Mucho más allá de los errores políticos…

Desde que el pasado mes de junio Rodrigo Duterte fuera elegido presidente de Filipinas, no ha parado de escandalizar, de insultar y de provocar. Podríamos decir que en estos meses ha dado lecciones para escribir una manual que podría titularse «Cómo ser un pésimo político».

Ha llegado a agredir verbalmente a Barack Obama, motivo por el que EE. UU. canceló un encuentro que ambos iban a mantener durante la cumbre de la ASEAN, una asociación de diez países del Sudeste Asiático (entre ellos, Filipinas), que se celebraba en Laos. Duterte le espetó esto a Obama, ante las cámaras: “Usted debe ser respetuoso, y no lanzar preguntas y declaraciones. Hijo de puta, te voy a maldecir en ese foro”. Así, con esa sutileza respondió a las críticas que había recibido sobre su brutal, indiscriminada y descarnada guerra contra el narcotráfrico, que se ha cobrado más de 2.400 vidas (de culpables e inocentes) en poco más de dos meses.

Pero esa perla no fue más que otra muesca en su revólver. Otro ejemplo: al referirse al representante de EE. UU. en Filipinas, Philip Goldberg, el presidente declaró: «Su embajador homosexual es un hijo de puta. Me molesta”, dijo en televisión el 10 de agosto.

Duterte no tiene límites. Presidente de un país con un 80% de población católica ha llegado a aseverar esto durante la vista del papa Francisco a Filipinas en 2015: “Había mucho tráfico y tardamos cinco horas desde el hotel al aeropuerto. Pregunté a qué se debía. Me dijeron que era el papa, quería llamarle y decirle: Papa, hijo de puta, lárgate a casa, no nos vuelvas a visitar”.

Los periodistas también han sido blanco de sus lamentables dardos: “Sólo porque seas periodista no significa que estés exento de ser asesinado si eres un hijo de puta”, dijo en mayo de este año durante una rueda de prensa al ser preguntado sobre qué pretendía hacer frente a las muertes de este colectivo profesional, tras el asesinato de un reportero en Manila.

Este peculiar líder asiático también llamó “estúpida” a la ONU y afirmó que no quiere perder su tiempo reuniéndose con el secretario general del organismo, Ban Ki Moon. Y, por supuesto, Duterte ha bromeado con algo tan cruel como una violación, al referirse al ataque a una misionera australiana: “Me enfadó mucho que la violaran, eso es una cosa. Pero ¡era tan guapa!… El alcalde tenía que haber sido el primero. ¡Qué desperdicio!”.

En Vientián, la capital de Laos, prometió que acabará con Abu Sayyaf, la rama de Al Qaeda que perpetró un atentado en Davao el pasado 2 de septiembre. “Si los tengo delante, puedo comer humanos. Abriré vuestros cuerpos. Dadme vinagre y sal y os comeré».

Y las más recientes de este estrambótico y esperpéntico personaje: decirle a la Unión Europea «que se joda», enseñándole el dedo corazón ante las cámaras de televisión (porque la UE protestó ante las indiscriminadas matanzas que se están produciendo en Filipinas bajo la excusa de luchar contra las drogas), y homologarse a Hitler diciendo que no le importaría perpetrar un genocidio, pero con los presuntos drogadictos y con los supuestos narcotraficantes.

Un peligroso personaje que va mucho más allá del error: ejemplifica la antítesis del buen político.

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