Por Fernando Pittaro, @ferpittaro Periodista. Docente. Máster en Creación Literaria

A dos años de haber asumido la presidencia, el gobierno de a revela dos hechos inéditos para la política argentina: que la derecha puede llegar al poder a través de las urnas y no de golpes militares como era costumbre hasta 1983, y que una coalición no peronista puede gobernar el país. Pero, ¿qué claves nos da la comunicación política para entender el discurso de este nuevo liderazgo que desplazó al kirchnerismo después de doce años?

Primero hay que decir que en el corazón de su narrativa está la obsesión por diferenciarse de “la herencia recibida”; ese cúmulo de prácticas, valores, y símbolos que fueron el ADN del kirchnerismo. La idea es ser, o al menos parecer, lo antagónico, tanto en la forma como en el fondo.

Desde la puesta en escena hasta la duración de los mítines, pasando por el estilo a dirigirse al público, la relación con los medios de comunicación, la forma de movilización de sus bases, el uso de las redes sociales, las herramientas de la tecnopolítica al servicio de la micro segmentación y el lenguaje utilizado.

Al no ser Macri un líder carismático ni un gran orador, sus intervenciones son breves y prediseñadas, con un lenguaje sencillo, un tono conciliador, con giros de euforia muy calculados sobre el final. El guión también exige repetir como un mantra las palabras “equipo”, “diálogo”, “cercanía”, y “juntos”. No se dirige a grandes multitudes, no llena estadios ni desborda plazas. No logra arrancar lágrimas y nadie promete dar la vida por él o sus ideas.

Eso no le preocupa. Sabe que su rol en la Historia es otro. Como una jeringa que entra directa en vena, su discurso va generando sentido común y da pelea en la batalla cultural de las ideas. En ese campo semántico, el individuo importa más que la dimensión colectiva, un Estado mínimo pero eficiente donde la iniciativa privada sea garante del ascenso social, una Argentina que “tiene que volver al mundo” siendo su destinatario modélico ese sujeto despolitizado, joven e innovador llamado emprendedor. Ese es el interlocutor al que Macri intenta convencer de la necesidad de “generar confianza” para “desarrollar el país”. En su plataforma electoral lo dice sin tantos rodeos: “Que Argentina sea un país de 40 millones de emprendedores”.

No le gusta hablar de ideologías, cree que como la siesta después de comer, están pasadas de moda, y se identifica más con la figura de un gestor, ese gerente que viene a “resolver los problemas de la gente”. Y les pide paciencia cada vez que tiene un micrófono delante. Les ruega en tono casi místico que sigan creyendo. Que aguanten. Que confíen. Que hagan un esfuerzo ahora, que lo peor está pasando, y que mañana será mejor.

El tiempo dirá si este nuevo relato se transforma en mito de gobierno. Por ahora, queda decir que en Argentina no sólo hubo un cambio de ciclo político. Hubo un cambio de paradigma.

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