Por Alberta Pérez, @alberta_pv

Ignacio Galán, presidente de Iberdrola, afirmaba a finales del año pasado, en el Digital Summit organizado por la misma empresa, que la clave para la recuperación económica era combinar la revolución verde con la revolución digital. Digitalización y sostenibilidad, dos objetivos claves que la economía tiene en el punto de mira y cuya presión empuja de alguna forma a la mayor parte de sociedades de este mundo. Pocas están exentas, en este planeta hiperconectado en el que vivimos, de sus influencias. La diferencia está en el prefijo. Entre que esta presión genere esperanza o desesperanza.

Hace ya años que empezó a resonar la denuncia alrededor de la extracción del Coltán, un material necesario para el funcionamiento de muchos aparatos electrónicos de última generación, como los smartphones o prótesis médicas, y cuya extracción ilegal en África (se calcula que el 80% de las reservas minerales se encuentran en la República Democrática del Congo), financiaba armamento, muertes y esclavitud. Recibió el sobrenombre de oro negro por su escasez y múltiples utilidades, convirtiéndolo en un recurso natural altamente codiciado. A día de hoy, países como Australia y Brasil exploran nuevas vías de abastecimiento que no dejen manchas en nuestra conciencia tan difíciles de sacar como las de sangre. De hecho, en 2018 se descubrió en España (concretamente en una aldea de 23 vecinos llamada Viana do Bolo, situada en Ourense), gracias a una investigación del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), la única mina en toda Europa que permite la extracción y sintetización de niobio y tántalo, minerales que conforman el coltán.

Disponer de recursos naturales para abastecer a la industria electrónica se ha convertido en un objetivo estratégico para muchos países. Durante la pandemia hemos vivido de primera mano la presión que implica depender de otros para la obtención de bienes esenciales, y sus golpes colaterales. Con el impulso que la COVID-19 ha dado a la digitalización, aumentando la demanda de ordenadores, tablets o equipos médicos, industrias como la del automóvil en Alemania han sufrido interrupciones en sus cadenas de suministro, por la falta de chips semiconductores. Europa ha visto asomar las orejas al lobo, y según Bloomberg está explorando cómo producir semiconductores avanzados, ya que como declaraba Thierry Breton, comisario de Mercado Interior de la Unión Europea: “Sin una gran capacidad europea en microelectrónica, no habrá soberanía europea nunca”.

Esta preocupación por el autoabastecimiento, es la que más recientemente ha hecho popular el término ‘tierras raras’, nombre común que reciben 17 elementos químicos situados en la parte baja de la tabla periódica, todos ellos útiles para la producción de dispositivos eléctricos sofisticados, como motores eléctricos o turbinas eólicas.

Según El País, China produce el 85% de las tierras raras que utiliza el mundo, lo que supone una baza de gran poder en las negociaciones internacionales. Intereses que salpican a países como Myanmar, sumergido en una sangrienta crisis política, tras el golpe de Estado que sufrió el 1 de febrero. Los manifestantes, que piden la vuelta a la democracia, han quemado tiendas de chinos en Yangon, tal y como informaba el Confidencial, en un movimiento de protesta anti-China que busca boicotear los productos provenientes de este país, tras asumir intereses sucios por parte del gigante oriental, al retomar las negociaciones ahora que los militares han tomado el poder en Myanmar. Es sabido que China se relame por los recursos de los birmanos, entre los que se encuentran las tierras raras. Y es que un mundo verde para todos, no siempre es sinónimo de esperanza.

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