Por Eva Campos, @ecampdCristina Renedo, @crenedof, María Díez, @Maria_Fontaneda, Dafne Calvo, @DafneCalvo, Grupo de Reflexión y Estudio de la Comunicación Online (GRECO) de la Universidad de Valladolid.

La tecnología de las comunicaciones ha condicionado y orientado siempre el desarrollo de la comunicación política y el modo en el que ésta se traduce en cada época al modelo democrático. Tras la llegada de la taquigrafía y el teléfono (siglos XVII y XVIII), seguida de la comunicación de masas (XIX y XX) con la prensa, la información creó la ilusión de la transparencia informativa: estas tecnologías y la prensa conseguían trasladar lo que ocurría dentro de la actividad política a la ciudadanía. Pero no fue hasta la revolución audiovisual (XX y XXI) con el cine, la radio y fundamentalmente la televisión cuando la comunicación política permitió que los teóricos comenzaran a hablar de la «democracia de audiencia» y la «democracia visiva». Este último medio, con el ojo dentro del propio escenario de la actividad política, comenzó a transformar toda ella en una escenificación teatral ante un auditorio masivo, bajo una aparente uniformización de los mensajes y transversalidad de preferencias ciudadanas.

Incluso con la llegada de Internet la televisión sigue manteniendo su hegemonía comunicativa: con la aparición de una nueva revolución cibercomunicativa (a partir de los años noventa del siglo XX), que afecta de manera mucho más global y decisiva que todas las anteriores a la totalidad de los medios y modos de comunicación social y en el ejercicio de la comunicación política, los formatos audiovisuales (muchos de ellos generados en la propia televisión y viralizados en la red) se mantienen en auge.

Durante estas décadas han sido varios los hitos en comunicación política en el ámbito de la televisión, solo por citar algunos cabe mencionar el primer debate televisado de John F. Kennedy y Richard Nixon (1960), la campaña «Labour isn’t working» de Margaret Thatcher (en 1979), la primera intervención de infoentretenimiento, cuando Bill Clinton aparece en Arsenio Hall Show tocando su saxofón. En España, el primer debate televisado entre Felipe González y José María Aznar (1993) y, ya a partir de 2003, el uso de la televisión para fomentar la campaña en Internet: por ejemplo, cuando Howard Dean recauda dinero para su campaña en Internet.

A partir de entonces la comunicación política ha venido mediatizándose en los espacios comunicativos llamados tradicionales y en Internet. Lejos de las teorías que profetizaban la desaparición de la televisión desplazada por el nuevo medio digital, la realidad refleja que Internet se ha televisado, conformándose lo que Chadwich denomina como The Hybrid Media System (2013). El auge de la doble pantalla es muestra de ello, así como también el apogeo de los programas informativos que tratan de incorporar la participación del público a través de las redes sociales, como Twitter y Facebook.

Y mientras, los modos y maneras propios de la sociedad del espectáculo de Debord (1967), con la aparición de políticos en programas de entretenimiento, cuyos contenidos casi nunca tienen que ver con política, nublan la parrilla televisiva: representantes de los cuatro principales grupos políticos han acudido a El Hormiguero, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez han sido entrevistados por Bertín Osborne en el programa En la tuya o en la mía, Albert Rivera y Pablo Iglesias han asistido a ¡Qué tiempo tan feliz!, y Soraya Sáenz de Santamaría y el presidente de Ciudadanos han participado en el programa de aventuras Planeta Calleja. Algunos ejemplos de una tendencia a la espectacularización que, aunque en Estados Unidos ya es habitual, en España su recorrido es más reciente y posiblemente siga creciendo.

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