Por Ignacio Martín Granados, @imgranados

Una de las tiranías de nuestra sociedad contemporánea es la imagen, el culto a lo visual y lo bello. Y si trasladamos esta relación a la comunicación política, en un periodo electoral tan activo como en el que nos encontramos, la búsqueda de correspondencia entre belleza física y éxito electoral es inevitable.

Hace unos meses la prestigiosa revista “American Politics Research” publicaba un estudio –elaborado por la Universidad de Ottawa a partir de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2008- que afirmaba que los candidatos atractivos tenían una prima de entre un 7% y 10% más de votos gracias a su belleza. Es decir, el votante tiende a ser más influenciable si el candidato es guapo. Sin embargo, este estudio tenía una limitación, y es que este enfoque sólo sirve para candidatos del mismo género, ya que cuando se enfrentan rivales políticos de diferente sexo lo que prima sobre la belleza es la competencia del candidato.

Otro informe, de 2011, recogía que en Estados Unidos los candidatos más altos han ganado el 67% de los comicios y que los ciudadanos piensan en el político ideal como alguien cuya estatura supera la media, algo que, atendiendo a la psicología evolutiva, demuestra que preferimos ser gobernados por el más dominante, una idea que percibimos a través de la apariencia.

Continuando con la apariencia física, durante años en España, se ha especulado -encuestas y estudios mediante- con las posibilidades reales de acceso a la presidencia del gobierno si el candidato poseía barba (Mariano Rajoy ha sido el primero en conseguirlo) o lucía calva (el único ha sido Leopoldo Calvo Sotelo, si bien él no se sometió a las urnas). Algo que, curiosamente hoy, gracias a las modas, no parece importar al electorado ante el éxito de Alberto Garzón, Borja Semper o Pablo Iglesias (con diferentes y estudiadas barbas) y la cabeza rapada del ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis.

Capital erótico

El sociólogo francés Pierre Bourdieu afirma que, para desempeñarnos en sociedad, hacemos uso esencialmente de nuestros capitales económico, social y cultural. Esta teoría se ha visto completada recientemente por la socióloga británica Catherine Hakim que sugiere que hay que añadir un cuarto tipo, el capital erótico, que es la combinación de características y habilidades que tienen que ver con nuestra apariencia y desenvoltura con los demás -que vienen dadas de nacimiento (constitución física), pero también pueden aprenderse y cultivarse (estilo)- y que hace que resultemos más o menos atractivos para otros miembros de la sociedad, especialmente para los del sexo puesto.

Por tanto, si la imagen es importante, es cierto que lo son aún más las habilidades y competencias del candidato y la coherencia con su propio discurso que le conferirán credibilidad y confianza sobre el elector. Y eso si que es realmente atractivo.

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