Por Eduardo Nassin Castillo, @NassinCastillo Sociólogo y consultor político

El juego político cambia permanentemente. Atrás quedaron los años en que las maquinarias partidistas bastaban para movilizar a electores bien definidos ideológicamente. También se agotó el tiempo de la hegemonía del Estado sobre los electores. La sociedad civil, como conjunto que actúa y toma decisiones en la esfera ajena a los entes gubernamentales, es hoy, estructuralmente, más crítica.

Hoy apreciamos de forma plena las consecuencias políticas de una crisis económica que reventó las estructuras de poder tradicionales, generando una ciudadanía inconforme. Se trata de un grupo distinto, crítico del sistema que perciben como injusto, por lo que no cejan en su presión por la transformación y reinvención de un Estado democrático representativo.

El brexit ha sido la más reciente campanada. La crisis mundial fragmentó nuestras sociedades, fomentando en ocasiones la percepción de que existe un déficit democrático en la arquitectura institucional. Se trata de grupos que demandan una repolitización de los problemas que perciben envueltos en una lógica técnica y antidemocrática, alejada de la ciudadanía. Para ellos, esto ha permitido la toma de decisiones basadas en variables como la prima de riesgo, fundamental a la hora de los pagos de deuda y el acceso a créditos, pero ajena a los “intereses nacionales reales”.

Hoy es evidente que son insuficientes los intentos de los gobiernos actuales en la mejora de la relación con los ciudadanos. Por ejemplo, el gobierno abierto ha resultado ser el paraguas que incentiva la transparencia de las instituciones con acciones como publicación de información al alcance de la ciudadanía -antes inaccesible-, y digitalizando procesos que han hecho servicios públicos más efectivos. Este enfoque se encuentra dentro de la nueva gestión pública, una nueva arista del servicio público que busca mejorar la provisión de servicios, a un menor coste.

Pero existe también otra condición propia de las sociedades más avanzadas, especialmente desde 2001: el terrorismo. Esta presencia del terror genera la necesidad de supervivencia, lo que en política se traduce en demandas claras de seguridad, beneficiando con ello las ofertas políticas centradas en el control y las restricciones frente a lo hostil. Es la llamada “miedocracia” que se construye para controlar al sujeto político que es la ciudadanía.

La búsqueda hoy de una sociedad más democrática compite con demandas de seguridad. Lo que presenciamos es un combate en el que la razón de estado resucita con fuerza, siendo apropiada por todas las tendencias. Quizá lo que haga falta sea contar con liderazgos orientados al ejercicio del poder inteligente que propenda a la diplomacia, la persuasión y construcción de capacidades como prima facie, y no al miedo, la manipulación y la demagogia.

Esto nos conduce al concepto de moda: la posverdad. Se trata de un rasgo tradicional de la política, tan antiguo como la política misma, cuyo fundamento se encuentra en los sentimientos y las creencias personales que repelen cualquier hecho o afirmación fáctica. Quizá lo decisivo es que nunca antes se había masificado tanto su uso, uno de los motivos de la proliferación puede encontrarse en las redes sociales y la velocidad con la que se crea y comparte información.

Pareciera que los años recientes marcan el fin de un estilo de política en beneficio de una versión colaborativa. Por ello, presenciamos en la comunicación política, la importancia de la política y viceversa.

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