Entrevista a Fernando Ónega, periodista y exdirector de prensa de la presidencia del Gobierno de Adolfo Suárez.

Hoy los discursos no tienen poesía, parecen informes. Y a los números no se les puede pedir emoción

Por Fran Carrillo

Apenas si era un chaval, un joven inquieto y seducido por un periodismo cultivado de palabras, un joven reportero cuya vida cambió el día que Adolfo Suárez requirió de sus servicios. Sin alcanzar la treintena, con la osadía del rebelde que desea impresionar y sorprender, Fernando Ónega llegó al Palacio de la Moncloa sin saber aún que iba a contribuir a generar los mensajes que cambiarían la Historia de España. Él le quita importancia al asunto, se llama a sí mismo “humilde escribidor de papeles”, “modesto escriba” y sinónimos de talante cercano.

Pero para Adolfo Suárez fue el bastón que sujetaba sus intenciones políticas, la luz que ponía en papel sus deseos para el país. La fascinación que le provocaba el presidente Suárez impulsó su ingenio y agitó su pluma para poner negro sobre blanco las razones que llevaron a su jefe a negociar con fuerzas políticas distintas y distantes o los motivos que provocaron que reuniera a hombres de Estado para firmar unos pactos económicos de indudable necesidad para la nación. Ónega fue ese profesional que supo esculpir la confianza de un candidato con un mantra inmortal: “puedo prometer y prometo”, elevado desde entonces a los altares de la retórica pulcra y precisa.

Hablamos con el hombre que vendió la credibilidad de una persona que reconcilió España a golpe de hechos ganadores que validaron con el tiempo sus conocidas palabras de solidaridad, perdón, esperanza y unión.

Siempre me he preguntado qué es lo primero que piensa un colega cuando se pone a crear un discurso. ¿En qué piensas o pensabas tú Fernando cuando te enfrentabas al folio en blanco?

Pienso en qué quiere decir quien me encarga el discurso; en qué necesita oír quien lo escucha; en qué mensaje se quiere enviar; en cuál es la forma adecuada; en el lugar donde se pronuncia (que también condiciona) y en algo bastante traumático: no soy yo quien habla; es “el otro”. Esto es muy importante.

¿Seguías alguna estrategia para saber cómo debía de decir los mensajes el Presidente? Eso que se suele decir de meterte en su piel, sentir como siente el que va a hablar…

Creo que nunca me he planteado ninguna estrategia. Sí considero necesaria una mínima identificación ideológica por parte del escribidor. Y, por parte del orador, una mínima capacidad para saber leer, incluso interpretar, lo que le han escrito.

¿Un discurso refleja en el fondo el alma de su autor o de quien lo pronuncia?

Es inevitable que refleje el alma del autor. Pero quien lo pronuncia tiene un arma que además debe utilizar: la capacidad de corregir lo que le han escrito si no coincide con lo que quiere decir. Pero está claro: escribir para otro es regalarle, venderle, quizá alquilarle, un poco de uno mismo.

“I have a dream”, “Yes we can”, “Ich ein berliner”, “Puedo prometer y prometo”, ¿por qué esos sound-bites, esos mantras permanecen en nuestra memoria a pesar del paso de los años?

No está bien que yo lo diga, pero hay una razón: porque son buenos, porque tienen fuerza dialéctica y porque alcanzaron la ca­tegoría de eslogan y porque han marcado un estilo.

Jon Favreau escribía los discursos de Obama, Ted Sorensen a Kennedy, Peggy Noonan a Reagan y ahora un rapero se los escribirá a Hollande. ¿Por qué crees que en España es tan difícil que se sepa quién escribe los discursos a los presidentes?

Porque hay un cierto complejo de aceptar la normalidad. Los políticos españoles (y los empresarios y otra gente) quieren ser exce­lentes en su oficio y excelentes en sus escritos, excelentes en todo, y les parece una humillación que alguien sepa que la frase brillante no es suya, sino de laboratorio.

Dicen que los discursos de hoy no provocan ni llegan como los de antes: ¿culpa de los políticos o más bien responsabilidad de sus escribas?

No lo sé, no tengo datos. Sí, observo que hay poca alma en los discursos; poca poesí­a, si no resulta pedante decirlo. Y encima, casi todos parecen informes de consejeros de­legados de empresas. A los números no se les puede pedir emoción.

¿Cuál ha sido para ti el discurso más difícil de escribir?

No tengo sensación de ninguno más difícil que otro. Hombre, seguramente el pri­mero, el de defensa de la Ley de Asociación Política, porque era el estreno, la primera expe­riencia y no sabía si estaba escribiendo una deliciosa locura o una aportación a la convivencia de este país.

Mucho se habla de la importancia del contexto para saber qué palabras es­coger. Ahora que empezamos la campaña electoral europea, ¿cómo vende­mos la idea de Europa si los ciudadanos se sienten vendidos ante ella?

El contexto es fundamental y las palabras tienen que acomodarse a él. La idea de Europa es la más importante de este tiempo, pero imposible ponerle emoción, porque anda alicorta. Si supiéramos que estamos construyendo una nación, sería fantástico, pero sólo estamos constru­yendo ajustes, primas de riesgo y no sé qué asuntos fiscales. Así no hay discurso.

Dicen que detrás de todo mal político hay un peor asesor.

A un mal político no lo arregla un buen asesor. Lo puede disimular durante un tiempo, lo puede camuflar, pero al final siempre acaba saliendo la calidad del protagonista. Ahora bien: si Zapatero, por ejemplo, hu­biera dado con un escritor que simplemente le aportara lógica a lo que hizo, no hubiera cambiado el desastre, pero sí la imagen.

Tus tres discursos favoritos de la Historia.

Por su capacidad de permanencia en el tiempo, Cicerón y su Catilinaria. Por su brevedad, belleza y contundencia, el de Lincoln en el Cementerio Nacional de los Soldados en Gettysburg. Y por su oportunidad y patriotismo, el de “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas” de Churchill al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Y déjame añadir un cuarto, español: el de Suárez en la semana trágica de enero de 1977, tras la matanza de Atocha, por su fuerza para levantar la moral del país y renovar la confianza la democracia que trataban de abortar.

Breve memoria profesional de Fernando Ónega

Nació en Mosteiro-Pol (Lugo) el 16 de junio de 1947. A los 13 años publicó su primer trabajo en La Noche de Santiago. Autor de más de veinte mil artículos, reportajes y comentarios en casi todos los periódicos españoles, directamente, o a través de agencia y de las cadenas privadas de radio. Ha sido cronista político en las revistas Tiempo y Tribuna y desempeñó los cargos de Subdirector de Arriba, Director de la revista gallega Chan, Fundador de Off the record, primer director de OTR Press y Director del diario Ya. Fue Director de Prensa de la Presidencia del Gobierno con Adolfo Suárez. En TVE, ocupó la dirección y presentación de los programas “El debate”, “España paso a paso” (codirector), “Siete Días”, “Revista de Prensa”. En Tele 5, fue comentarista en “Entre hoy y mañana”, Director del informativo “Entre hoy y mañana” y Director de “Las Noticias”, primera edición. En Antena 3, Director de “Noticias-2” y Director de “Noticias-3”. En Cuatro, colaborador de “Las mañanas de Cuatro”.

Ha sido comentarista político en “Hora 25” de la Cadena SER, en la COPE y Onda Cero. Creó el género de “las tertulias”, con “La Trastienda”, en la Cadena SER e inició el género de “La Carta”, en “Protagonistas”. Ocupó los siguientes puestos: Director de los Servicios Informativos de la Cadena SER; Director de los Servicios Informativos de la COPE; Director General de Onda Cero (1992-93 y 2000-2002).

Actualmente es analista político de los diarios La Voz de Galicia y La Vanguardia. Comentarista político de Onda Cero en “Herrera en la onda” y “La Brújula” y colaborador diario en “Las Mañanas de la 1” (TVE) y de los programas “El Debate de la 1” (antes, “59 segundos”, TVE) y “8 al día” (8 TV).

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