Por Georgina Flores-Ivich, @gefloresivich, Profesora e investigadora en FLACSO México

Bloodless
Andrew Bird

El próximo 6 de junio se renovarán 21.000 cargos de elección popular en México. Las campañas electorales iniciaron en abril y la guerra típica entre candidatas/os de diferentes partidos no es la única que estamos presenciando. Existe una más que ha generado bastante controversia: el enfrentamiento constante entre el presidente López Obrador y las personas integrantes del Consejo General del Instituto Nacional Electoral (INE), que es el órgano constitucional autónomo encargado de regularlos procesos electorales en México.

Este enfrentamiento que ha tenido lugar principalmente en la arena discursiva, tiene varias aristas y ha dado bastante de qué hablar en las últimas semanas. El conflicto ha ido en ascenso propiciando un clima de confrontación en el que las declaraciones de los actores implicados son noticia todo el tiempo. El presidente considera que los/as consejeros del INE tienen una fobia en contra de su movimiento y quieren dañarlo, mientras que ellos/as afirman que existe una campaña de desprestigio y desacreditación en su contra.

Esto es preocupante pero no es novedad. No es la primera vez que el árbitro electoral es objeto de ataques.
Sin embargo, el hecho de que sea el presidente quien encabece este tipo de embestida frontal sí es inédito. Este conflicto tiene, al menos, tres causas: la aprobación, por parte del INE, de los nuevos criterios para evitar que los partidos o coaliciones estén sobrerrepresentados, el retiro de dos candidaturas de Morena a las gubernaturas de Guerrero y Michoacán por no presentar el informe de gastos de precampaña en tiempo y forma y, además, las solicitudes que el INE ha hecho al presidente para que “ajuste su conducta” y deje de promover logros de su Gobierno durante sus conferencias de prensa matutinas. Esto, incluso, ha derivado en la emisión de medidas cautelares en su contra por no respetar la veda electoral.

Los hechos han desatado una guerra discursiva entre el presidente y la autoridad electoral y hasta una solicitud de juicio político en contra del consejero presidente del INE y de otro consejero, que fue interpuesta por la bancada de legisladores de Morena (el partido en el Gobierno). El presidente sabe que poner abiertamente sobre la mesa la idea de desaparecer al INE tendría un costo muy alto. Por ello, se ha pronunciado a favor de defender a la democracia y ha descartado la desaparición de este órgano. Al mismo tiempo, también se ha encargado de articular y contar una historia sobre su origen y sus funciones, enfatizando que no se trata de desaparecerlo, sino de mejorarlo y hacerlo incorruptible. También ha dicho que está analizando “la situación” de esta institución y que hará “lo que convenga a la democracia y sea bueno para el pueblo”. Su mensaje es impreciso y es fiel a una narrativa frecuente: no es la primera vez que descalifica abiertamente a las instituciones.

Por su parte, el consejero presidente del INE ha declarado que hará valer la Constitución y las leyes electorales. Acusa la existencia de una estrategia de descalificación/provocación y ha emitido múltiples declaraciones en las que predomina el verbo amedrentar: “no lograrán amedrentar al árbitro”.

Para algunas personas, el INE es el héroe que defenderá a la democracia mexicana de un embate, mientras que para otras, es el villano. ¿Cuáles serán las consecuencias de este conflicto? Distintos sectores han manifestado su preocupación por las implicaciones de este enfrentamiento. En marzo se registró una movilización de más de 2.000 personas del sector académico, empresarial, político y artístico pronunciándose en contra de la descalificación y desacreditación constante al INE y a sus consejeros/as. Hicieron un llamado a respetar las reglas establecidas y a defender a esta institución de la difamación. En redes sociales también se han observado movilizaciones con el hashtag #DefendamosalINE y #YoDefiendoalINE, entre otros.

Después de todo, la idea de una institución con fallas (como todas) que tiene como principal objetivo dañar a un movimiento poniendo en el centro sus fobias, es bastante potente. Sin embargo, la última encuesta del periódico Reforma (levantada en abril) muestra que el INE tiene mayores niveles de confianza que el presidente. El porcentaje de personas que confían en el INE asciende a 68% y el porcentaje que confían en el presidente es de 58%. Además, el 52% considera que este debe guardar silencio durante las campañas y no opinar sobre asuntos electorales.

La configuración de una historia de héroes y villanos es tan interesante como peligrosa. En un contexto polarizado, puede hacer que el conflicto escale a niveles importantes. Además, el protagonismo de los actores implicados en este conflicto, quizá nos distraiga de lo esencial. Por supuesto que es importante defender a las instituciones democráticas, pero sobre todo, tenemos que defender a la democracia en sí misma como un valor fundamental. Esta defensa debe ser constante y el espacio de las ideas y del discurso es particularmente relevante para ello.

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