Por Andrés Obando Balseca, @AndresObandoB, Director General de ComPolCorp Consultores

#ElOrigen

El signo numeral o almohadilla nos ha acompañado desde hace mucho tiempo atrás, en específico, desde la antigua Roma. Su génesis puede registrarse en la unidad de medida llamada ‘libra pondo’ (peso en libras), cuya abreviatura se escribía ‘lb’. Quienes la utilizaban solían añadirle una raya horizontal en la parte superior que cruzaba ambas letras, esto con el fin de que no se confundiera la letra ‘l’ con el número 1. Con el tiempo su uso en el lenguaje escrito fue mutando hasta llegar a tener la apariencia que conocemos hoy: #.

A finales de los 60, los laboratorios Bell incluyeron este caracter en sus sistemas telefónicos y lo utilizaron para separar las letras de los números. Como no tenían un nombre para este signo lo llamaron octothorpe (thorpe: campo y octo: ocho, que vendrían a ser los ocho extremos de las líneas que lo conforman).

El 23 de agosto de 2007, Chris Messina, exdirectivo de Google y usuario de Twitter, propuso usar la almohadilla o numeral para organizar y filtrar conversaciones, también buscaba una manera de consolidar frases que vayan ‘directas al grano’. Los usuarios de Twitter fueron sorprendidos por esta propuesta, no estaban acostumbrados a un formato de mensaje así, lo veían como un error de código de programación, pero el tiempo y su funcionalidad se encargaron de que fuera aceptada en la tribu digital de microblogging.

#ElMomentum

La almohadilla en su concepción y creación nunca tuvo como objetivo llegar a ser lo que es hoy en día. Muchos movimientos sociales no habrían tenido tanto éxito ni alcance de no ser por las redes sociales y, en específico, por los hashtags. En 2017, en su décimo cumpleaños se compartieron 125 millones de hashtags por día. Ahora, a sus 13 años de existencia, ha compartido junto con nosotros miles de alegrías, y también tristezas.

Si bien las almohadillas más usadas de la historia han sido las que ofrecen un almacenamiento de temas transversales y con una constancia en el tiempo, como #FF (Follow Friday) o #TBT (Throw Back Thursday), las que se han originado en momentos decisivos han logrado consolidar a este concepto de comunicació­n materializando y masificación ideas o acontecimientos complejos en una nueva generación de soundbites, pero con esteroides.

Recordamos el #BringBackOurGirls de 2014, una ola de apoyo internacional motivado por el secuestro en Nigeria de 276 chicas estudiantes por parte de los i­slamistas de Boko Haram. El #JeSuisCharlie de 2015 fue tuiteado más de 5 millones de veces en dos días, tras el ataque a la redacción del semanario Charlie Hebdo en París. O más recientemente las iniciativas #MeToo o #BlackLivesMatter. Son algunos ejemplos entre otros tantos que han encontrado en la almohadilla su máxima de expresión y grito al mundo en una suerte de desahogo y lucha. Podemos decir que el hashtag es el llamado a la acción más eficiente de nuestra era.

#ElFuturoMarty

El numeral nos ha modificado. Es común escuchar la expresión “dilo en un titular” o “si no puedes expresarlo en 140 caracteres (ahora 240) entonces no es una buena idea”. Esto responde a la necesidad contemporánea de comunicar de manera ágil, precisa y rápida lo que está pasando en nuestras cabezas y el mundo que nos rodea.

El futuro del # podría estar en fusionarse con la identidad de organizaciones y marcas, ocupando un lugar en sus logos y nombres, además de llegar a convertirse en la herramienta clave en la organización de datos de gran tamaño. Es decir, ser el índice digital de la biblioteca de los conocimientos de la humanidad.

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