Por Ferrán Fernández-Pintó, consultoría política & public affairs

Las elecciones estadounidenses de este año son de las más atípicas de la historia, un presidente que va a jugar con todas las armas posibles para ser reelegido, un presidente que ya ha dicho que en la noche electoral no va a aceptar la derrota si así lo refleja el recuento de votos, un presidente que le pide a los votantes que no hagan uso del voto por correo porque dice que es fraudulento, un presidente que alienta a las bases republicanas con el miedo del fin de los Estados Unidos en caso de que sea derrotado, un presidente que se saltará el fair play político nominando a una juez para el Tribunal Supremo en medio de una campaña electoral, es decir Trump being Trump y todo esto por si fuera poco con la peor crisis sanitaria vivida en los últimos cien años, pues así está la carrera hacia la Casa Blanca.

Pero antes de llegar aquí hay que tener en cuenta que en el último año han pasado muchas cosas en el partido demócrata. Hace ahora un año que la mayoría de los precandidatos a las primarias ya se habían lanzado a la carrera por la nominación, una nominación que, aunque tuviera a más de 30 candidatos, salvo sorpresa, era una carrera con solo dos posibles contendientes reales, el exvicepresidente de Barack Obama, Joe Biden y el senador por Vermont y exrival de Hillary Clinton ya en las primarias de 2016, Bernie Sanders. El resto de los candidatos parecían más interesados en competir por obtener un hueco a nivel mediático a escala nacional y así poder tener opciones de formar parte del ticket electoral, que no en aparecer como una alternativa real, entre esos candidatos está Kamala Harris, la elegida finalmente como candidata demócrata a la vicepresidencia. Biden y Sanders, representan lo que es el partido demócrata hoy en día, un partido con dos facciones muy diferenciadas y en algunos casos podríamos decir incluso que, divididos, motivo por el cual en 2016 Hillary Clinton no acabó ganando.

¿Por qué perdieron los demócratas en 2016?

Las claves de la derrota fueron que seis estados cambiaron de azul demócrata a rojo republicano: Iowa, Wisconsin, Michigan, Ohio, Pennsylvania y Florida. De estos seis estados cinco están en el llamado Rust Belt area, la zona industrial más importante de Estados Unidos, donde mayoritariamente se viene votando más pensando con el bolsillo que con el corazón. Si analizamos que sucedió hace ahora cuatro años en tres de esos seis estados; Wisconsin, Michigan, y Pennsylvania entenderemos mejor qué pasó esa noche electoral y qué podría pasar este próximo 3 de noviembre. Trump ganó en estos estados por un margen de menos de 80.000 votos sumando los tres estados Donald Trump o lo que es lo mismo, por menos de 1 % de diferencia. Pero analizando con más profundidad que pasó en estos estados uno se da cuenta de que la verdadera clave fue en que una parte del votante demócrata le giró la espalda Hillary Clinton, sobre todo los jóvenes y los más fieles seguidores de Bernie Sanders que, por cierto, no hizo campaña activa por la que había sido su rival en las primarias demócratas.

Una parte del voto demócrata favorable a Sanders, o bien se quedó en casa para no tener que votar a Hillary Clinton, o bien refugiaron su voto en el partido de los de los libertarios que pasó de no llegar al 1 % de los votos a alcanzar un 3 %, que son precisamente menos de los dos puntos que le faltaron a Hillary Clinton para poder derrotar al actual i­nquilino de la Casa Blanca, o incluso una minoría votaron por el mismo Donald Trump. Si el factor antihillary desaparece de la ecuación, solo quedará saber si los votantes independientes votarán más por lo que había hecho Donald Trump en materia económica antes de la crisis del COVID-19 con cifras de desempleo muy bajas y una economía cada vez más robusta o por el contrario le castigarán por la gestión del COVID-19 que tantos muertos está dejando en el país de las barras y las estrellas.

Si como indican todas las encuestas publicadas hasta ahora, los demócratas ganan en estos tres estados ganarán las elecciones porque no se prevé que ningún Estado que ganaron en 2016 cambie de azul a rojo, y con la suma de los 46 votos del colegio electoral que tienen estos tres estados alcanzarían la cifra de 278 votos, ocho más de los necesarios para llegar al 1.600 de Pennsylvania Avenue.

Florida siempre merece un capítulo aparte, junto con Nueva York, es el tercer Estado que más votos aporta en el colegio electoral, 29. Desde las elecciones del año 2000 entre Al Gore y George Bush, siempre, en todas las elecciones, haya ganado quien haya ganado, el ganador no gana por más del 1,4 % de los votos. Siempre se dice que quien gana en Ohio gana las elecciones, pero en lo que va de milenio podríamos decir también que quien gana en Florida gana las elecciones, pero incluso podríamos ir un poco más allá, desde las elecciones de 1924 hasta la fecha, solo en tres ocasiones un candidato ha ganado las elecciones sin el respaldo de Florida, en 1924 Calvin Collidge, John F. Kennedy en 1960, que curiosamente ganó las elecciones sin ganar en Ohio ni en Florida y Bill Clinton en 1992, en el resto de elecciones Florida ha votado por el candidato que ha acabado ganando la carrera para la Casa Blanca.

Y por último una mención especial, para el estado de Arizona, que contra pronóstico también podría ser uno de los estados claves, desde 1948 año en que ganó el demócrata Harry Truman y en 1996 Bill Clinton, ningún otro candidato demócrata ha ganado allí, pero la gestión de la pandemia y el fuerte incremento de voto latino podría hacer cambiar el color de este estado a azul.

El voto latino podría ser mucho más determinante que el afroamericano

La comunidad hispana supera ya los 60 millones de habitantes sobre un total de 325 millones de habitantes que residen en Estados Unidos, la tasa de paro antes de la pandemia entre los hispanos estaba por debajo del 5 %, actualmente esta por encima del 15 %, su nivel de abandono escolar en los últimos 30 años ha pasado del 30 % a estar por debajo del 10 %, y en los últimos diez años la tasa de hispanos en las universidades se ha casi doblado pasando del 25 % al 47 %. Todos estos datos han conllevado, a que el poder adquisitivo de los hispanos en los últimos 20 años haya aumentado en más del 180 %, eso significa que el voto hispano o latino no solo crece en número de población sino también en calidad de vida, tanto es así, que el poder adquisitivo de la comunidad latina es de 1,4 billones de dólares, que es más que todo el PIB español. Si echamos un vistazo a los resultados de 2016, solo el 57 % de la población latina se registró para poder ejercer su derecho a voto y de estos solo el 47 % acabó yendo a las urnas, eso significa casi 20 puntos menos que el voto del votante blanco, ­o doce menos que la comunidad afroamericana. El cambio respecto a sentirse emplazados a ir a votar dentro la comunidad latina se produjo en las elecciones de medio mandato, en la Cámara de Representantes y en el Senado en noviembre de 2018 donde el voto latino aumento en un 178 % respecto a las mismas elecciones de 2014, esto nos muestra que si el voto latino mantiene los índices de voto o los aumenta respecto a hace cuatro años será determinante en estados como Arizona, Florida o Nevada con una población latina muy numerosa, según todas las encuestas publicadas hasta la fecha son tres estados clave.

Como he mencionado anteriormente, hace ahora cuatro años que solo fue a votar un 47 % de los votantes de la comunidad latina, si la participación, como cabe esperar, aumenta significativamente (como hizo en 2018) es evidente que será la minoría quienes podrían decantar las elecciones a favor de los demócratas como ya ocurrió en las elecciones de medio mandato. Aunque no es una minoría monolítica como lo es la afroamericana (que vota un 90 % a los demócratas), sí que es cierto que son más propensos a votarlos a ellos que al partido del elefante, para ser más concretos dos de cada tres latinos acostumbra a votar demócratas y es aquí donde deberían estar haciendo más hincapié y no tanto en los afroamericanos, incluso con el movimiento Black Lives Matter, porque por este lado es más difícil crecer que por el lado de los latinos que votan en menor medida y en menor cantidad para ellos.

La estrategia demócrata

La pandemia sanitaria del COVID-19 está marcando la manera de hacer campaña y las estrategias, Biden, con casi 78 años y persona de riesgo, no hace mítines para escenificar todo aquello que Trump no está haciendo y que está llevando a que el número de infectados y fallecidos no deje de aumentar en Estados Unidos. Biden lleva mascarilla, rehúye de las multitudes y mantiene las distancias de seguridad, intentando mostrar a los ciudadanos que Trump no es la persona para liderar el país para salir de esta crisis. Los demócratas ganarán en las grandes ciudades y perderán en el mundo rural, hasta aquí todo lo habitual, es por ello por lo que Biden y Harris están intensificando sus discursos hacia el colectivo de los suburbios de las grandes ciudades intentando movilizarlos porque en 2016 Trump les ganó la batalla en este terreno y ahora, junto con la minoría negra y latina, es donde recaerá la victoria o la derrota para el partido que fundaron los seguidores del presidente Andrew Jackson en 1828.

No obstante, la mayor batalla de estas elecciones se librará en el voto por correo, Trump está diciendo desde hace meses que habrá fraude, es evidente que es una estrategia para desmovilizar a los demócratas que acostumbran a votar más por correo que los republicanos y que si estos se desmovilizan le favorecerían y, en caso de derrota, tendría la excusa de por vida para explicar su malogro. Recordemos que Trump es un ganador nato y que nunca ha reconocido una derrota en ninguna de sus actividades públicas o privadas.

Por último, cabe decir que debido a los pocos mítines que se están realizando, no como en las anteriores campañas donde los candidatos recorrían miles y miles de kilómetros de punta a punta del país, los debates esta vez van a tener un papel crucial, y es quizá el punto más débil de la campaña y estrategia demócrata, porque es evidente, que Donald Trump es un hombre más dado al espectáculo televisivo que no Joe Biden. Si este sale bien parado de los tres mítines probablemente será el presidente número 46 de los Estados Unidos.

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