Y la pandemia. La pandemia ha golpeado el mundo matando a miles de personas y provocando una grave crisis económica y, lógicamente, está condicionando el devenir de la campaña electoral. Al presidente Trump le ha trastocado todos sus planes de campaña y los errores cometidos durante su gestión han lastrado el inicio de su carrera electoral. Sin embargo, da la sensación de que esos fallos comienzan a estar ya amortizados.

Las próximas semanas no solo estarán marcados por la evolución de la enfermedad, sino también por la investigación para encontrar una vacuna eficaz. El presidente Trump ya avanzó a mediados de septiembre que la vacuna estará lista en tres o cuatro semanas. Un anuncio que parece obedecer más a los deseos de Trump que a la realidad y a lo que afirman los científicos. ¿Pero se imaginan cómo cambiaría la campaña si días antes de las elecciones vemos a los primeros ciudadanos norteamericanos vacunándose?

En resumen, Trump parte en desventaja en esta carrera hacia la Casa Blanca con unas encuestas desfavorables y con un sector del establishment republicano en contra. Sin embargo, enfrente tiene un rival que representa a las élites de Washington, que tanto rechazo despiertan entre parte del electorado norteamericano, sin carisma y que no despierta el entusiasmo entre el electorado tradicionalmente demócrata. Por eso, en 2020 la historia puede volver a repetirse.

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