Según refleja el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el indicador de confianza política ha descendido del 58% re­gistrado en el año 2000 a 27,2% en diciembre de 2012. La clase política y los partidos, según este mismo centro demoscópico, es la tercera preocupación de los españoles, sólo superado por el paro y la situación económica. El presidente del Gobierno, Maria­no Rajoy, según el barómetro de octubre del CIS, ha alcanzado la nota mínima en la valoración ciudadana de un presidente desde que se inició la democracia, con un 2,78 sobre 10. El 88% de los españoles desaprueba la forma en que desempeñan sus funciones los políticos, según un sondeo de Metroscopia para El País (diciembre de 2012). Más de 300 políticos españoles están imputados en presuntos casos de corrupción que se despliegan por todo el territorio…

Ante tan desolador panorama (que no es exclusivo de la clase política española sino que se percibe en muchas otras democracias) la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, ha encargado al director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (CEPC), Benigno Pendás, el diseño de una estrategia con la que lavar la imagen de los políticos, reconciliar a los ciudadanos con la clase política y frenar el sentimiento de desconfianza en las instituciones.

Según ha trascendido a través de los medios de comunicación, una de las medidas que se estudia es el fomento de la participación social en la tramitación de proyectos de ley, no una consulta previa -como se hizo con la Ley de Transparencia-, sino en pleno trámite parlamentario, para dar voz a asociaciones y colectivos sociales y que puedan exponer sus ideas a lo largo de la tramitación legislativa. Asimismo, otra de las medidas en estudio consiste en facilitar reuniones entre los diputados y senadores con los electores de su circunscripción.

En principio, antes del verano conoceremos las primeras propuestas para reconciliar a la ciudadanía con sus dirigentes, aunque no parece tarea fácil que se pueda solucionar con unos oportunos toques cosméticos. La crisis reputacional que viene aca­rreando nuestra clase política no es coyuntural, por lo que debemos acudir a la raíz del problema y adoptar respuestas drásticas.

Esperamos que la estrategia de “lavado la imagen” de los políticos no sea sólo una mera campaña de publicidad sino un verdadero plan que recurra a los principios del “Gobierno Abierto”, más transparencia en la acción política y una mayor y mejor comunicación de qué hacen, cómo, cuándo, donde y por qué.

En la situación de crisis en la que nos encontramos necesitamos auténticos líderes, estadistas que trabajen por el bien común. Los ingredientes de la receta para recuperar la confianza en las instituciones y la clase política son sencillos, quizá no lo sea tanto su aplicación: honestidad, ejemplaridad pública y vocación de servicio a la comunidad. Esperemos que aprovechen la oportunidad y no los olviden en su estrategia de lavado de imagen.

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