Por Estefania Molina Morales, @EstefMolina_Periodista de elnacional.cat y politóloga.

“Que las mujeres sean
independientes y peleen por ellas.
Es tiempo de pelear”.

Con este espíritu, ganó el premio Nobel la activista paquistaní, Malala Yousafzai. A sus sólo 17 años se hizo famosa por escribir un blog donde combatía los preceptos talibanes, en defensa de sus derechos como mujer. Aunque su edad era corta entonces, Malala es ejemplo de cómo se puede luchar con los recursos mínimos –aún con el máximo riesgo– por una causa. Valiente, estaba convencida de que la educación era la forma de liberar a las personas oprimidas del maltrato y la justificación de atrocidades, como sufren muchas mujeres en países como Sudán, Yemen y Arabia.

Precisamente, es en Oriente Medio donde ha aparecido un nuevo modelo de mujer, occidentalizada e independiente, con tenacidad para abanderar dichas causas. Son las primeras damas de Siria, Jordania y Qatar. Con su educación anglosajona, Asma, Rania y Mozah han sido capaces de tomar partido en países donde la mayoría femenina lleva velo, y siempre va un paso por detrás del conyuge. No es su caso. De hecho, es gracias a la credibilidad y el poder que les confieren las figuras masculinas que las acompañan –en sociedades patriarcales– que han contribuido a transformar sus Estados.

Ellas, desde la causa social y su poder informal como modelos a seguir gracias a sus trayectorias personales –aplicadas a sus países– y ellos, desde el poder político de facto.

Asma, la rosa del desierto

“Soy británica y soy árabe.
No soy lo uno o lo otro.
Formo parte de dos mundos”.

Nació en una isla (Londres, 1975) rodeada de agua, a pesar de llevar el desierto en la sangre. Se educó en un colegio de la Iglesia anglicana, donde prefirió ser llamada “Emma” entre sus compañeros, hasta graduarse en informática y literatura francesa por el King’s College británico. Si bien, su nombre era Asma: una joven políglota y estudiante brillante, que dominaba el inglés, el francés y el árabe. Así, el Deutsche Bank la fichó para gestionar fondos en Europa y Oriente Medio, hasta que dejó la City por el banco de inversión JP Morgan en Nueva York. Y para entonces, sólo tenía 23 años.

Apodada la “Rosa del Desierto” por la revista Vogue, Asma Al-Asad es la primera dama de Siria –casada con el presidente Bashar Al-Asad–. Sin embargo, no responde al canon de mujer siria. Occidental en las maneras y la ropa, no ha renunciado a su esencia por ser la consorte en los affairs diplomáticos. “A fin de cuentas, soy y seré la misma persona que antes de casarme”. Precisamente, la ambivalencia en su linaje es la principal apuesta de storytelling de Asma, que envuelve cuanto es y cuanto hace.

Arabo-británica

Icono de modernidad para muchos, la Lady Di siria lleva el pelo corto y mechado, viste traje, tejanos o falda –aunque vive a pocos kilómetros del Estado Islámico. No lleva niqab, aunque podría haberlo usado. Su familia de origen suní emigró a Gran Bretaña en los años 50 cuando su padre médico estudiaba cardiología. El apellido Fawaz al-Akhras delata su procedencia, como también los nombres de sus hermanos, Fara y Ayad. Su madre era diplomática en la embajada del Reino Unido, figura emancipada que debió marcar su imaginario sobre la condición femenina.

Sin embargo, Asma siempre tuvo cierta añoranza hacia sus orígenes. “Mi marido me devolvió algo que había perdido”. Del frío neoyorquino y de los números del banco, Asma dejó su carrera para volver al calor del desierto, tras casarse. Bashar y ella se conocieron un verano en Damasco y llevaron su relación en secreto en Londres –pues los Asad son de una facción opuesta a la suya, la alauita–. Pero con la muerte del cuñado, el heredero, regresaron a Siria para que su marido ocupase el cargo.

De reformista a denostada

Su mente liberal y crianza en la democracia británica la suponían capaz de modernizar el régimen sirio –que en sus inicios tomó un cariz reformista, debido a su fuerte implicación política-. Si ella era una rosa con raíces en el desierto, al par que mujer liberada, su pueblo podía seguir su ejemplo –ese parecía el mantra–. Por ello, paseó en tejanos por el país acercándose a los problemas de la gente. Se hizo Facebook, prohibido por el régimen sirio, y financió instituciones de caridad, programas para la educación a la infancia y promoción de los derechos femeninos.

Pero con la guerra siria, su storydoing personal no cuajó. La crudeza y los peligros de la guerra asfixiaron la voluntad de cambio y desmoronaron el relato personal de Asma. Ante los miles de muertos, hay quienes la creyeron prisionera del régimen, mientras otros afirmaban que ni se inmutaba al conocer la barbarie. Su pasión por los zapatos Loboutine y las múltiples compras son motivo de queja para los opositores, mientras ella viste de negro compartiendo el duelo de los ciudadanos y abre cajas de ayuda humanitaria junto a su marido.

Es esa la fidelidad moral al presidente algo incomprensible para muchos, de lo que no la perdonan. Empezó a aparecer así la decepción hacia una mujer de quien Bashar afirmaba que “cambiaría la visión que el mundo tenía de Siria, y la visión que los sirios tenían del mundo”. Si bien, la decadencia en su imagen se hizo evidente cuando Vogue retiró la famosa portada de la “La rosa del desierto”. “La dama del infierno” era el nuevo apelativo con que la apodaron a la pequeña Emma, verdadera Asma.

Rania, la innovación
pedagógica

“Soy Rania Al Abdullah de Jordania.
Y creo en el poder de la educación
para crear un cambio duradero”.

Ella es símbolo de belleza y elegancia para el mundo de la moda, aunque no es el único legado que dejará en Jordania. Rania pertenece a esa estirpe de mujeres de estética y modales occidentales que se dedica a las causas humanitarias. Con Asma comparte la educación británica y la procedencia emigrante. No es jordana, ni palestina –como sus padres– sino de Kuwait (1970), aunque recorrió toda la parte oriental del Mediterráneo, llegando a estudiar en la Universidad Americana en el Cairo (Egipto).

También la historia personal de Rania, marcada por la innovación y la pedagogía, es lo que le ha permitido perfilar un relato colectivo exitoso con que transformar su Estado. Graduada en Negocios y Administración, pasó a trabajar en el sector de la banca y tecnológico en empresas de prestigio internacional. Con 23 años conoció a su marido, el hoy Rey Abdulá II, figura masculina que la devolvió a sus orígenes –como a Asma–. Este es su mejor amigo y confidente, con quien forma un tándem donde Abdulá Gobierna de facto y Rania trabaja por transformar la sociedad jordana.

Tecnología y educación

“Cada niña y niño jordano, y todos los niños, deben tener acceso no sólo a clases inspiradoras y a planes de estudio modernos, sino también a profesores y tecnología que puedan conectarlos con el mundo y al mundo con ellos”. Así definen sus asesores la mentalidad de la reina Rania en su página web. Precisamente, usa las plataformas online como arma potente para difundir sus proyectos –pues el medio es también mensaje–. Allí cuenta sus hazañas, centradas en la utilización de instituciones civiles y políticas, como el ministerio jordano, una fundación personal, o colaborando con Naciones Unidas y UNICEF con el objetivo de promocionar la innovación educativa.

Pero Rania, madre de cuatro hijos no sólo se involucra en proyectos macro. Su vocación pasa por enseñar, por lo que ha escrito cuentos para niños, como el “Sandwich Swap”, o “Maha de la montaña”. Además, ha sabido aprovechar su institución familiar y matrimonio para la transmisión de un ejemplo a seguir, que difunde en las redes sociales. Conocidas son las imágenes que cuelga en Facebook, Twitter e Instagram, sobre sus viajes, así como escenas con los hijos y el marido en casa, el colegio, o el cine, donde se desprenden valores que calan en la conciencia de los jordanos.

Defensa de lo árabe

“Estas personas están buscando seguridad”. Pero ella no huye de la cultura árabe, al contrario. Con la guerra de Siria, hizo patente otra de sus grandes causas: la voluntad de desestigmatizar el islamismo, así como condenar a “aquellos que lo usan para cometer sus más sangrientas atrocidades”. Por ese motivo, se posicionó claramente a favor de colaborar ayudando a quienes huían del conflicto sirio. Así, ante las imágenes de los bebés muertos en las costas, compareció en la cumbre internacional sobre niños y jóvenes refugiados estimando la financiación necesaria para acogerlos.

Allí, instó al mundo a repartirse la recepción de estas personas, asumiendo su compromiso, pues “Jordania es pequeña en tamaño, pero grande en responsabilidad”, como afirmó. ¿Qué mensajes vamos a enviar a estas personas si no somos capaces de ayudarles? No podemos fallarles”. Una frase, muestra de que todas las causas que emprende y los medios que utiliza para su difusión responden a la voluntad de enseñar –mediante símbolos e instituciones–. Eso, para contribuir al “cambio duradero” y generar un debate sustancial en Jordania, entorno al modelo de país deseado.

Mozah, la marca
institucional

“Creemos que las cosas suceden
porque se diseñan,
no de forma arbitraria.
Y creemos que es nuestro deber
hacer que esas cosas ocurran”

Mozah bint Nasser al-Missned es jequesa de Qatar. Nunca ha desempeñado ningún oficio relacionado con su carrera, la sociología, pero se conoce bien la teoría y mejor la práctica. Ha dedicado su vida a las fundaciones humanitarias de su país e internacionales, labor que le ha granjeado títulos como Honoris Causa en las universidades de Virgina, Texas, Carnegie Mellon, Georgetown o el Imperial College de Londres. Si bien, en Mozah nada es casual –como a ella le gusta resaltar– y ha sabido encontrar en su estética personal una fórmula para proyectar un cambio en el modelo de mujer en su país, y en las instituciones, una posibilidad para positivar la imagen de Qatar.

Ropa icono

“La antigua jequesa entiende la moda como una industria enorme que ofrece grandes oportunidades para las mujeres”. Así definía a Mozah Sandra Wilkins, experta de moda en la Universidad de Virginia. Ella es símbolo de liberación femenina en la zona, y la más atrevida del club de las primeras damas del Golfo –formado por la mujer del emir de Dubai o Abu Dabi–. No lleva el rostro cubierto, aunque sí el pelo con turbante. “No puedo ayudar desde detrás de un velo”, dijo en una ocasión. Ahora bien, sus estilismos oscilan entre recatados y elegantes, con colores fuertes propios de los modistos más reconocidos, sin faltar las joyas más caras, ni el maquillaje.

Sin embargo, ahí asoma la contradicción en ella. No es la única mujer de su marido, pues el anterior jeque de Qatar, Hamad bin Jalifa Al Thani, tiene otras dos esposas más. En el mundo árabe no existe la figura de la “primera dama”, pero podría decirse que Mozah es la primus inter pares –la primera entre sus iguales– por mediática, madre de siete de sus hijos –uno de los cuales es el heredero del emirato, en quien Hamad abdicó en 2013– y porque juntos forman un tándem de poder y dominio.

Control institucional

“Si su alteza no creyera en el derecho de la mujer a participar, yo no habría podido hacer mi labor. Compartimos la misma visión para el futuro de Qatar”. Mozah tuvo que exiliarse de pequeña a Kuwait y Egipto, en tanto que hija de un opositor al régimen de su hoy suegro. Sin embargo, regresó tras la muerte de éste y contrajo matrimonio con el emir. A él le debe la posibilidad de postularse como mujer influente, algo que ha beneficiado a la pareja para “diseñar” una imagen más amable internacionalmente sobre su país, que permita superar la realidad interna.

Esa labor pasa por promocionar instituciones como la Qatar Foundation, que ha impulsado proyectos de educación, ciencia, desarrollo comunitario o deporte. A su vez, preside el Consejo Supremo de Asuntos de la Familia, de la Fundación Árabe para la Democracia y vicepresidenta del Consejo de Educación, habiendo colaborado con la UNESCO o la Alianza de Civilizaciones. Así como en Rania, son las instituciones la arma más potente que emplea para la construcción de la marca país, aunque en la primera asoma más vocación transformadora que proyección internacional.

Lujo y monarquía

De ese modo, las obras sociales son una importante inversión para Qatar, que cuenta con millones de dólares en fondos, derivados de los usos de recursos naturales como el petróleo. Este hecho le ha permitido mantener magníficas relaciones bilaterales con distintas monarquías y mandatarios occidentales. Así, el último hecho destacado entorno a Mozah fue la compra de un palacio en medio de Londres, decorado sin escatimar ni una libra. Eso, y su pasión por adquirir grandes firmas de moda fetiche. Porque en ella nada es casual, y todo es elegido con gusto y precisión.

En consecuencia, son Asma, Rania y Mozah, el ejemplo de tres mujeres capaces de ser independientes y pelear no sólo por ellas, sino también por la educación, el desarrollo social y la infancia. Mujeres de Oriente, aunque también Mujeres de Estado.

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