Por Eva Campos Domínguez, @ecampd, profesora de periodismo en la Universidad de Valladolid

Vivimos tiempos de profunda transformación en la digitalización y robotización de la política. Las campañas han sido transformadas por la automatización de datos, que se plantea como un elemento clave, pero que presenta importantes desafíos para las democracias actuales. El desarrollo de estrategias de comunicación, por parte de los partidos y de las organizaciones políticas, basadas en extracción de datos personales del electorado y la automatización de mensajes plantea un aprovechamiento y sofisticación del discurso político a niveles insospechados en décadas anteriores.

Andrew Chadwick (2019) explicaba que la investigación en comunicación política digital ha vivido dos etapas diferenciadas desde sus inicios a la actualidad: la primera es la registrada desde la proliferación de internet en los años 90 del siglo pasado hasta la campaña presidencial de EE. UU. en 2016; la otra, desde ese momento a nuestros días.

El hecho señalado por Chadwick como el divisor de ambas etapas, la campaña que finalizó con la victoria de Donald Trump, fue ampliamente analizado por Philip Howard, uno de los máximos referentes de la propaganda computacional en su libro New Media Campaigns and the Managed Citizen en el que describe cómo los actores políticos usaron internet para manipular a los votantes en los Estados Unidos a través de técnicas avanzadas de comunicación digital, mediante estrategias multimedia y bases de datos complejas. Daniel Kreiss, por su parte, en Prototype Politics retrocede unos años en la campaña de 2016 y describe cómo desde las presidenciales de 2004-2012 en Estados Unidos, el uso intensivo de tecnología a través de combinaciones de datos y análisis han conformado un escenario dinámico en las campañas electorales contemporáneas. A diferencia de lo que se consideraba hasta la fecha en la literatura científica, la diferencia que señala Kreiss radica precisamente en los contextos dentro de los cuáles ocurre la innovación tecnológica y en cómo la fabricación colectiva de prototipos políticos conforma su futuro tecnológico.

Los partidos políticos comenzaron a aplicar técnicas de comunicación avanzada sustentadas en los datos ya en la década de los 60 y 70 del siglo pasado, cuando se convirtieron en un activo manejable. En las décadas siguientes, los datos se utilizaban para obtener un mejor conocimiento del electorado, lo que permitió avances importantes en la comunicación política a través de encuestas y otras técnicas de comunicación aplicadas.

Vivimos tiempos de profunda transformación en la digitalización y robotización de la política

Con el auge de internet, en la década de los 90 del siglo pasado, internet pasó de convertirse en un medio de transmisión de información primero, a una herramienta para la movilización del electorado. El Partido Demócrata lideró esta nueva etapa, desarrollando una importante infraestructura de datos centralizada para alcanzar a sus potenciales votantes. Desde entonces, los partidos políticos no han cesado en la carrera de generar procesos cada vez más automatizados de comunicación y herramientas sofisticadas para la gestión computacional de las campañas digitales.

En esa primera etapa de la comunicación política digital que refiere Chadwick, internet —y con mayor incidencia, las redes sociales— se concebía fundamentalmente con un enfoque prodemocrático: la red era capaz de neutralizar los espacios comunicativos de las élites políticas y mediáticas tradicionales con la participación de la ciudadanía. Así es como dos acontecimientos de relevancia mundial contribuyeron a fomentar esta visión: la campaña estadounidense de Barack Obama en el año 2008 —en la que por primera vez un «candidato de internet» (Vaccari, 2010) conseguía ganar unas elecciones mediante el apoyo de comunidades de ciudadanos en internet—, y las revueltas tras la primavera árabe en redes sociales, con un impacto transformador para poner fin a los regímenes autoritarios y que registraron un auge de las campañas de comunicación ciudadanas.

El uso intensivo de tecnología a través de combinaciones de datos y análisis han conformado un escenario dinámico en las campañas electorales contemporáneas

Pero, después de 2016, se comienza a plantear el papel de las plataformas de redes sociales —principalmente Facebook, con el escándalo de Cambridge Analytica por la filtración de datos— y el riesgo potencialmente dañino para las democracias occidentales. Se abre, según el propio Chadwick, un nuevo ciclo en la comunicación política digital que se articula mediante el uso intensivo de la tecnología, entendiendo, con ello, el uso combinado de «datos» más «tecnología».

De esta forma, las nuevas estrategias institucionales de comunicación online han tomado como eje dos enfoques claves: a) la tecnología como herramienta de campaña de base para articular mensajes dirigidos a la movilización y dominar, así, el espacio comunicativo digital, replicando mensajes partidarios con una gran cantidad de emisores en red; y b) diseñando estrategias para encontrar ciudadanos en los datos, combinando los diferentes flujos de información de perfiles de usuarios en redes sociales contratando estos servicios a empresas (Facebook, Twitter, Google, etc.), para tratar de establecer afinidades partidarias de los ciudadanos y permitir la articulación de mensajes a gran escala mediante la generación a la carta. En definitiva, parte del éxito de la comunicación política digital reside ahora en la combinación de los mensajes creados, difundidos y catalizados por una variedad de usuarios digitales (en comunidades) con los mensajes segmentados y personalizados a gran escala.

En todo este proceso de la comunicación ya computacional, a partir de la campaña de las elecciones presidenciales de EE. UU. en 2016, la comunicación política digital adquiere una nueva dimensión.

Las plataformas de redes sociales han posicionado las métricas de comportamiento y la clasificación algorítmica en el centro de sus modelos de negocio para atraer la atención de determinados sectores de la sociedad y, con ello, han contribuido a moldear comportamientos de grupos a través de noticias falsas, orquestando campañas de bots partidarios y basándose en normas democráticament­e d­isfuncionales, activando así bucles de retroalimentación afectiva en un intento de capturar las claves algorítmicas y la identidad social, mediante lo que Howard (2020) denomina Lie Machines, relacionados mediante ejércitos de troles, robots engañosos y operaciones de noticias basura.

Los partidos políticos comenzaron a aplicar técnicas de comunicación avanzada sustentadas en los datos ya en la década de los 60 y 70 del siglo pasado, cuando se convirtieron en un activo manejable

En España, las herramientas digitales han pasado de ser un elemento complementario y minoritario para la captación de la opinión pública y la movilización del electorado, a desarrollar técnicas avanzadas de comunicación computacional en la campaña electoral de 2015.

En ellas, los partidos han combinado el uso de diferentes herramientas: bots, sistemas avanzados de inteligencia artificial, agentes con inteligencia social hasta la denominada «computación afectiva» basada en el monitoreo de grandes datos, como los biológicos —a través escaneos cerebrales, biosensores portátiles, seguimiento ocular o análisis facial—, para adaptar los mensajes en las campañas políticas al comportamiento de la ciudadanía y conocer su incidencia y repercusión.

En todo este proceso, los equipos de campaña de los partidos españoles han reproducido las tácticas y estrategias importadas especialmente desde Estados Unidos. Curiosamente, aunque la mayoría de estos partidos políticos en España han dado ya el salto a la política computacional, el estudio de estas campañas ha sido escasamente abordadas.

Existe, sin embargo, cierta cautela hacia estas prácticas tanto por las dimensiones legales como por el riesgo que puede conllevar en la construcción de una realidad política distorsionada

Los escasos estudios realizados, que arrojan luz sobre su implantación, detallan algunas de las nuevas prácticas en la comunicación política española y constatan la implantación de la comunicación basada en el uso de algoritmos en los partidos políticos, si bien su grado de desarrollo es irregular según la fase de la estrategia de comunicación. La automatización de las narraciones en la comunicación política de los partidos supera ya los bots en las redes sociales, y su expansión avanza hacia todas las fases de producción y circulación de la información y opiniones de los partidos políticos, aunque su desarrollo es todavía incipiente o experimental.

Algunas de las prácticas de la política robotizada y algorítmica en España incluye el uso de bots tanto para la segmentación de la población, medición de estados de opinión y seguimiento de otros partidos, como para el envío personalizado de mensajes mediante la segmentación. Se constata también, el uso de sistemas de inteligencia artificial para la automatización del discurso a través de sistemas avanzados de escucha activa y asistentes virtuales para las conversaciones con otros agentes y ciudadanos. Los hologramas, aunque menos recientes, también han re­gistrado una importante sofisticación en las campañas digitales, con una implantación cada vez más habitual como recurso informativo tanto para los partidos como para los medios de comunicación política. Y los agentes con inteligencia social para la interacción emocional con la ciudadanía avanzan en su implantación, todavía experimental, en un escenario robotizado cada vez más real.

Existe, sin embargo, cierta cautela hacia estas prácticas tanto por las dimensiones legales como por el riesgo que puede conllevar en la construcción de una realidad política distorsionada. Sin embargo, uno de los grandes retos en la comunicación política digital reside en la ausencia de transparencia, que dificulta un análisis de la situación y arroja nuevos retos para el futuro. Aunque el pronóstico es de avance y amplificación del uso de las herramientas de comunicación política robotizada, la consideración acerca de la circulación de discursos realizados por robots augura un escenario incierto para la democracia. Aunque se agilizan los procesos de producción y automatización de la información, ello no necesariamente redunda en una mejoría de la democracia.

En este escenario, la falta de transparencia y seguridad en los datos políticos plantea preocupaciones importantes para los ciudadanos. Las bases de datos e información sobre los ciudadanos que tienen los partidos deben hacerse transparentes y accesibles. Mientras eso ocurre, se necesita mucho más trabajo reflexivo y analítico para conocer los efectos que la política robotizada, basada en datos y algoritmos, acarrea para la democracia. Entre otros asuntos, queda todavía por resolver cuestiones de fondo como: ¿qué datos políticos se recopilan sobre los ciudadanos y dónde? ¿Para qué se usan? ¿Quién los utilizan y cómo? ¿Quién es el propietario de estos datos y cómo puede el ciudadano recuperar sus datos? ¿Dónde se almacenan? ¿Qué implicaciones y riesgos sociales, política y legales conllevan y cómo se resuelven?

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