Por Tamara Gorines de Pablos @TamaraGDP Psicóloga y consultora política

Conquistar el interés de la gente no es un asunto fácil, podríamos preguntarnos: ¿existen rasgos específicos en una persona para llegar a representar a un grupo más grande?

Jacinda Ardern ha revolucionado la comunicación política de forma sibilina, en su sentido más abierto y amable, si es que eso se puede, pero también elegante y sutil, desde que fue puesta al frente del partido laborista por su hasta entonces líder, Andrew Little, en las pasadas elecciones generales de Nueva Zelanda.

El liderazgo que ha alcanzado en buena medida se debe a una interacción cuasi perfecta entre lo que sus seguidores le atribuyen y el contexto en el que aparece. Dos cómplices bien necesarios con los que Ardern se ha sabido mover, formando una alianza entre dos mundos exquisitos, el de las cogniciones y motivaciones de la gente, y el momento sociopolítico que vive la sociedad.

No hay voces discordantes en el reconocimiento de una figura carismática en la Primera Ministra de Nueva Zelanda. Su liderazgo político ha absorbido el aspecto relacional y simbólico del heroísmo, comúnmente consumido especialmente a través de la gran pantalla. La construcción del papel de Ardern se ha sustentado en el conocimiento de la percepción que tienen los demás sobre qué debe representar una figura política. El cine, igual que otras artes, contribuye a otorgar a la ficción, la posibilidad de concretarse y realizarse a través de la vida pública de personajes susceptibles de mimetizarse con una vida quimérica, resultado de un producto mainstream.

La líder del partido laborista proyecta este tipo de semejanza con personajes reconocidos y que además comparten esos atributos fascinantes. Se hicieron carteles de ella en los que aparece vestida como el personaje de Kill Bill, la Princesa Leia y también representada como el hito de Rosie, la remachadora, si bien con un significado muy distinto que se ha ido distorsionado a lo largo de la historia reivindicativa de los derechos de la mujer.

Se ha servido de un carácter iconoclasta para encontrar en ella a esa líder transformadora para que una sociedad tan avanzada, como lo es Nueva Zelanda, se fije en una mujer casi desconocida hasta entonces y se sienta fácilmente tentada por una mujer de sonrisa interminable.

La carga emocional que representa su alineamiento con los ideales feministas es otro de los grandes baluartes de su carisma. En la globalización de la lucha cultural que se ha instalado llevando a debate movimientos como #cuéntalo, #MeToo, y muchos otros menos mediáticos, hay tanto una moda en su forma de expresión más hueca y repleta de intenciones, como una corriente muy crítica que entiende el feminismo de otra manera. Lo que está claro es que es el momento del protagonismo de la perspectiva de género, y en esto está la otra parte del trabajo de imagen de Jacinda Ardern.

Parte de la seducción de la política te la da el saber interpretar bien el momento en el que estás y los deseos que tiene la gente de ese momento.

La generación silenciada del 27 en España, compuesta por mujeres de la altura de la transgresora Maruja Mallo, rompieron los esquemas de un periodo gris, y junto a artistas como Federico García Lorca, lideraron el movimiento de las “Sinsombrero”. Jacinta Ardern, noventa años después, es la mujer sin sombrero de 2017, momento en el cual es elegida Primera Ministra de Nueva Zelanda. Tan desconocida e interesante como lo fue en su época Maruja Mallo.

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