Entrevista a Fernando Vallespín, Director del Instituto Univer­sitario Investigación Ortega y Gasset. Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Profesor visitante en las universidades de Harvard, Heidelberg y Frankfurt. Fue presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas de 2004 a 2008.

Acaba de publicar La mentira os hará libres. El capítulo primero es una reflexión sobre la política y precede a “democracia y verdad, una pareja malavenida”. El tercer capítulo es un análisis de la democracia deliberativa, que Vallespín ve amenazada por la pasión desatada en las redes sociales de Internet. Teme a los radicalismos y cree que las estrategias de comunicación política han tratado a los ciudadanos como críos inmaduros. Reclama la búsqueda de consensos para estudiar soluciones a los problemas a largo plazo que nos plantea una sociedad globalizada. Europa pierde competitividad como consecuencia de la disparidad de intereses y la fragmentación. En España sabemos de eso.

Por Juan Manuel Zafra Díaz

1. ¿Qué nos está pasando?, ¿dónde están las razones del distanciamiento de la ciudadanía con los políticos?

Es un divorcio. Creo que han confluido muchos factores a la vez. Hay uno primero de carácter sociológico y es una inercia que se deriva de la crisis del año 1993. Desde entonces, los políticos y la ciudadanía han establecido una relación clientelar. Los políticos competían para ver quién ofrecía más servicios a los ciudadanos; el país aparentemente se lo podía permitir y los dirigentes políticos hicieron uso de esa prerrogativa; empezaron a prometer y los ciudadanos nos acostumbramos a recibir, a tener derechos que se fueron incrementando. Derechos a una serie de prestaciones que no han dejado de incrementarse. Llega la crisis y descubren que no sólo no van a seguir incrementándose, sino que incluso se van a recortar algunos derechos adquiridos. Es un proceso en el que los ciudadanos sienten que el conjunto de promesas se quedan en el vacío y tienen que replantearse la relación con lo público.

2. Se ha producido entonces un fenómeno de expectativas frustradas…

En efecto, la relación con lo público pasa a ser de exigencia a expectativas frustradas. Pero es que además en España no se han asumido responsabilidades por parte de los ciudadanos. Jamás en estos años se plantearon de dónde salía el dinero para ampliar una cosa u otra, construir un AVE, un pabellón o qué sé yo. Lo importante era gozar, disponer de esa serie de provisiones. Y por tanto, se preocuparon poco de indagar cómo se iba a pagar, de dónde iba a salir. Y sí, efectivamente, salía de nuestro bolsillo. Estalló la burbuja y los ciudadanos se dieron cuenta que las promesas que les hacían los políticos se hacían con cargo a su propio dinero.

3. Entonces es cuando se lo echamos en cara a los políticos.

La reprimenda popular a sus dirigentes ha sido espectacular. Se ha oscilado de ser ciudadanos pasivos, encantados de haberse conocido y en una relación con los políticos que hacían toda clase de promesas y concedían todos los caprichos, a ser ciudadanos cabreados, que han visto incumplidas las promesas.

4. Los dirigentes políticos también entraron en una espiral que puede tener mucho de autosatisfacción, ¿no cree?

La clase política hizo muy poca pedagogía. Tenemos un país de ciudadanos que actúan de forma reactiva ante la política, que sólo se manifiestan cuando afecta únicamente a los suyo, que no participan salvo cuando atañe a cuestiones privadas de cada uno. Ahora estamos como si hubiéramos despertado de una fantasía y se culpa a la clase política cuando también la ciudadanía ha sido culpable de la situación en la que estamos. Esto no quiere decir que la clase política deba irse de rositas. Creo que esta pagando ya su responsabilidad y urge que se renueve. Los partidos políticos están petrificados, están sin orientación en un momento clave para la vida nacional. No hemos salido de la crisis económica y las instituciones desde la Casa Real para abajo están sin la legitimación que exige una situación como esta para dar una respuesta conjunta y no respuestas fragmentadas, saltando de una cosa a otra.

5. ¿Qué peso atribuye a la comunicación en la generación de esas percepciones?

La comunicación es responsable en gran medida. La comunicación política lanza un mensaje a los responsable políticos que consiste en que todo debe valorarse siempre en positivo y, en el caso de asumir responsabilidades, hay que implicar siempre al adversario político. Es el famoso “y tú más”. No hay un reconocimiento explícito de la situación ni de las responsabilidades. Se aplican estrategias de comunicación como si los ciudadanos fueran menores de edad a los que no se pue­de decir la verdad. Eso encaja muy bien con una estrategia de marketing político que envuelve el liderazgo en una especie de nube donde realmente hay que evitar los problemas. Las estrategias de comunicación se han planteado para una sociedad más inmadura de lo que en realidad se ha demostrado que es la nuestra. Lo pagó Zapatero y lo puede estar pagando también Rajoy, lanzando mensajes condescendientes, negando los casos de corrupción…

6. Jeff Jarvis se refiere en Partes Públicas al cambio en el concepto de intimidad, privacidad, transparencia… que han supuesto las redes sociales de Internet. La ciudadanía, o al menos una parte importante, se ha acostumbrado a tenerlo todo a la vista y si los políticos no lo tienen, se crean tensiones.

Las redes sociales lo están cambiando todo, pero no sé hasta qué punto influyen al común de los ciudadanos. En las redes sociales hay muchos mundos paralelos que ofrecen una visión que no siempre coincide con la que ofrec­en otros en la Red o fuera de ella. Lo que me preocupa es que las redes sociales, más incluso que los medios de comunicación tradicionales, están creando un mundo que ya no reconocemos como común porque nos manifestamos sobre él de formas tan dispares que parecen mundos distintos. Cuando no se percibe el mundo real conocido, ¿cómo podemos generar algún tipo de consenso?

7. ¿El desgobierno en las redes sociales nos estaría impidiendo gobernar el mundo real?

Por un lado, nos encontramos los medios de comunicación y, por otro, las redes sociales, tan fragmentadas. Unos y otros rebotan una imagen que no coincide salvo en decir que la cosa está fatal y en señalar a los responsables. La consecuencia de ello es que se está abonando el terreno para cualquier tipo de neopopulismo. De izquierda, a la izquierda del PSOE, y de derecha, que coincide con la extrema derecha de siempre en España, que convivía con el Partido Popular, y ahora se está separando. El potencial de conflicto es inmenso.

8. ¿Es mayor el riesgo de estallido social en el nuevo contexto digital?

Sí. No se delibera, no se piensa sobre lo que se recibe. Nos hemos acostumbrado a recibir gritos en 140 caracteres. Son estallidos que reflejan un estado de ánimo, pero no hay una llamada a la reflexión y al consenso sobre las soluciones para acabar con la corrupción. El mundo político se llena así de pasiones y las pasiones no generan el clima idóneo para resolver problemas.

9. ¿Cómo podemos generar un clima favorable para la búsqueda de soluciones?

No podemos quedarnos en rasgarnos las vestiduras; hay que pensar en la forma de sacar adelante al país y, particularmente, a nuestra juventud. La clase política tiene que dar ese paso, renovarse. La situación es de fragmentación y de ausencia de alternativas, que es la peor situación en un sistema democrático. El peor problema que se puede dar en democracia es la ingobernabilidad porque la representatividad se puede sobre­llevar con una gobernabilidad fuerte basada en el consenso entre distintas fuerzas políticas. La capacidad de acuerdos entre dife­rentes visiones ayudaría a la gobernabilidad que es de los que carecemos.

10. ¿A qué atribuye esa ausencia de acuerdos?

Todo el mundo está cabreado. Por razones diferentes, pero todo el mundo está cabreado. Algunos porque España no acaba de tocar fondo en la crisis; tenemos una Cataluña que ya ha abandonado al país, del que es una parte importante; además tenemos una izquierda sistémica que es desautorizada por esa otra izquierda que podríamos asociar al 15-M; y una derecha que también se parte porque surgen movimientos ultra.

11. ¿Dónde radica el liderazgo en el siglo XXI?

El liderazgo es el bien más escaso en este momento. Para que exista liderazgo hay que confiar en los líderes. Rajoy accedió a su li­derazgo, como casi todos los presidente en este país, para que su adversario no accediera al Gobierno. En España, tradicionalmente, no se elige un líder sino que se evita que apa­rezca otro. Son personajes que en el mismo momento en que son proclamados, no nos entusiasman y pierden legitimidad. No es un problema únicamente español. Hollande llegó a la presidencia con la mitad del país y lo estamos viendo por todo el mundo.

12. ¿Quizás en América Latina haya algún ejemplo?

América Latina se está beneficiando de una buena coyuntura económica, basada en la disponibilidad de materias primas o de mercados interiores muy amplios. El problema es que no producen bienes competitivos como los países asiáticos. Corea está compitiendo, gracias a Samsung, con EEUU y Apple, eso si es para quitarse el sombrero. La supervivencia está en manos de grandes países que equivalen a grandes continentes: EEUU, China, India, Rusia.. Europa, mientras tanto, se fragmenta pese a su tamaño. Europa es un gigante económico, pero un enano político y eso cada vez nos debilita más. Hay una prima a favor de esos grandes estados que tienen grandes empresas a las que protegen dentro de este nuevo orden tutelado por el G-20 y es, donde España tiene muy poco que hacer.

13. Es usted muy pesimista.

Soy bastante pesimista. No tengo una solución, pero tenemos que empezar a buscar soluciones y estamos excesivamente ensimismados en resolver problemas de mañana, del corto plazo. Debemos entrar a estudiar problemas de fondo como la competitividad de España, el nivel de bienestar que pode­mos mantener y cómo, cuál es la contribución de unos sectores u otros. Necesitamos un nuevo contrato social y no veo a los partidos preocupados de ello sino de cómo sacar provecho cuando llegue el momento.

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