Por David Redoli Morchón, @dredoli, Sociólogo y ex presidente de ACOP

Un discurso se puede analizar desde muchos ángulos: por sus técnicas de redacción, por su contenido político, por su eficacia para convencer y persuadir, por su estructura, por la calidad actoral del orador, por la escenografía que lo rodea… Muchas pueden ser las aproximaciones. Pero hay dos elementos que son especialmente importantes: el contexto y las expectativas.

El pasado 24 de diciembre de 2020 el Rey de España, Felipe VI, leyó un texto de 1.697 palabras (unos 13 minutos de duración) en un contexto muy complicado y bajo expectativas muy altas.

El contexto: el final del año en el que la pandemia derivada del coronavirus mató a decenas de miles de personas y arrasó la economía española. El año en el que concluían los primeros 11 meses del primer Gobierno de coalición en España, desde los años ’30. El año en el que su padre, Juan Carlos I, se había autoexiliado en Emiratos Árabes, perseguido por múltiples irregularidades económicas, desprestigiado por presuntos delitos económicos muy graves, reprobado por la opinión pública tras el conocimiento de unas aparentes ilegalidades en perjuicio de la Hacienda pública y trufadas de sórdidas (y caras) historias de amantes despechadas. Un comportamiento especialmente reprobable en la figura de quien fue un apreciado jefe del Estado.

Las expectativas: numerosos líderes de diferentes partidos políticos exigiend­o un firme y claro pronunciamiento de Felipe VI sobre las conductas de su predecesor. Decenas de cabeceras (nacionales e internacionales) y líderes de opinión subrayando la necesidad de marcar rotundas distancias con Juan Carlos I. Y una gran parte de la ciudadanía esperando salir de su estupefacción, deseando escuchar algo más que las previsibles palabras de disculpa o de desapego de la figura paterna.

Los logógrafos de la Casa Real y/o del Gobierno que ayudaron a redactar ese discurso no lo tenían nada fácil. Y, en consecuencia, optaron por ser conservadores.

El discurso comenzó correctamente, de la única manera posible: aludiendo a las víctimas del terrible virus, y a los estragos que está dejando en la economía, en los sistemas sanitarios y educativos, en el mercado laboral. Y prosiguió también muy adecuadamente, subrayando las fortalezas de la sociedad española y apuntalando tanto la labor de la ciencia y de los científicos como el trabajo del personal sanitario. A continuación, apeló a la responsabilidad individual para seguir conteniendo el avance de la COVID-19. Y enfatizó la esperanza que traen consigo las vacunas, como punto de inflexión para comenzar el proceso de reconstrucción física y psíquica del país, apelando a la unidad, al ánimo de superación y al coraje de la ciudadanía española, al progreso, y a la demostrada solidez de las instituciones del Reino de España, con la Constitución como principal estandarte. Fue al rebasar los 10 minutos del discurso cuando abordó el espinoso asunto del padre. Casi 11 millones de telespectadores (el 71% de la cuota de pantalla en España) esperaban su dictamen. El resultado fueron estas 87 palabras:

“Ya en 2014, en mi Proclamación ante las Cortes Generales, me referí a los principios morales y éticos que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas. Unos principios que nos obligan a todos sin excepciones; y que están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personas o familiares”.

Fueron apenas 30 segundos que para unos se quedaron cortos y, para otros, fueron suficientes. Para los insatisfechos, Felipe VI no anunció su disposición a derogar su propia inviolabilidad; no comunicó nuevas medidas de transparencia y rendimiento de cuentas de la Casa Real; y tampoco mencionó el nombre de su padre ni habló de causas judiciales, sino de ética y moral en abstracto, a pesar de que sobre el rey emérito lo que penden son delitos tipificados en el Código Penal.

Para los satisfechos, no esquivó el problema e hizo alusiones directas al asunto, al subrayar que los principios morales y éticos están incluso por encima de las consideraciones familiares.

Cumpliera o no cumpliera las altas expectativas puestas sobre las palabras navideñas del Rey de España, el discurso procuró ser lo menos divisivo posible.

Tal y como ha precisado Álex Grijelmo, Felipe VI mencionó en 38 ocasiones los posesivos “nuestros”, “nuestras”, “nuestro” y “nuestra”, una frecuencia muy alta para un texto relativamente breve. El objetivo: apelar emocionalmente al conjunto de la sociedad, del que todos formamos parte, abarcando a la totalidad de los españoles, más allá de clases sociales o ideologías. 38 posesivos que contrastan con el “vosotros” final (“Mi compromiso con todos vosotros, con España”), convirtiendo a España en los otros, en los demás, para adquirir una responsabilidad con ellos (es decir, con nosotros): la obligación de no defraudar.

Y es que ese era, precisamente, uno de los objetivos principales de esta alocución: lanzar el mensaje de que el rey ha entendido el mensaje (es decir, que la institución monárquica está bajo lupa, que no se puede permitir más errores, que cumplirá escrupulosamente con su misión constitucional y demostrará la ejemplaridad exigible al jefe del Estado).
El otro gran objetivo lo cumplió con creces: reconocer la dificultad de 2020, aplaudir la labor de quienes han estado en primera línea de fuego luchando contra el coronavirus y subrayar la musculatura del país, incluso en un escenario tan adverso como el actual, apuntando hacia el más benigno horizonte que 2021 parece traer consigo.

De forma coherente con esa narrativa, el penúltimo párrafo del discurso del monarca fue redactado así: “No será difícil que el año 2021 mejore a este 2020. Vamos a recuperar en lo posible la normalidad en los lugares de trabajo, en las aulas, en las plazas y en los barrios; en los comercios, en los mercados, en los bares; en los cines, en los teatros…; en la vida cotidiana que da forma al carácter de una sociedad como la nuestra.”

Fueron 1.697 palabras que probablemente no colmaron las expectativas de muchos, pero que sirvieron para cubrir los principales objetivos que se había marcado la Jefatura del Estado.

No olvidemos que los discursos son una de las principales herramientas de comunicación que sirven, precisamente, para lanzar y fijar mensajes en los medios de comunicación en función de la estrategia determinada por el orador y por su equipo. En este sentido, el discurso de Felipe VI, en la Nochebuena de 2020, cumplió su evidente misión estratégica: reconoció el dolor provocado por la pandemia, insufló ánimos, apuntó regeneración y señaló las fortalezas de la nación. Solo el tiempo dictaminará si el Rey de España erró o acertó con esta templada estrategia, si supo leer el contexto o si, por el contrario, lo desmidió.

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