Entrevista al embajador Javier Rupérez, CEO de Rupérez International y chairman de The Hispanic Council en Estados Unidos

La trayectoria profesional de Javier Rupérez está íntimamente ligada con Estados Unidos. Allí fue embajador de España, embajador ante la OTAN, subsecretario general de las Naciones Unidas, director ejecutivo del comité antiterrorista del Consejo de Seguridad y cónsul general de España en Chicago. Una experiencia que le ha llevado a ser una de las personas que mejor conoce el mercado y la sociedad estadounidense, objetivo de muchas empresas españolas en los últimos años.

Tras una vida dedicada a la diplomacia española al otro lado del océano, ahora inicia una nueva etapa como consultor para empresas españolas que quieren asentarse en Estados Unidos, y viceversa, y como presidente de The Hispanic Council, el think tank impulsado en España que recientemente se ha constituido en EE.UU. con el objetivo de fomentar las relaciones entre España y la comunidad hispana de Estados Unidos. Una comunidad hispanounidense, según el propio Rupérez, que está dando mucho que hablar en el presente y que será protagonista en el futuro.

Así responde el embajador sobre la imagen de España en EE.UU. el estado de las relaciones entre ambos países, el crecimiento de los hispanos y las oportunidades que esta nueva realidad presenta para nuestro país.

Por Inés Royo Oyaga, @inroyo, consultora en MAS Consulting Group.

¿En qué situación están las relaciones actuales entre España y Estados Unidos?

Están normalizadas y corresponden en líneas generales a las que deben existir entre paíse­s amigos y aliados. La reciente visita de los Reyes de España al país, tanto en su vertiente política e institucional como en su lado de proximidad hispánica, así lo demuestra. Quedan archivados en el pasado los tiempos en que el presidente del Gobierno de España no llegaba a visitar la Casa Blanca durante el tiempo de su mandato. Pero falta todavía la proximidad de valores e intereses que unió a los dos países durante la presidencia de José María Aznar, que resultó profundamente positiva para los dos pueblos.

¿El crecimiento de la comunidad hispana va a reforzar estas relaciones?

Es un elemento más a tener en cuenta en su evolución y, en efecto, debidamente aprovechado, puede potenciar de manera significativa nuestros vínculos. Conviene, en cualquier caso, no fiar en exclusiva el futuro de nuestras relaciones con EE.UU. a la evolución de lo hispano en ese país. La emoción que en España suscita la presencia importante de los hispanounidenses en América debe ser conducida por caminos de racio­nalidad y eficacia. Ellos serán los primeros en agradecerlo. Y nosotros, los hispanos de este lado del Atlántico, los primeros también en aprovecharlo. En beneficio de las relaciones globales entre los dos países.

¿Son conscientes los hispanos de EE.UU. de su poder en el nivel político, económico o cultural?

Su presencia económica y cultural todavía no tiene su lógica traducción en términos políticos. El ciclo electoral en que actualmente está inmerso EE.UU., y que culminará con las eleccio­nes presidenciales en noviembre de 2016, será la primera ocasión en que un candidato hispano pudiera optar a la Casa Blanca. Y conviene recordar a tales efectos que lo ‘hispano’ en Estados Unidos no es en abso­luto homogéneo: cada hispanounidense, siempre ciudadano orgulloso de EE.UU., tiene su referencia nacional particular y los inte­reses respectivos no son coincidentes. No es lo mismo un cubano americano –Marco Rubio y Ted Cruz, por ejemplo- que un mexicano americano o asimilado –Jeb Bush, por poner otro ejemplo-. Está todavía por definir el vinculo de solidaridad “inter hispano” que, sin embargo, desde hace tiempo recorre las filas de la comunidad afroamericana.

Las empresas españolas, ¿cómo pueden aprovechar este crecimiento de los hispanos en EE.UU.?

Apostando por el conjunto de la economía americana y reforzando su presencia en el país. La renta de oportunidad que la empresa española puede encontrar en las empresas hispanas hallará su hueco, si previamente ha llegado a comprender el funcionamiento y las exigencias de un mercado fraccionado, no por cubículos étnicos o lingüísticos, sino por espacios geográficos y administrativos.

¿Son las empresas españolas en el exterior una herramienta de diplomacia?

Indudablemente contribuyen al mejor conocimiento y aprecio de nuestro país en el exterior, en general, y en EE.UU., en particular. Y reflejan con exactitud, afortunadamente eso ha venido consolidándose en los últimos tiempos, la capacidad tecnológica y finan­ciera de nuestro país. La empresa española ha respondido a la crisis con una gran expansión exterior que, en general, ha acreditado el buen hacer de los españoles. Esa es, sin duda, una muy positiva aportación a nuestra pro­yección diplomática.

¿Qué imagen tiene la sociedad de Estados Unidos de España?

Hemos atravesado por fases diversas. De la negativa, arrastrada durante los tiempos de Franco, a la admirativa, que siguió a nuestra exitosa transición hacia la democracia, a la muy próxima e intensa de los últimos años de los mandatos de González y Aznar, y al aleja­miento surgido tras las opciones antiamericanas de Zapatero. Vino luego la crisis y la inclusión de España en el conjunto de los PIIGS hasta la recuperación actual, en donde al menos se aprecia la recuperación macroeconómica de las cifras españolas. Qué duda cabe: estamos mejor que hace cinco años. Pero deberíamos esforzarnos, y no sólo por nuestra imagen en EE.UU., sino para acreditar una imagen del país que mantuvo niveles res­petables de calidad y previsibilidad, no nece­sariamente de admiración. No es imposible que la recuperemos en el futuro. Aunque lo importante no es la imagen que proyectemos, sino la realidad que consigamos.

¿Qué pueden hacer las instituciones, organi­zaciones y la sociedad civil para reivindicar el papel de España en la historia de EE.UU.?

En primer lugar, aprender y recordar que lo español no es un dato sobrevenido en la historia de EE.UU. sino un factor integrante de su misma existencia. El territorio actual de EE.UU. fue parte del Imperio español en sus tres cuartas partes y nuestra lengua estuvo siempre presente en la evolución nacional. Basta con recordar la inmensa toponimia hispana del país para saberlo. E incluso, traer a colación la reciente canonización de Fray Junípero Serra o el recuerdo de los 450 años transcurridos desde la fundación de San Agustín, en Florida, la primera ciudad europea en Norteamérica. Las instituciones públicas y privadas españolas deberían hacer un significativo esfuerzo para investigar y enseñar esa poco conocida realidad en ambos países.

Recientemente ha creado Rupérez International. ¿En qué consiste este proyecto?

Tras mi servicio público en Estados Unidos durante los últimos años, en los que he contado siempre con el apoyo y la colaboración de Rakela, mi mujer, he podido comprobar directamente el interés de variados sectores económicos y sociales españoles por establecerse en EE.UU. y desarrollar allí su actividad. Por ello, decimos establecer una consultora de amplio espectro que aconsejara sobre las mejores maneras de acercarse al complejo mundo de la economía y de la sociedad americana y allanara el camino para establecerse en ella. Contamos con la experiencia, el conocimiento y la tecnología para intentarlo, además de un marco de colaboradores y asociados cubriendo diversos sectores financieros, industriales o culturales. El propósito no excluye la dirección inversa: asesorar a empresas americanas que buscan establecerse en España.

Recientemente se ha puesto en marcha en Estados Unidos The Hispanic Council, ¿cuáles son los objetivos y fundamentos de este proyecto?

Es una prolongación del The Hispanic Council español, con el cual mantiene lazos estrechos de entendimiento y cooperación. El de W­ashington, que me honro en presidir y que tiene en su Consejo a varios miembros del español, es una asociación sin ánimo de lucro dedicada a fomentar el mejor conocimiento de la comunidad hispanounidense en España y a facilitar con ella una relación más fluida, en el marco más general de las relaciones de amistad entre los Estados Unidos y nuestro país. La iniciativa de Daniel Ureña, al lanzar desde MAS Consulting la formación del The Hispanic Council, merece para nosotros, los que vivimos en América, aprecio y consi­deración.

De cara a las elecciones de 2016 en EE.UU., ¿cree que podrá haber un presidente o vicepresidente hispano? Si es así, ¿por quién apostaría?

Tres candidatos republicanos, Marco Rubio, Ted Cruz y Jeb Bush responden en diversa medida a la condición de hispano. En el lado demócrata, no hay nadie que tenga esas ca­racterísticas. En cualquier caso es evidente que el voto hispano, en su inmensa mayoría de origen mexicano, tendrá un peso decisivo en la ronda final y ello deberá llevar a los partidos a la oferta de plataformas y de candidatos que puedan atraer a ese importante trozo de la tarta electoral. No sería de extrañar, por ejemplo, que la previsible candidata demócrata, Hillary Clinton, escogiera como candidato a la vicepresidencia a un ciudadano hispano. El más cualificado para ocupar la candidatura presidencial en el ámbito republicano sería Jeb Bush, si sus fortunas en el resto de su actividad se muestran más favorables de lo que hasta ahora arrojan los debates. Rubio seria también un candidato razonable en ese lado del espectro.

¿Qué podría “copiar” España de la política de Estados Unidos?

En estos tiempos electorales, por ejemplo, el gusto y la pasión por los debates: mientras los políticos españoles tienden a rehuirlos, los americanos los buscan y multiplican hasta la extenuación; y la selección de los candidatos a través de procesos de primarias abiertos en el seno de los mismos partidos. También, la exigencia de transparencia y ejemplaridad en el comportamiento público y privado de los políticos y la exigencia de res­ponsabilidades en caso de no cumplir con las normas básicas de conducta. Además, la proxi­midad entre representantes y representados. Todo ello, sin embargo, son inspiraciones a las que atender, no necesariamente fórmulas a imitar: es tarea de cada sociedad encontrar las formulas más adecuadas a su idiosincrasia para asegurar el mejor funcionamiento de la democracia re­presentativa. Y no es oro todo lo que reluce en la vida política americana.

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