Moción de censura

Por Carmen Lumbierres, @clumbierres, politóloga

La quinta moción de censura en la historia reciente de la democracia española estaba destinada, como tres de las anteriores, a fracasar. Vox la presentó como una estrategia de apuntalamiento de su líder, como hizo Felipe González en 1980 o Antonio Hernández Mancha en 1987, y a la vez, para defender su fortaleza dentro del ámbito ideológico al que pertenece, como ocurrió con Podemos en el año 2017. Esta idea del sorpasso ha protagonizado la vida política nacional desde finales de la década de los noventa, cuando la inauguró Julio Anguita contra el PSOE y se hizo más cercana con la entrada de los nuevos partidos. Podemos en el 2016 estuvo cerca de ser la fuerza hegemónica de la izquierda y Ciudadanos se quedó a nueve escaños de ser la más votada del centro-derecha en las elecciones de abril de 2019.

Faltaba Vox como fuerza emergente y su último resultado electoral que la colocó como tercer partido del país y unas encuestas que no paraban de atribuirle un crecimiento continuado. Se situó entre entre dos y tres puntos por debajo del Partido Popular y fueron el combustible para presentar una moción de censura contra el presidente del Gobierno que miraba más al líder de la oposición, Pablo Casado que a Pedro Sánchez. En una sociedad claramente polarizada con apenas trasvase de votos entre ambos espectros ideológicos, Abascal aspiraba al sorpasso en el ámbito de la derecha política, la que se reunificó temporalmente en la foto de Colón y de la que ya estaba descolgándose Ciudadanos con el liderazgo de Inés Arrimadas.

El debate de la moción de censura transcurrió sobre lo previsto, otorgando réditos al Gobierno en el ámbito del centro ideológico tras una intervención del candidato Abascal más cercana al populismo iliberal internacional, con teorías de la conspiración asiáticas, de las élites mundiales encabezadas por Soros y Bill Gates que de la orientación neofranquista sobre patria, religión y orden.

Pero el efecto sorpresa llegó con la intervención de Pablo Casado que reivindicó su estatus de líder de la oposición y confrontó incluso en lo personal con Santiago Abascal, recordando el desgajamiento del que procedía Vox. Marcó distancias, como las que median entre el liberalismo reformista (término acuñado por el expresidente Aznar) y el populismo antiliberal. Reivindicó a los defensores de la sociedad abierta como Hayek o Popper frente al antipluralismo, la autarquía económica y el aislacionismo europeo que representaban la ultraderecha. Y el factor sorpresa se convirtió en el gran protagonista de la moción de censura, en la propia bancada popular que recibieron a su líder con aplausos entusiasmados y en la réplica del propio Abascal o las intervenciones de Pablo Iglesias y Adriana Lastra, más preparadas para un posicionamiento del PP en la línea de confrontación dura de las últimas semanas.

Los promotores de la moción se quedaron solos reforzando su imagen antisistema, aunque el PP y Ciudadanos mantienen la idea de la equiparación del extremismo con Podemos. Pero también como el único resguardo de la indignación, que es mucha y en constante aumento en medio de la segunda ola de la epidemia.

Un discurso que obliga a una reubicación de Ciudadanos que debe compartir su mensaje centrista, que ha desplazado al silencio temporal al ariete en Madrid de Pedro Sánchez, Isabel Díaz Ayuso y que no pone en riesgo los Gobiernos autonómicos del PP porque Vox no tiene otra alternativa que seguir respaldándolos. Un giro en la política nacional para emprender los consensos necesarios, que necesita de generosidad del Gobierno nacional y una oposición no solo reactiva sino propositiva.

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