Belén Agüero

Directora de Investigación en Political Watch

El contexto de crisis en el que nos encontramos ha dejado ya de ser una cuestión puntual. Desde principios del siglo se vienen produciendo una serie de quiebres a nivel económico, social, cultural y ambiental en todos los rincones del planeta. Las razones son múltiples, al igual que los impactos en las vidas de las personas; impactos en su mayoría negativos que han ido sembrando un clima de desconexión y polarización cada vez más grande entre las necesidades que tiene la ciudadanía y las soluciones que se ofrecen desde los gobiernos y las instituciones.

Esta desconexión entre ciudadanía e instituciones democráticas es uno de los resultados más visibles de lo que se viene denominando hace ya tiempo como crisis de la democracia, que tiene entre sus elementos más distintivos la desafección política, la falta de confianza de la ciudadanía en las instituciones, los bajos niveles de participación en procesos electorales, sobre todo entre la población más joven, y los cada vez más altos niveles de polarización, sin olvidar la institucionalización de movimientos políticos de extrema derecha en múltiples países alrededor del mundo.

Estos movimientos -que ya han llegado al gobierno en democracias que se consideraban ‘estables’ como Estados Unidos o Brasil y como pareciera que va a suceder en Argentina en las próximas elecciones- ganan peso aprovechándose de esa insatisfacción generalizada, de ese cansancio de la ciudadanía y de ofrecer soluciones que en apariencia son sencillas y que pasan por criticar al modelo actual y promover la vuelta a un tiempo pasado que siempre fue mejor, en el cual muchos colectivos vulnerables se quedarían, nuevamente, fuera.

Lo interesante de este fenómeno es que incluso en los países en los que han gobernado -Brasil y Estados Unidos como los exponentes más conocidos, pero con otros múltiples casos alrededor del mundo- y a pesar de los impactos negativos que han tenido sus políticas a nivel social y ambiental, vistos especialmente en el contexto de la pandemia de la COVID-19, han conseguido niveles de aceptación lo suficientemente altos entre distintos sectores de la población que les permiten seguir en el escenario político. Esto puede deberse a varios factores, entre los que se encuentran el uso de técnicas de desinformación para sostener sus ideas y defender sus políticas, además de alimentar la polarización en la ciudadanía colocando a muchos colectivos vulnerables como ‘enemigos’ de los valores que dicen defender.

Entender la crisis es el primer paso para plantear soluciones. Existen ya múltiples estudios y encuestas: una de las más recientes, realizada por la Fundación BBVA, muestra que en España el 66% de la población valora positivamente el funcionamiento de la democracia, aunque este dato contrasta con que solo un 14% considera que funciona ‘muy bien’. Además, esta aparente valoración positiva no debería dejarnos tranquilos, ya que esa misma encuesta muestra que el 38% de la población está completamente insatisfecha con el tono del debate entre los líderes políticos y que ese mismo porcentaje de personas no confía en el gobierno nacional.

Existen datos que muestran que este fenómeno no es exclusivo para España: una encuesta realizada a nivel internacional muestra que, en países menos desarrollados, el atractivo por regímenes autoritarios crece, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, donde un 42% de los encuestados no confían en que sus gobiernos actuales sean capaces de resolver sus problemas y mejorar su calidad de vida.

Ante este panorama, la búsqueda de soluciones parece difícil y puede resultar sencillo caer en el pesimismo, sin embargo, ahora más que nunca es necesario reflotar los valores clave de la democracia, dejar de abordarlos como conceptos abstractos y ponerlos sobre la mesa como elementos que deben ser tenidos en cuenta en la reconstrucción de un sistema donde todas las personas puedan sentirse realmente escuchadas y las demandas de colectivos vulnerables no queden fuera. Estos valores no son nuevos, pero sí deben ser mirados desde una nueva perspectiva.

La participación ciudadana, la rendición de cuentas y la transparencia deben estar en el centro de un nuevo modelo de gobernanza que sea capaz de mirar el modelo actual con una perspectiva crítica y planteando cambios reales. Estos cambios requieren de una voluntad política fuerte, puesto que las instituciones democráticas actuales deberán ser el escenario principal donde promover soluciones que recuperen la confianza de la ciudadanía y, especialmente, de las generaciones más jóvenes que han vivido la práctica totalidad de su vida en un sistema que no sienten como propio y en el cual no se sienten escuchados.

El nuevo modelo de gobernanza que surja de esta reflexión debe ser capaz de mirarse al espejo y aprender de las experiencias pasadas, de todo lo que se hizo mal y, sobre todo, que escuche e involucre de manera directa en la creación de soluciones a la ciudadanía. Existen ya modelos y experiencias en distintos países y territorios que muestran que es posible hacer política desde otra perspectiva y de manera realmente participada y transparente.

Hay que encontrar y aprovechar los espacios ya existentes que promueven el encuentro y el debate y, sobre todo, generar canales en los que aquellos sectores históricamente dejados de lado puedan tener un espacio real para hacer oír sus voces: las personas jóvenes, migrantes o racializadas, pero también deben incluirse en estos espacios aquellos sectores de la población más reaccionarios a los gobiernos de corte progresista de los últimos años, que también se sienten dejados de lado y que tienden a posturas políticas más extremas, para asegurar que todas las voces son realmente escuchadas.

La clave probablemente esté en no caer en la repetición o en la búsqueda de soluciones simples, porque no las hay; los debates deben ser tan complejos como los problemas a los que nos enfrentamos como sociedad, sin desmerecer las capacidades de la ciudadanía y el resto de actores que conforman el tejido de la sociedad. Todas las voces deben ser tenidas en cuenta y aportar desde sus espacios para diseñar la democracia del futuro.

Referencias

https://onthinktanks.org/articles/think-tanks-and-forward-thinking-navigating-uncertain-contexts/

https://www.fbbva.es/wp-content/uploads/2023/07/Estudio-FBBVA-sobre-Cultura-Pol%C3%ADtica-2023.pdf

https://www.lavanguardia.com/internacional/20230912/9209491/jovenes-pierden-confianza-democracia.html

https://www.opensocietyfoundations.org/uploads/e6cd5a09-cd19-4587-aa06-368d3fc78917/open-society-barometer-can-democracy-deliver-20230911.pdf

https://research-and-innovation.ec.europa.eu/knowledge-publications-tools-and-data/publications/all-publications/past-present-and-future-democracy_en

https://www.opengovpartnership.org/es/parliaments-in-ogp-recommendations/

https://alertas.directoriolegislativo.org/wp-content/uploads/2022/11/informe-final-OPEN-PDF.pdf

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