Por Antoni Gutiérrez-Rubí, @antonigr, asesor de comunicación

El COVID-19 llegó de manera inesperada y, ante los ojos incrédulos de los Gobiernos, se extendió rápidamente por el mundo. Sus efectos pueden transformar profundamente el escenario político internacional, afectando de manera significativa a Europa, ya debilitada por los problemas económicos y humanitarios de los últimos años y azotada por la pérdida de poder geopolítico, la fragmentación ideológica del continente y el abandono de su sistema de derechos y valores a escala internacional.

Comunicación institucional e información pública

En este contexto, vemos cómo esta crisis sanitaria global ha puesto en valor, más que nunca, la comunicación institucional y la información pública. Y, paradójicamente, nos ha mostrado cómo aquellos Gobiernos que han gestionado mejor estos dos elementos parece que están saliendo mejor parados en relación con la gestión de esta.

En una situación de crisis de tal magnitud, donde el miedo y la alarma social lo impregnan todo, la atención se focaliza en el liderazgo y la información. Se busca, y se exige, más y mejor comunicación institucional; información pública, concisa y de calidad, y todo ello articulado alrededor de liderazgos capaces y empáticos.

Esta crisis sanitaria global ha puesto en valor, más que nunca, la comunicación institucional y la información pública

Al inicio de la pandemia, dentro de la Unión Europea se impuso la descoordinación, e incluso la falta de solidaridad, a la respuesta conjunta, lo que provocó que, a finales de marzo, fuera la región más afectada por el virus. Y, sin embargo, hay motivos para la esperanza. En las últimas semanas, se han emprendido medidas coordinadas no solo para controlar el virus, sino para reconstruir el continente. ¿Cómo se explica este cambio en la gestión? Precisamente, la divergencia entre la comunicación de los liderazgos europeos, y aquellos que han terminado por imponerse (por ahora), explica los fracasos y éxitos políticos de Europa en la gestión de esta crisis, y puede permitirnos vislumbrar parte del futuro del proyecto comunitario.

Comunicación clara

Este futuro pasa por volver a valorar y situar en el centro lo auténtico, lo sincero, lo genuino. La política estaba, en muchos casos, frente a un espejo trucado que creaba una atmósfera onanista y reverberante. Ahora todos los elementos superficiales caen a un lado y vemos cómo se están cuestionando profundamente las tradicionales fuentes de inspiración y de ejecución de la comunicación política. Y, de repente, como en otras áreas, lo que funcionaba —o parecía que así era— ha dejado de ser eficaz y se reclama una comunicación clara, honesta, con la mayor transparencia posible y donde la información pública es clave para el éxito de la comunicación política. La comunicación clara y con valores es la nueva y exitosa reconexión con los electores y con el carácter de servicio público de la política. Se impone la contención y la sinceridad. Los electores, la ciudadanía, no quieren máscaras, ni artificios. Detestan los circunloquios, las evasivas, la imprecisión y la instrumentalización política. Es tiempo de moderados sensibles. De sobrios atentos. De serios amables. El resto, prescindible.

Liderazgos efectivos y empáticos

En este contexto, algunos liderazgos europeos se han contado entre los más valorados a nivel internacional por su eficiencia. Destaca en este aspecto el liderazgo femenino, del cual Europa tiene a varias representantes, como son la noruega Erna Solberg o la finlandesa Sanna Marin. Estas líderes han demostrado que un discurso racional, empático y sereno es la mejor receta para afrontar la crisis. La clave de su comunicación ha sido ser claras y honestas en cuanto a la gravedad de la crisis y en cuanto a las continuas novedades provenientes de la comunidad científica. Esta honestidad les ha permitido, junto con medidas precavidas de confinamiento y testeo a la población, ganarse la confianza de la ciudadanía y fomentar la resiliencia social de sus comunidades. También ha sido clave su muestra de empatía reconociendo lo difícil que era el confinamiento a nivel emocional y dirigiéndose especialmente a colectivos como los niños, con un discurso adecuado a su comprensión, nuevamente, comunicación clara para todos los sectores.

Por supuesto, también hemos visto liderazgos europeos a la cola de las valoraciones. Sería el caso del primer ministro británico Boris Johnson, cuyo discurso orientado a favorecer la economía sobre el confinamiento se leyó como una falta de empatía respecto al riesgo que el virus plantea para colectivos vulnerables como las personas mayores. A pesar de que se llegó a temer por su vida al contraer el coronavirus, su discurso nunca recuperó la confianza p­lena de la ciudadanía. Otro ejemplo sería el holandés Mark Rutte cuyo discurso reacio a ayudar a países como Italia o España durante la crisis fue muy mal recibido en el espacio europeo, dando lugar a respuestas duras (recordemos la célebre intervención en defensa del sur del portugués António Costa) por poner en duda la solidaridad europea.

Se están cuestionando profundamente las tradicionales fuentes de inspiración y de ejecución de la comunicación política

Centrándonos ya únicamente en el ámbito de la Unión Europea, podemos establecer cuatro liderazgos fundamentales para comprender la gestión de la crisis a nivel europeo y el impacto que ello tendrá en el futuro del proyecto comunitario. Hablamos de Giuseppe Conte, Pedro Sánchez, Angela Merkel y Emmanuel Macron. Los dos primero­s porque, tras la salida del Reino Unido de la Unión Europea, se esperaba que estos países de importante peso demográfico y económico fueran más centrales en la refundación europea y sus dificultades ponen en jaque al proyecto comunitario. Los dos segundos porque la gran mayoría de éxitos y fracasos europeos se explican por las dinámicas internas del eje francoalemán y, actualmente, cuentan con líderes muy dispares con estilos difíciles de conciliar.

Italia y España se han visto similarmente afectadas por el COVID-19 y también las estrategias de contención de la pandemia han sido parecidas. El impacto en la política deja entrever algunas tendencias preocupantes para Europa: en Italia, a pesar de una pérdida de protagonismo puntual de la Liga de Matteo Salvini y una primera apariencia de mayor unidad, el euroescepticismo ha repuntado durante la crisis; en España, a pesar del apoyo a líderes institucionales como Fernando Simón, se ha profundizado la polarización política, lo que dificulta la acción institucional para salir de la crisis y para construir un proyecto de futuro para el país. En ambos estados repuntan la recesión económica y el desempleo, y la desinformación espolea tendencias populistas y euroescépticas en sus sistemas políticos. El éxito en la reconstrucción de estos países, y en la solidaridad europea para con ellos, será por ello vital para el futuro de la Unión.

Una situación poco halagüeña para Francia y Alemania, que han tenido que encarar la doble crisis, la sanitaria y la comunitaria, con dos estilos de liderazgo y comunicación (y, seguramente, con dos ideas del futuro de Europa) muy distintos.

Por un lado, Macron es un hombre joven, que ha buscado activamente el protagonismo internacional con una estrategia al más puro estilo Obama y que ha hecho de su compromiso con la Unión Europea su proyecto político para Francia. Ha encarado la situación con un discurso bélico que consolida su hiperliderazgo y su imagen de presidente-general, muy crítico con los que perjudican al esfuerzo nacional contra la pandemia.

No habrá una reconstrucción sin: más liderazgo, una comunicación clara y una visión de proyecto europeo compartida

Por otro, Merkel es una de las líderes democráticas más experimentadas del mundo, protagonista de las grandes crisis europeas de los últimos años durante las que ha defendido las reticencias alemanas a ciertas medidas de solidaridad económica. Ha afrontado la pandemia con un discurso mucho más sereno en el que, dejando clara la gravedad del asunto (el mayor obstáculo desde la Segunda Guerra Mundial), ha reafirmado su compromiso con los derechos civiles y democráticos durante la gestión de la crisis, confiando en la responsabilidad colectiva.

Distintos, pero ambos comprometidos con la continuación del proyecto comunitario, esa suerte de «relación especial» francoalemana. Un vínculo que ha permitido un ambicioso proyecto de reconstrucción.

Desde financiación para reactivar a las economías más afectadas hasta la lucha contra la desinformación, pasando por donaciones de materiales y fondos para la investigación científica, la Unión Europea destinará durante los próximos meses (y años) cientos de millones de euros a su reconstrucción económica, social y política.

Elementos clave para la reconstrucción

Ahora, cuando todavía no terminamos de salir de la crisis, es difícil aventurar cuál será el impacto de todo esfuerzo. Pero su mera existencia ya implica una oportunidad para la Unión Europea. Una oportunidad para aprender de las lecciones de la crisis de 2007 y trabajar para cerrar las brechas existentes entre los Estados Miembro, profundizando en la unión política, económica y social del continente, el único medio para garantizar la resiliencia y la relevancia de un proyecto comunitario cuyos ideales y valores están cada vez más cuestionados y que el mundo pospandemia puede abandonar definitivamente.

La reconstrucción no será fácil. Requerirá mucho esfuerzo, habrá que afrontar muchas dificultades, requerirá mucha pedagogía, acompañamiento, implicación…. Podemos fracasar. Pero lo que sí está claro es que no habrá una reconstrucción sólida y eficaz si no está basada en tres elementos clave: más liderazgo, una comunicación clara y una visión de proyecto europeo compartida.

La comunicación, una vez más, volverá a tener un papel clave que no puede (ni debe) menospreciarse.

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