Una conversación sobre el encuadre de las amenazas a la democracia estadounidense, a partir del ACOPAZO celebrado en Madrid el 16 de abril de 2026
FERNANDO DOMÍNGUEZ SARDOU
Consultor y analista político. Subdirector de la revista

El pasado 16 de abril, ACOP reunió a sus socios en Espacio LATE (Madrid) para una nueva edición de los ACOPAZOS, esta vez con un invitado de excepción: Robert M. Entman, investigador y profesor emérito de la George Washington University y una de las voces más influyentes del mundo en el estudio del framing y la comunicación política. Su ponencia, titulada «Framing Threats to American Democracy» y presentada por Carlos Arcila, trazó un arco histórico que va desde el Memo Powell de 1971 hasta la segunda administración Trump, pasando por la concentración de la riqueza, la desintegración de la esfera pública compartida, la asimetría del ecosistema mediático estadounidense y el triángulo -hoy ya casi un sello suyo- de polarización afectiva, desinformación y políticas públicas que no responden a las preferencias ciudadanas.
Para que los socios y socias que no pudieron acompañarnos en Madrid tengan acceso a las ideas centrales de aquella tarde, hemos prolongado la conversación con Entman. El resultado es esta entrevista: una síntesis de su diagnóstico sobre el estado de la democracia estadounidense y, más interesante aún para los profesionales de la comunicación política, una propuesta concreta de hacia dónde debería moverse el lenguaje del Partido Demócrata si quiere romper el ciclo. Entman no se conforma con describir el problema; ofrece un vocabulario, un registro emocional y, al final, hasta un eslogan.
Pregunta: Su ponencia trazó un arco que va del Memo Powell hasta el segundo Trump como un único proceso. ¿Cuál es el hilo principal que querría que un lector europeo se llevara de esa historia?
Respuesta: Sospecho que quienes iniciaron el movimiento de las élites para devolver el protagonismo a los mercados y reducir drásticamente la dependencia del Estado y de los ingresos fiscales no habrían imaginado ni deseado a Trump como presidente. Sin embargo, la desintegración de la esfera pública común y de la autoridad periodística, el coste de las campañas y un sistema de financiación electoral esencialmente desregulado hicieron posible la presidencia de un autoritario carismático. Imagino que Reagan, George Bush padre y George W. Bush sí eran lo que pretendían.
P: Su modelo de cascading activation asumía un mainstream compartido a través del cual los marcos bajaban y luego retroalimentaban hacia arriba. En el ACOPAZO describió un nuevo ecosistema fracturado y asimétrico. ¿Sigue existiendo esa cascada, o ha sido reemplazada por otra cosa?
R: Sigo creyendo que el presidente -especialmente uno que comprende el sistema comunicativo tan bien como Trump- es el actor más influyente del sistema. Las grandes organizaciones del periodismo tradicional aún desempeñan un papel importante a la hora de iniciar y propulsar la difusión de frames. Pero ahora otras fuentes también pueden iniciar y difundir frames con bastante alcance, de modo que podríamos decir que existe un nuevo nivel en el que operan cascadas y bucles de retroalimentación auto-reforzados (por ejemplo, de influencers a seguidores que comparten esos frames en redes sociales), por debajo del nivel de las grandes élites políticas y las organizaciones periodísticas. En algunos casos, los frames de ese nivel son recogidos por presidentes u otros líderes clave y bombeados de vuelta a través de los medios tradicionales y las redes. Tal vez a veces este nivel secundario de cascadas y retroalimentación influya sobre las élites de formas que ellas no necesariamente desean ni controlan, como sugieren Bennett y Livingston en su artículo de 2025 en Perspectives on Politics.

P: Usted ha definido durante años el framing como selección y saliencia al servicio de un problema, una causa, un juicio moral y un remedio. Cuando un lado del sistema -como mostraron sus datos sobre inmigración- construye y sostiene frames demostrablemente falsos, ¿sigue siendo viable la noción clásica de «contra-framing», o necesita ser repensada?
R: El problema aquí es que basar los frames en falsedades funciona precisamente por la esfera pública aislada y blindada en la que viven tantos estadounidenses, sobre todo de derecha. Además, muchos otros están desconectados de cualquier información basada en hechos, antes incluso de depender de los medios ideológicos de derecha. El contra-framing puede funcionar, y de hecho funciona, cuando ciertos asuntos o acontecimientos concentran suficiente atención: por ejemplo, los asesinatos del ICE o la actual guerra con Irán, con sus efectos fácilmente comprensibles sobre el precio de la gasolina.
Lo que quizá habría que repensar en el modelo de framing es añadir un componente emocional explícito. El concepto original no presta suficiente atención a la emoción, aunque la idea de juicio moral al menos sugiere un papel para ella, igual que la noción de saliencia.
En este momento concreto podría parecer que alrededor de un 35% de la población estadounidense está absolutamente comprometida con Trump, sin importar qué correcciones factuales o reframings les lleguen. No creo que podamos saber si esto continuará así o si finalmente los hechos disonantes acabarán filtrándose hasta más gente. Trump puede ser único en el agarre que tiene, y los futuros líderes republicanos quizá sean incapaces de generar la misma lealtad y el mismo cierre cognitivo.
P: Si el framing necesita incorporar la emoción de manera más explícita, ¿qué deberían estar haciendo los demócratas o los medios mainstream de manera distinta a partir de mañana por la mañana?
R: Son preguntas enormes, dignas de un libro entero. Los medios mainstream no pueden liderar el framing emocional. Quien tiene que hacerlo es el Partido Demócrata, y debería hacerlo -diría yo- con furia justa, usando palabras enteramente apropiadas como traidor, criminal, cobarde, malvado, cruel, antiamericano. Palabras que encapsulen una definición del problema, un juicio moral y una acusación. Ese tipo de lenguaje invitaría a un conflicto de alta intensidad que sería noticioso y quizá inédito. Sin embargo, los líderes del Partido Demócrata se sienten extremadamente incómodos con ese registro, así que dudo que vaya a ocurrir.
P: Cerró su intervención con el triángulo de polarización afectiva, desinformación y políticas públicas que no responden a la ciudadanía. ¿Hay una salida realista de ese bucle, o es éste el nuevo entorno operativo en el que las democracias tendrán que aprender a vivir?
R: Como acabo de decir, no podemos predecir el futuro con mucha confianza. La democracia estadounidense puede seguir deteriorándose y la polarización puede persistir, lo que permitirá nuevos aumentos en la concentración de la riqueza y en el poder no rendido a cuentas. Pero si emerge un líder demócrata hábil, carismático y genuinamente compasivo que sepa enmarcar los problemas que enfrentamos de forma clara y convincente -Hillary Clinton, Joe Biden, Kamala Harris y sus asesores no supieron hacerlo-, este ciclo puede interrumpirse y reiniciarse. No veo probable que las élites republicanas apoyen la democracia hasta que los demócratas las obliguen, superando todos los obstáculos constitucionales y construyendo grandes mayorías en las dos cámaras del Congreso.
P: En una sola frase, ¿cómo sería el frame que ese líder demócrata «hábil y compasivo» debería construir, y que Clinton, Biden y Harris no supieron formular?
R: Mi propuesta de eslogan es «We fight for Liberty and Justice for All» («Luchamos por libertad y justicia para todos»). Todo quedaría encapsulado en esa frase. Y resulta familiar para cualquier estadounidense gracias al Pledge of Allegiance que todos aprendemos: la última frase dice «One nation, under God, with liberty and justice for all». Pero en los últimos años hemos olvidado en gran medida ese sentimiento.