Por Alberta Pérez, @alberta_pv

En enero de este año los franceses se revolvieron en sus sillas cuando escucharon a su presidente Emmanuel Macron decir que su objetivo era “joder” a los anti-vacunas. Monideu!  ¿Qué forma de hablar es esa para el representante de un país? Valérie Pécresse, candidata a presidir el partido derechista de Los Republicanos, dijo sentirse “indignada” ante tales declaraciones, y no fue la única ofendida. El uso del vocablo emmerder generó una enorme controversia, contribuyendo al aplazamiento por segundo día consecutivo del debate acerca del pasaporte de vacunación. Puedo imaginarme el eco de la palabra emmerder en la cabeza de todos aquellos presentes en el Parlamento, resonando con tanta fuerza que les impedía seguir escuchando. Emmerder, emmerder, emmerder

El sí no duele, o duele menos. Puedes probarlo por ti mismo repitiendo 20 veces la palabra “no”. ¿Notas como comienza a profundizarse tu arruga del entrecejo? De forma poco sorprendente, tendemos a relacionar una negativa en la semántica del discurso con negatividad en el sentido emocional, y como sabemos, cuando entran los sentimientos en juego se abre la veda de la fantasía, comienzan los cantos de las sirenas y perdemos el norte intelectual. Precisamente por ello existen expertos en comunicación, para modular la forma del lenguaje en todos sus aspectos y controlar los enrevesados caminos que atraviesa el mensaje antes de llegar a su receptor.

No hay que ser un lince para imaginarse la reacción del público ante un discurso como ese. No hay que ser experto en comunicación política para saber cuáles serían los titulares en Francia al día siguiente. Lo único que podría haberlos hecho cambiar sería que Macron hubiese continuado diciendo que iba a sacrificar a cachorros abandonados y beberse su sangre. La mejor estrategia a seguir si no tienes nada que decir o no quieres que se te escuche es lanzar un anzuelo de este tipo. A partir de ahí vas a ser un profesor de ciencias naturales intentando conseguir la atención de una clase de niños de ocho años tras haber dicho la palabra “vagina” durante una lección sobre la reproducción humana. Sirva esto como reproche a ambas partes. Es una pescadilla que se muerde la cola y nos lleva siempre al concepto de consumo de información basura, el showbuisness del periodismo y por ende la performance política, permitid que me exprese con términos Hollywoodienses, pero tenemos luces, cámaras y solo nos falta alguien que haga sonar la claqueta previniendo la acción. Las palomitas quedan a cargo del espectador.

Me pregunto si será esta una de las razones por las que ha surgido una tendencia hacia el privatism, concepto mencionado por el filósofo Peter Sloterdijk en una entrevista reciente donde defiende que un sector de Europa ha dejado de creer en el compromiso político, eligiendo priorizar su vida privada. “Mira Boris Jhonson. Todo el mundo ha entendido que es un payaso, que hace lo que le da la gana y que sería un error tomárselo demasiado en serio. Es la versión irónica de la resignación, que cuadra muy bien con la mentalidad británica: siempre ha tenido cierta dosis de mofa en la esfera política” y añade, “lo mismo que los franceses, que siempre han sido líderes en revueltas y ahora están cansados.” ¿Es la trivialidad una nueva estrategia para que los mandatarios consigan mayor libertad en estos tiempos de hiperconectividad donde tenemos más acceso que nunca a la información? Y en esta línea, ¿dónde trazamos la raya entre lo que es insustancial y lo que no? Con Trump ya nos tuvimos que acostumbrar a intercambios de tuits con Kim Jong-un que comparaban el tamaño de sus botones nucleares…

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