Por Ana Velasco Molpeceres, @velmolaniz Profesora de la Universidad de Valladolid y de la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Periodista e historiadora. Especializada en comunicación y moda

La moda es semiótica, afirmaba Umberto Eco. Y si la política es el arte de lo posible, entendido este concepto de forma amplia, las apariencias son más trascendentes que las realidades. O pueden serlo. E incluso es posible que los símbolos acaben convertidos en hechos. Esta es, por tanto, una de las bases de la comunicación política, una de sus cuestiones más controvertidas también, y uno de los temas que más han marcado la política en la contemporaneidad. Kennedy contra Nixon y su Camelot sentaron las bases de una política de la estética, en la que, además, el sueño americano tenía un importante componente de apariencia. Lo decía Sinatra: yo no vendo voz, vendo estilo. Y aunque la relación de la moda y la política siempre está atravesada por las sombras de la hoguera de las vanidades y por las polémicas y controversias, su potencial comunicativo cada vez es más aprovechado por los políticos y sus asesores.

Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), activista y política del Partido Demócrata de Estados Unidos, apareció en la gala del MET de Nueva York, dedicada a la moda americana y organizada por Vogue para financiar el departamento del traje del museo, en septiembre de 2021, en la alfombra del evento con un vestido, blanco, como de novia, atravesado por unas letras rojas como la sangre, que afirmaban o pedían ‘Tax the rich’: i­mpuestos para los ricos.

Las imágenes se hicieron inmediatamente virales, convirtiendo la gala (de nuevo, pero de un modo distinto completamente) en un escenario político. Anna Wintour, decidido apoyo de los demócratas y muy comprometida tanto con Barack Obama como con Hillary Clinton y Joe Biden, así como declarada antitrumpista, lleva décadas convirtiendo Vogue y la moda en un espacio clave para la política estadounidense. También la gala del MET que, tras dos ediciones suspendidas por la pandemia de coronavirus, volvió a tener un componente político por estar dedicada a la promoción de América, y en definitiva, el nuevo Estados Unidos de Joe Biden, tras el mandato de Trump, pues el relato o la agenda nacionalista ha cambiado drásticamente al concluir la administración republicana.

Es por ello que el gesto de AOC debe entenderse dentro de una dinámica de la comunicación política en la que la moda tiene cada vez más protagonismo en la vida política a nivel internacional, pero también de resignificación de la moda en el contexto electoral y público. Su gesto respondía a un calculado plan político, no era casual ni marcado por un tono (al menos únicamente) social. Poco antes de su aparición en la alfombra roja los demócratas habían presentado su propuesta de reforma fiscal en la Cámara de Representantes del Congreso, de la que AOC es parte por Nueva York, que incluía la subida de impuestos para los estadounidenses más ricos y las grandes empresas, revocando los recortes de 2017 hechos por Donald Trump, e impulsando lo que Biden definía en Twitter como el recorte más grande impuestos de la historia para la clase media. Y, por si acaso alguien le reprochaba que hiciese política en un evento para élites, al que acudir cuesta 35.000 dólares, AOC aclaró en sus redes sociales que ella había sido invitada como congresista y no había pagado nada. Lo que añade, sin duda, una interesante justificación del uso de la moda y de la alfombra roja para hacer política, que trasluce la necesidad de un freno a las críticas por estar a la moda, aunque usada como herramienta política, ligada a la vanidad.

De hecho, la figura de AOC ha estado perseguida, tras hacerse conocida en 2019 por llegar al Congreso estadounidense, por las críticas a su posición ideológica (progresista y con un marcado tono reivindicativo) y a su aspecto físico, en particular a su cuidada elección de vestuario. Este punto, y por mucho que para los políticos y personas públicas sea indispensable cuidar su imagen, ya aparecía como un asunto espinoso en el documental Knock Down The House (2019) en el que ella era una de las cuatro demócratas, al margen del sistema del partido, que intentaban ser congresistas. Y aún lo fue más cuando, al llegar al Congreso, fue acusada de frívola, de gastar mucho dinero en ropa y de vanidosa por ir a la moda y, aunque no se decía, por su gran atractivo y carisma. De hecho, tuvo que explicar que alquilaba su ropa y que el ir bien vestida no era un obstáculo para sus ideales sino un instrumento para conseguir su agenda política de corte social.

Tras el lapso de la era Trump, en el que Melania Trump tuvo una compleja relación con la industria de la moda y diversos escándalos, boicots y polémicas, el power dressing, con una importante promoción de diseñadores americanos, de la era de Obama ha vuelto. Tras el apoyo de Vogue al cambio de imagen de Michelle Obama, que se convirtió en un icono de estilo y de ‘buen rollo’, siempre de colores vibrantes y de creadores multiétnicos que representaban el sueño americano y la vida sana, y una breve polémica por el famoso traje marrón (el #tansuit del que propio Obama se rió, por inadecuado) con el que en agosto de 2014 el presidente Obama dio una rueda de prensa sobre Siria y el terrorismo yihadista, la moda se convirtió en un elemento importante en la política demócrata en Estados Unidos. Y, como se evidenció en la toma de posesión de Joe Biden, en la que Kamala Harris como vicepresidenta tuvo un enorme protagonismo, ese papel preponderante había regresado.

Cabe señalar el importante componente de género de este proceso, pues entre 2008, o la administración Trump, y la actualidad en Estados Unidos ha habido un cambio en la política ganando peso el número de rostros femeninos en puestos relevantes. Como señala el sociólogo Gilles Lipovetsky en obras como La tercera mujer es necesario comprender que el culto a la belleza y a la moda, y su democratización gracias a la revolución industrial y a los medios de comunicación de masas (la publicidad, el cine, la fotografía de modas o la prensa femenina), va ligado al creciente protagonismo de la mujer en la vida pública. De ese modo, por un lado se encuentra la extensión del concepto o el mantra feminista de ‘lo personal es político’, que obliga o hace necesario comprender un aspecto de la sociabilidad y el consumo a lo largo de la historia como es el fundamental papel de la moda para definir la identidad femenina (y masculina), también en torno a la problemática adscripción de esta a la frivolidad y la vanidad. Y por otro, permite ahondar en el hecho de que, por fin, la moda se ha democratizado y forma parte de las preocupaciones del ciudadano moderno, pues no es únicamente una cuestión de élites como en el Antiguo Régimen. Es decir, que la moda tiene una lectura social en amplio sentido: afecta a la sociedad y al rol de los individuos en ella pero también la conquista de la belleza por parte de individuos de clase trabajadora (y es importante no olvidar el contexto del que han salido los Obama, AOC o Kamala Harris, marcados por su condición de inmigrantes) va ligado al desarrollo de la democracia liberal y a la extensión del papel de ciudadano.

Así es como debe verse, por ejemplo, la simbología de los colores y el protagonismo de la moda y la industria textil en el desarrollo del feminismo. Un código feminista recurrente fue la combinación del color morado, el blanco y también el verde, como forma de protesta y de demanda de derechos para las mujeres. Y no es casualidad que esos colores fueran los protagonistas en la toma de posesión de Biden, en particular para Kamala Harris y para Hillary Clinton, quien ya había hecho uso de este lenguaje de los colores en su carrera a la presidencia contra Trump. Tampoco es casual que AOC, más vinculada a un público joven, utilice la moda como una estrategia política de primer nivel, relacionada además con lo viral en Internet. Así puede verse no solo en su aparición en el MET, a modo de C­enicienta p­olitizada y emancipada, en una gala dedicada especialmente a la generación Z, los más jóvenes y duchos en el uso de las redes sociales (de hecho, la presidencia honoraria de la gala, junto a Anna Wintour de Vogue y el diseñador Tom Ford, estaba ocupada por el jefe de Instagram: Adam Mosseri), sino también su vídeo para Vogue, hablando de su rutina de belleza, en la que destacan sus labios siempre rojos, y de su programa político. Algo que, si unimos al mantra de lo personal es político y relacionamos con las demandas de políticas de cuidados y al combate al patriarcado y a una promoción de los valores de lo femenino, resulta aún más elocuente y poderoso, al margen de su manejo de la comunicación política de los públicos y los medios de masas.

No obstante, eso no significa que la moda y su uso en la política y/o en la comunicación política no deje de representar problemas, que ya hemos señalado, para diferentes segmentos del electorado, de la crítica y de los públicos. Tras el espectáculo de la toma de posesión de Joe Biden al comenzar 2021, la Casa Blanca comunicó a los periodistas que en las notas de prensa sobre la labor de la primera dama se iba a dejar de informar sobre la marca de las prendas que llevaba. Es posible que las críticas al dinero que costaba el armario de Melania Trump, sumadas a la crisis económica y social provocada por la pandemia de la COVID-19, hayan tenido peso en esta decisión que resultó tan controvertida que el jefe de Comunicación de la oficina de Jill Biden aclaró, en marzo, que no se trataba de un error y que en adelante no se informaría sobre la ropa de la esposa del presidente, sino únicamente de sus actos. Otro ejemplo de estas ambigüedades en lo relativo a la moda y su uso político, así como sus lecturas y réditos electorales, puede verse en el tratamiento de la imagen pública de la vicepresidenta Harris. En febrero de 2021, al poco de ocupar su cargo, fue portada de Vogue Estados Unidos, igual que en agosto de 2021 lo sería Jill Biden, en un cuidado número donde se la veía como una mujer profesional que era llamada doctora, además de primera dama.

Sin embargo, hubo un conflicto con la portada. Se distribuyeron dos planas, pese a que se rumoreaba que solamente una contaba con el visto bueno de su oficina: una en la que salía con un traje de chaqueta azul, con su famoso collar de perlas (por su hermandad universitaria), siendo muy controvertida otra en la que salía con zapatillas Convers­e, una a­mericana negra informal, c­amiseta y p­antalones de sport. Y que desató, en Estados Unidos, una polémica sobre la idoneidad, así como si esto reflejaba el power dressing o una estética de poder, de una foto que parecía una prueba, pese a que la revista lo desmintió. También se criticó que había mucha luz y que blanqueaba a Harris, de origen hindú, viéndose como una maniobra racista que facilita la comercialización o aceptación de la política, al margen de su opinión. Además, el fotógrafo, el primer afroamericano en hacer una portada en Vogue en 2018 a Beyoncé, se desmarcó de esa imagen, subiendo a sus redes sociales solo la imagen oficial u oficiosa de la vicepresidenta con el traje azul.

En España esta polémica sobre las mujeres, en particular, y su relación con la moda y la difusión de su imagen en medios de c­omunicación han tenido diversos momentos controvertidos. El caso paradigmático es cuando Vogue España, en septiembre de 2004, y en páginas interiores, publicó el polémico posado de las ministras de Zapatero, por ser el primer Gobierno paritario de la historia del país, en la Moncloa, vestidas con sobriedad pero con elegancia y sobre sillones con pieles. Este reportaje fue presentado ante la opinión pública por el PP y distintos diarios de tirada nacional como una f­rivolidad y se acusó a las políticas de ser ministras fashion, feministas que solo querían salir en las revistas de moda como modelos y que estaban allí (y en el Gobierno) para decorar como jarrones. También se les recriminó su compromiso social, acusándoles de ser socialistas de mentira pues vestían trajes caros para pedir, supuestament­e con hipocresía­, derechos para las mujeres y en general para la sociedad. Aunque ya había habido muchas portadas de políticas, como por ejemplo las de Margaret Thatcher en los años setenta en el Vogue británico y, sobre todo, la portada de Hillary Clinton en 1998, en el Vogue estadounidense, la controversia fue tal que la propia publicación se preguntó por el escándalo en el siguiente número exponiendo un evidente problema: se recriminaba a las mujeres su frivolidad pero cuando una revista de moda trataba temas de interés sociopolítico también se les reprochaba, del mismo modo que se exigía a las mujeres una correcta presencia pública pero, con gran hipocresía, esa obligación se volvía contra ellas si se consideraba que su aspecto era algo que atendían con interés, en exceso.

Ya hemos señalado que la relación entre el consumo de moda y su uso político es problemática y representa un desafío para las políticas, sobre todo, aunque también para los hombres. Una de las críticas fundamentales es precisamente el dispendio económico y la frivolidad que supone, algo que todos los políticos tienen en cuenta, aunque sus posiciones son muy variadas, inclinándose por un uso de la moda elocuente pero razonable. Quizá la excepción sea Alexandria Ocasio-Cortez quien ha convertido su elegancia en el vestir y su apariencia física en su carta de presentación y en un arma política que no solo le permite tener atención mediática sino en la que incluye su agenda ideológica y su programa social. Esto resulta evidente, por ejemplo, en portada­s como la que le dedicó Vanity Fair, en diciembre de 2020, donde posa vestida con un traje blanco utilizado como símbolo feminista y de poder y reclamando el papel de la moda en su carrera. Cabe añadir, además, que sus elecciones de vestuario transmiten, además del impacto visual de la elección de prendas y colores, un mensaje por la inclusión pues suelen ser de inmigrantes o de creadores con marcas pequeñas. En el caso del vestido del MET era un diseño de Brother Vellies, una marca fundada en 2013 con base en Nueva York, creada por la canadiense Aurora James, cuyo objetivo es mantener las tradiciones de la moda africana y sus técnicas, a través de un modelo artesanal y sostenible. Y el de su portada en VF era un traje a medida de la marca neoyorquina Aliette, cuyo diseñador Jason Rembert, es un afroamericano de Queens, al que AOC quería dar repercusión en un intento de luchar contra el racismo.

En conclusión, podemos ver que el papel de la moda en la política y en la comunicación política en la actualidad es muy relevante. Es cierto que es evidente que hay una brecha de género y que genera más atención vinculada a las políticas, pero no hay que obviar a figuras como el presidente canadiense Justin Trudeau, famoso por sus cuidados looks y sobre todo por sus calcetines coloridos, o a nivel nacional la importancia de la imagen personal de Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, en la actualidad, y de Adolfo Suárez o Felipe González en el pasado. Y tampoco que la relación de la moda y el liderazgo femenino es muy importante porque supone la apropiación o la resignificación de un campo tradicionalmente anclado a la mujer conservadora, incluso al antifeminismo, y su uso político. Así, aunque la relación entre moda y política plantea problemas y ambigüedades, de gran interés, resulta evidente que es un campo en desarrollo y de gran importancia para la comunicación política y de relevante papel para la ciudadanía.

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