@tinamonge, Politóloga y analista política

«Hemos hecho fatal la comunicación sobre la crisis climática»

Por José Luis Izaguirre, @jl_izaguirre92

Cristina Monge es politóloga y doctora por la Universidad de Zaragoza, donde elaboró, en el Departamento de Derecho Penal, Filosofía del Derecho e Historia del Derecho, su tesis doctoral sobre la idea y práctica de participación en el movimiento del 15-M. Máster en Unión Europea por la UNED, Postgrado en participación ciudadana por la Universidad de Zaragoza, Máster en comunicación política por la Universidad Autónoma de Barcelona, y experta en función gerencial de ONGs por ESADE.

Profesora asociada de Sociología en la Universidad de Zaragoza y tutora de Sociología y Ciencia Política en la UNED, colabora en centros de formación como el INAP y en estudios de postgrado de distintas universidades en materias relacionadas con la participación ciudadana, la calidad democrática y la emergencia climática. Es patrona de Fundación Ecología y Desarrollo y miembro del consejo asesor de la Fundación Renovables.

Analista política para El País, Cadena SER, TVE, Infolibre, Green EuropeanJournal, y miembro del consejo editorial de la revista Ethic. Es autora de la monografía 15M: Un movimiento político para democratizar la sociedad (PUZ, 2017), que recoge buena parte de su tesis doctoral, y co-editora de la colección Más Cultura Política, Más Democracia (Gedisa), en la que además ha publicado Hackear la Política (2019).

A lo largo de tu trayectoria académica y divulgativa has centrado tus diversos estudios en diferentes cuestiones como el 15M, la calidad democrática y la emergencia climática. Nos gustaría saber cómo ha evolucionado tu interés investigador por las diferentes temáticas que tratas.

En realidad, lo que me ha movido siempre ha sido la necesidad de entender lo que creo que son las dos grandes amenazas, y a la vez oportunidades, del momento actual. Vivimos una situación paradójica, ya que asistimos al momento histórico en que más personas del mundo viven bajo regímenes formalmente democráticos, y en el que más insatisfacción y desconfianza se proyecta sobre la democracia. Comprender qué tipo de amenazas envuelven a las democracias y contribuir a fortalecerlas es algo vital desde el punto de vista del pensamiento político.

A la par que vivimos en esta paradoja, asistimos también a lo que ya se define como el mayor reto que tiene la humanidad, la crisis climática. Como titulaba Naomi Klein en uno de sus libros, Esto lo cambia todo. Es decir, cambian las condiciones de la biosfera, el espacio donde se produce la vida, por lo que nada permanece ajeno. Estas dinámicas, que hasta hace muy poco se estudiaban fundamentalmente desde la perspectiva de las ciencias naturales, la economía o el derecho, tienen enormes repercusiones de carácter político y social, hasta el punto de que son unos elementos que están tensionando ya –y mucho me temo que lo seguirán haciendo– la convivencia con cuestiones como el incremento de la desigualdad o la lucha por recursos cada vez más escasos, como el agua.

Comprender qué tipo de amenazas envuelven a las democracias y contribuir a fortalecerlas es algo vital desde el punto de vista del pensamiento político»

Este mes, aprovechando que se celebra la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP26 en Glasgow, estamos dedicando el número a la sostenibilidad. ¿Qué espera del encuentro? ¿Para qué son importantes estos encuentros internacionales sobre el clima?

A diferencia de otras cumbres, esta vez nadie puede mirar a otro lado. Las evidencias científicas y la constatación de que algunos de los efectos del cambio climático ya están aquí lo impiden.

Esta es la Cumbre en la que los diferentes estados tienen que actualizar los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero para no traspasar ese límite de incremento de 2ºC en la temperatura media del planeta – 1,5ºC a ser posible – que nos metería de lleno en zona de peligro. Sin embargo, lo que se va sabiendo, como el plan de China que ansiábamos conocer, nos aleja de esa meta. Si China e India no se ponen a la cabeza de la reducción de emisiones, el objetivo será difícil de alcanzar. Lo que no quiere decir que si ellos no actúan haya que abandonar. Para nada. Cada 0,1ºC de incremento de la temperatura que se consiga evitar se estarán salvando millones de vidas humanas, así que el hecho de que actores clave no sean lo suficientemente diligentes no nos exime a los demás de serlo.

Por otro lado, y quizá no tanto en la Cumbre sino en sectores más vanguardistas del pensamiento ambiental, se empieza a abordar ya, con la importancia debida, el debate sobre el modelo de desarrollo. Entre los “tecno-optimistas” que piensan que la tecnología todo lo puede, y los ‘colapsistas’ que afirman que no hay salida, se están abriendo paso opciones que apuestan por repensar la idea de desarrollo, de progreso, de bienestar. Este debate va a estar muy presente, sin duda, en los espacios que la sociedad civil organiza en el marco de la COP y es clave.

¿Crees que la comunicación de la transición ecológica se está haciendo bien a nivel nacional? ¿E internacional?

En general la comunicación sobre la crisis climática la hemos hecho fatal. Y digo ‘hemos’ porque desde las entidades ambientales, la investigación y distintas plataformas hemos cometido dos pecados capitales. Por un lado, fruto de la gravedad de la situación, se ha creado un marco catastrofista, apocalíptico, como si recogiéramos la herencia del ‘Not future’ de los punks. Y por otro, se ha tendido a culpar a la ciudadanía del desastre por coger el coche, aunque no fuera necesario, por comer carne en exceso, o por comprar productos rodeados de plástico, como si siempre hubiera alternativas, como si el consumo no estuviera limitado por la oferta y la renta, o como si la dimensión principal de la ciudadanía fuera la de consumidora. Todo esto es clave, no le resto importancia, pero hay que contextualizarlo.

La buena noticia es que hace ya un tiempo que muchos de los actores que trabajan sobre la cuestión climática son conscientes de esto y el enfoque está cambiando. Se enfatizan más las posibilidades que existen de adaptarnos al cambio climático y mitigarlo en la medida de lo posible, empiezan a difundirse casos de éxito como el cierre del agujero de la capa ozono -que, aunque hay dudas acerca de su irreversibilidad y se ha debido a múltiples causas, es en parte consecuencia de haber prohibido hace años los CFC–, y se pone el foco en la transición ecológica más como oportunidad que como renuncia. Estamos dando un giro, pero necesitamos que nos echéis todas las manos posibles. Y, sobre todo: ¡no dejéis que volvamos a equivocarnos de esa manera!

Antes de la pandemia, la juventud, a través del movimiento Fridays For Future se movilizó muy fuertemente, también en España. ¿Cómo valoras lo que ocurrió en aquel momento?

En la historia de los movimientos ambientales hay un antes y un después de la aparición de estos jóvenes. Por un lado, ellos y ellas son el futuro, algo a lo que los discursos de la sostenibilidad se han apelado siempre. Fueron la constatación de que el futuro se había vuelto presente y no se resignaba. Reclamaban su derecho a seguir viviendo en condiciones dignas en el planeta.

No diré que estos jóvenes hayan sido los que han provocado el cambio en la percepción de la importancia de la crisis climática, pero sí han sido el punto de inflexión que ha disparado que centros de investigación, gobiernos, empresas o fondos de inversión, entre otros, hayan acelerado un camino que ya habían iniciado, pero muy tímidamente.

Si China e India no se ponen a la cabeza de la reducción de emisiones, el objetivo será difícil de alcanzar»

Greta Thunberg es una de las activistas medioambientales más visibles. ¿Crees que es un buen perfil para liderar el activismo climático? ¿Qué tipo(s) de liderazgo(s) hay en el activismo por la emergencia climática?

Greta Thunberg se convirtió en un símbolo, en una líder peculiar. Una mujer joven, de convicciones profundas, que emprendió una lucha por la humanidad, como muchos adolescentes sueñan, pero con la diferencia de que articuló a buena parte de su generación en torno a un desafío en clave de futuro. Reivindicaba que su generación también tenía derecho a vivir en un planeta sano.

Greta Thunberg es especialmente hábil en el discurso. No habla apenas de CO2, de gases de efecto invernadero, o de esos términos que empleamos a diario y que hace incomprensible el mensaje. La clave de su propuesta es: “Escuchen a la ciencia”. Esto le otorga credibilidad entre jóvenes y no tan jóvenes y eso pese a que emergió en plena era Trump, en el momento de los ‘hechos alternativos’, ¿recuerdas? En cierta medida, se convirtió en la alternativa al trumpismo en este sentido. Frente al anclaje en el petróleo, energías renovables; frente a la mirada corta, visión a largo plazo; frente a los hechos alternativos, confianza en la ciencia.

Has estudiado en profundidad el 15M y lo que significó. ¿Ves alguna similitud con la movilización de la población joven por el clima?

Por supuesto. El 15M cristaliza con rotundidad nuevas formas de movilización que luego se han visto en otras reivindicaciones como las feministas o esta de los jóvenes por el clima. Se trata de movimientos que desbordan a las organizaciones que venían liderando esos espacios, que son capaces de articularse en red, que hacen uso constante de las tecnologías de la información para configurarse, organizarse, difundir sus mensajes y movilizarse, que reivindican valores postmaterialistas en combinación con prácticas totalmente materiales, y aunque en el caso de Thunberg hay un liderazgo claro, generalmente suelen apelar más a liderazgos compartidos y horizontales.

Greta Thunberg reivindicaba que su generación también tenía derecho a vivir en un planeta sano»

La crisis sanitaria también se ha medido en términos climáticos, especialmente por nuestro cambio de hábitos durante el confinamiento, etc. Decían también que la crisis de la COVID-19 iba a cambiarnos, que nos iba a reordenar las prioridades… ¿Ha ocurrido esto? ¿Qué cambios crees que ha habido más allá de los impuestos por normativa sanitaria?

Yo creo que hay una serie de cambios que ya podemos constatar y otros que necesitamos que pase algo más de tiempo para comprobar hasta qué punto se han consolidado o son cuestiones pasajeras. Entre los primeros, yo suelo destacar tres. La pandemia ha puesto de manifiesto que somos seres ‘ecodependientes’, es decir, vulnerables a lo que ocurre en nuestros ecosistemas, donde nuestra salud depende de la del planeta.

Por otro lado, se ha constatado lo que es la interdependencia, que es algo distinto a la globalización. No se trata de poder comunicarnos en tiempo real con alguien que está en nuestras antípodas o de crear mercados globales. Esto es otra cosa. Es asumir que cualquier fenómeno que surja en una parte del planet­a es susceptible de crear efectos en el conjunto del mismo. Por si no hubiera quedado claro, ahora asistimos a la crisis de abastecimiento, cuyas repercusiones aún está por ver hasta dónde llegan.

Finalmente, hemos tenido también una cura de humildad. Pese a llevar décadas afirmando que vivimos en la sociedad del conocimiento, hemos visto cómo un virus nos dejaba fuera de juego y hemos comprobado que la ciencia necesita trabajo, inversión, tiempo y cooperación. También es cierto que hemos sido capaces de desarrolla­r, producir e inocular –al menos en el mundo rico-, no una sino varias vacunas en tiempo récord, en apenas un año. (La vacuna que se había obtenido más rápidamente hasta ese momento fue la del Ébola y se tardó cinco años).

Ahora está por ver cómo se afronta la recuperación, cómo se gestionan estos tres vectores y qué queda de lo vivido tras unos años.

¿Crees posible una política verde transversal, con todas las áreas de gobierno involucradas, a nivel nacional?

Es que no queda otra. A nivel nacional, regional e internacional. Las políticas verdes no pueden ser una cosa ‘de nicho’, de un ministerio u otro. Cualquier asunto que se quiera abordar necesita transversalidad. Por ejemplo, la transición energética. Es preciso seguir invirtiendo en ciencia, en investigación, en I + D; la industria tiene que ser capaz de aceptar el desafío y convertirlo en una oportunidad de desarrollo y competitividad; se necesitan políticas fiscales e instrumentos financieros que ayuden a la transformación; hay que pactar con los territorios dónde y cómo se instalan los parques de energía eólica y solar; las comunidades autónomas y los ayuntamientos deben ser protagonistas porque sin ellos no es posible; y la ciudadanía debe exigir que cada cual cumpla su papel porque le va la vida en ello. ¿Qué queda al margen de esto? Nada. La transversalidad es imprescindible.

Ahora está por ver cómo se afronta la recuperación, cómo se gestionan estos tres vectores y qué queda de lo vivido tras unos años»

Llevamos muchos años hablando de fake news y ahora hablamos cada vez más de negacionistas: de la COVID-19, del cambio climático, de la violencia de género. De hecho, cada vez es más común ver a representantes públicos con mucha fuerza cuestionar los amplios consensos a los que hemos llegado como sociedad. ¿Cómo podemos combatir este negacionismo crónico para reforzar la democracia?

En temas ambientales el negacionismo ha tenido su proceso. Empezó diciendo que esto del cambio climático era una milonga, luego dijo que algo había pero que no tendría apenas efectos, después asumió que existía y tenía sus consecuencias, pero las atribuyó a cuestiones naturales alejadas de la acción humana, y ahora hablan de “pánico ambiental” y aprovechan para colar discursos proteccionistas y xenófobos. ¡Como si el desafío ambiental tuviera fronteras!

La forma de combatirlo creo que tiene que combinar tres elementos. Uno, de carácter racional, los datos: evidencias científicas explicadas con rigor y accesibilidad al conjunto de la población. En segundo lugar, la esperanza. Se necesita dar alternativas y huir del catastrofismo. No se trata de alarmar, sino de ser conscientes del problema y gestionarlo. Y finalmente, y ojo a esto que es clave, analizar los motivos que llevan a un sector de la población a sentirse amenazado, con miedo ante las incertidumbres y agarrándose a quien proporcione un discurso “de hombres fuertes” que evocan un pasado idílico que no existió. Si esto no se hace bien, los chalecos amarillos habrán sido sólo un aperitivo de lo que nos espera.

La transversalidad es imprescindible»

Dada la cantidad de desinformación que hay al respecto de la situación del planeta y la emergencia climática, ¿qué recomendarías ver o leer para que la población sea más consciente de la realidad en la que vivimos?

Asistimos, afortunadamente, a una eclosión de conocimiento y divulgación. Colegas que explican todo el desafío desde las ciencias naturales, quienes hablan de salud, otros que lo ven desde el prisma económico, junto a los que enfatizan en cuestiones de comportamiento y hábitos cotidianos, o las aproximaciones que existen desde lo social y político. Actualmente hay numerosas fuentes solventes, rigurosas y accesibles. La transversalidad del fenómeno y su amplitud me pone difícil recomendar, pero como siempre, hay que seguir las máximas: fuentes rigurosas, avaladas por la solvenci­a de su trabajo, como el científico y divulgador Fernando Valladares, el Instituto de Salud Carlos III, el Instituto de Salud Global, centros de investigación como el BC3, el Instituto de Tecnología para el Desarrollo de la UPM, incubadoras de alianzas como El Día Después, plataformas como la Comunidad por el Clima, las organizaciones ambientales de referencia como Ecodes, Greenpeace, WWF, SEO/BirdlLife, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción…No obstante quedo a disposición de los lectores de ACOP para orientarles en aquellos temas que más les interesen.

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