Por Vicente Rodrigo, @_vrodrigo, Public Affairs Manager de Weber Shandwick España.

La desafección se instala en el comportamiento electoral del votante griego, o al menos esa es una de las conclusiones claras de las segundas elecciones generales convocadas en 2015 en el país heleno. La cita con las urnas del 20 de septiembre es, precisamente, la menos concurrida a la luz de los registros históricos de participación en unas elecciones generales griegas. La desmovilización se entiende mejor en un contexto en que la cita electoral perdía ese componente crítico de que el país estaba llamado a hacer historia, hecho que había llevado a las urnas a cantidades de entusiastas en las convocatorias anteriores. Cabe añadir, además, que se trata de la tercera vez que los griegos acudían a las urnas en un mismo año, si tenemos en cuenta el referéndum convocado en plena negociación del tercer rescate griego.

Con todo, los partidos políticos griegos, con Syriza en cabeza, han hecho de la comunicación política una herra­mienta clave para fomentar la participación.
Las multitudes concentradas en las plazas de Syntagma y Omonia han sido notoriamente más pequeñas, pero los discursos han tenido un matiz más emotivo, incluso hostil: los partidos en Grecia siguen apelando al sentimiento. En lo que respecta al debate público, el elemento más interesante que ha caracterizado a las presentes elecciones ha sido el viraje conceptual sobre la Unión Europea: el villano ya no se busca en Bruselas; en esta ocasión el adversario era nacional.

Como ha venido ocurriendo desde la irrupción de Syriza en el sistema de partidos griego, la formación de Alexis Tsipras ha sabido imponer su frame del debate y la elección de los temas. Corrupción, refugiados, y la aplicación del memorando del rescate han sido los trending topics de las discusiones políticas.

Destaca la campaña personalista del partido de izquierda radical, haciendo de la imagen de su líder un símbolo omnipresente en la campaña. El partido, consolidado ya como una de las principales fuerzas políticas del país, ha ganado las elecciones con el lema “Nos deshacemos de lo viejo”, poniendo énfasis en la redefinición del mapa político no ya en torno a la lógica izquierda / derecha, sino al eje nuevo / viejo.

Los colores de Syriza, el rojo y el morado, se han visto acompañados durante toda la campaña de la bandera griega, algo que no se ha apreciado de manera tan contundente en los actos organizados por su principal adversario político, Nueva Democracia. Vangelis Meimarakis, que tras la dimisión de Samaras asumió la presidencia interina del partido, ha apelado a los imperativos de la realpolitik y a un lenguaje más moderado que ha convertido en cordiales los dos debates televisados de la campaña electoral griega.

Nueva Democracia no ha podido frenar el tirón comunicativo que aún tiene entre los griegos el mensaje de denuncia de un “viejo régimen caracterizado por la co­rrupción, el amiguismo y la burocracia”. La recta final de la campaña se ha teñido de una serie de filtraciones dirigidas a generar descrédito a Alexis Tsipras que, ciertas o no, han tenido hueco mediático incluso a nivel interna­cional: desde sus vacaciones de lujo en una vivienda a pie de playa, hasta el alto coste de las matrículas de sus hijos en centros de educación privados.

Desde el punto de vista internacional, es notorio el paso atrás de los líderes del Partido Popular Europeo arro­pando a su candidato en Atenas. Esta vez, ni Rajoy ni Merkel ni Juncker han hecho acto de presencia en los eventos de campaña de Nueva Democracia. Por su parte, Alexis Tsipras ha contado en sus principales mítines con la pre­sencia del secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, del alemán Gregor Gysi, de Die Linke, y del secretario del Partido Comunista francés, Pierre Laurent.

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