Por Chelo Sánchez Serrano, @cheloradio Periodista. Profesora de Periodismo en la Universidad Pontificia de Salamanca

Suele decirse que la radio es la vida que suena, de ahí que la llegada de la democracia a España, a finales de los setenta, supusiera no solo una explosión de libertad, de posibilidades de participación y de responsabilidad para la sociedad española, sino también para la radio. Y en democracia, según Fernando Savater, todos somos políticos porque la sociedad está inmersa en la política y necesita participar en ella y de ella para garantizar el sistema. Y sí, ciertamente, la vida suena en la radio de muchas maneras: a veces desde la formalidad y planificación de un discurso periodístico, a veces desde la participación más vibrante de los oyentes, a veces llega directamente desde el Congreso de los Diputados, desde una manifestación, una cabalgata de reyes, una caravana electoral, la puerta de un instituto o como clamor popular de la calle ante un nuevo caso de violencia de género.

Si ustedes piensan que la televisión es hoy el gran escaparate de la comunicación política, un instrumento político de primer orden, en palabras de Pablo Iglesias, todo eso ya lo fue antes la radio, unas veces en sentido propagandístico, como ocurrió en la Guerra Civil y los años de dictadura y otras dando voz al pueblo, saliendo a las calles, las plazas, colocando micrófonos y unidades móviles por toda la geografía española, dando voz a los actores políticos y sociales. Aquel famoso “lo ha dicho la radio o lo han dicho en la radio”, convirtió al medio en la década de los ochenta en una especie de gran altavoz de la sociedad española. La radio ha sido desde sus orígenes un canal adecuado para comunicar ideas políticas a la sociedad. No en vano fue el primer medio a través del cual se empezaron a desarrollar anuncios políticos, a retransmitir discursos, a hacer alocuciones… De sus grandes posibilidades como medio de comunicación hizo buen uso la propaganda nazi, o la franquista en España. La radio, decían, ayuda a llegar al corazón de cada alemán, a la cabeza de cada oyente. Ya sabemos para qué y cómo… Los peligros de los medios de los que hablaba Lippman, que pueden ser todo lo contrario: un valioso seguro según para qué y cómo los utilicemos.

Les Luthiers inventaron a finales de los 90 ese maravilloso espectáculo llamado “Radio Tertulia”, cuyo título se aplicó en buena medida a la radio española de los noventa y dos mil porque parecía que todo lo que sonaba en ella era tertulia –género audiovisual característico del sistema mediático español- cuando en realidad lo que sonaba era una radio distinta, fruto de un proceso de comunicación mucho más dialógico, polifónico, propio de una radio que había estrenado la libertad de información y la capacidad de influencia. La radio como plaza pública, como ejercicio de comunicación política entendida esta en el sentido más amplio de la palabra, el que incluye no solo a políticos y medios, sino también a los ciudadanos, a los votantes, a los grupos de presión.

En 40 años de democracia la radio ha demostrado sobradamente que la vida –la planificada y la imprevista- suena ampliamente a través de ella y que el saludable ejercicio de la información política, de la participación ciudadana y de la crítica política se sirven a diario en la antena de las radios nacionales, autonómicas, locales, municipales o comunitarias. Lo hace a través de la agenda informativa, para muchos excesivamente centrada en la política y los políticos, a través de la tertulia política, de la entrevista a líderes políticos generalmente en el prime time radiofónico, del comentario de opinión, de los monólogos y editoriales y de la participación radiofónica que, si antes tenía un número reducido de canales de comunicación, hoy extiende sus posibilidades en redes sociales, mensajes de voz, etc., lo que permite estar dando y recogiendo feedback de forma simultánea a la emisión radiofónica. Frente a la televisión más arena pública, la radio sigue siendo plaza pública, una plaza pública en la que se reflejan la esfera pública y la libertad de información y opinión, pero también el ruido, la simplificación. La radio, como palabra pública, con sus limitaciones, con sus grandezas.

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