Podríamos pensar que son efectos colaterales a la crisis que nos está tocando vivir pero, más bien, son un producto de la misma. Nos referimos a las diferentes expresiones de “antipolítica” que están surgiendo en Europa. La crisis económica, junto medidas -que además se adoptan lejos de los órganos de toma de decisión nacionales- que no acaban de solucionar los proble­mas, los escándalos políticos, la corrupción, el despilfarro de las instituciones públicas… han desembocado en una crisis de confianza y representación provocando una alarma social que ha puesto en entredicho la legitimad de las instituciones

Adjetivos como escepticismo, desconfianza, desencanto y desafección son el caldo de cultivo de la antipolítica, el terreno abonado para el surgimiento de, utilizando un símil futbolístico, partidos ascensor, opciones oportunistas y rupturistas sin base definida que suben y bajan en función del contexto socioeconómico recogiendo el desencanto ciudadano.

Bajo el amplio paraguas de la antipolítica nos encontramos desde movimientos populistas, hasta partidos identitarios, nacionalistas, euroescépticos, antisistema o de extrema derecha. Son partidos en los que las emociones sustituyen al debate crítico, reflexivo y racional; la reforma táctica a corto plazo en lugar de la planificación ordenada y estratégica; abanderando mensajes simplistas, apocalípticos, ventajistas y demagógicas.

Sin embargo, no deben menospreciarse porque son expresión del malestar ciudadano y contestación al bloqueo que sufre la élite política, que parece carente de respuestas a las demandas sociales.

Por desgracia, no se trata de hechos aislados. En las últimas elecciones de casi todos los países europeos, distintos partidos han explotado este descontento manifiesto:

• En Italia, Beppe Grillo y su Movimiento 5 Estrellas, obtuvieron un respaldo del 25,5%, convirtiéndose en el partido más votado.
• El Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) ha obtenido el 23% en las últimas elecciones municipales británicas, siendo la tercera fuerza política, a tan sólo dos puntos de los tories y seis de los laboristas.
• El Movimiento para una Hungría Mejor (Jobbik) es la tercera fuerza política y se ha convertido en apenas diez años en uno de los partidos de extrema derecha más exitosos de Europa.
• En Francia, el Frente Nacional de la saga Le Pen obtuvo en la primera vuelta de las pasadas elecciones presidenciales un 17,9% de voto.
• El partido neonazi Amanecer Dorado obtuvo 21 diputados en las últimas elecciones griegas.
• El grupo ultranacionalista Ataka, gracias a su 7% obtenido en las elecciones de principios del presente mes, es el partido bisagra en Bulgaria.
• Sin olvidar otras opciones como Alternativa para Alemania, el FPO austriaco, Verdaderos Finlandeses, Demócratas de Suecia, Partido del Pueblo suizo, Partido del progreso noruego, NVA flamencos, Partido por la Libertad neerlandés…

El populismo en España no es nuevo y no faltan ejemplos como las propuestas personalistas de Jesús Gil (alcalde de Marbella con su partido el GIL) o Ruiz Mateos (elegido euro­diputado en 1989). Más actuales son los casos de Mario Conde con Sociedad Civil y Democracia o Josep Anglada y su Plataforma per Catalunya.

Por otra aparte, si hablamos de movimientos sociales, la iniciativa que más éxito ha tenido ha sido el 15M, que sin embargo, de momento, no ha querido capitalizar esa fuerza electoralmente. Ada Colau, la portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), se ha convertido en el rostro identificativo de ese modelo de movimientos sociales que preten­den seguir por vía de las urnas la monja Teresa Forcades y el economista Arcadi Oliveres, ambos con sólida reputación en el ámbito de la justicia social para impulsar una candidatura a las próximas elecciones al Parlament de Catalunya.

Independientemente de sus resultados en las urnas, un cierto éxito de la antipolítica conlleva otras consecuencias. Estos movimientos presionan o condicionan al resto de partidos, sobre todo a los de su proximidad ideológica -sean de iz­quierdas o de derechas-, al entrar en la lucha dialéctica por un discurso que gane adeptos radicalizando por lo general sus propuestas. No faltan ocasiones que, al convertirse en partidos bisagras, imponen condiciones para sacar adelante reformas o leyes, influyendo directamente en la agenda política y mediática. También dividen internamente al resto de partidos ante los diferentes planteamientos de cómo actuar para con ellos (oposición o colaboración).

La antipolítica se desenvuelve muy bien en la crítica y hostigamiento al gobierno, en la política de trinchera, pero suele carecer de elementos constructivos que ofrezcan alternativas al poder que trata de neutralizar. Además, no es fácil obviar la contradicción que supone criticar un sistema al que aspiran a formar parte, por lo que contribuyen más si cabe a distorsionar la política.

En conclusión, para combatir la antipolítica, la única respuesta posible es más y mejor política (erradicación de la corrupción, aumento de la participación, ejemplaridad pública, transpa­rencia…), que despeje tan amenazante prefijo y permita devolver la confianza y reputación al sistema.

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