Por Lorena Arraiz Rodríguez, @lorenarraiz, periodista y asesora de comunicación

Son muchas las formas de gobierno que, a lo largo de la historia, nos han enseñado a los ciudadanos distintas maneras de relacionarnos con nuestros políticos. Las formas de gobierno que se han desarrollado desde la polis hasta nuestros tiempos han sido muchas, muy variadas y su clasificación ha respondido, en líneas generales, a diversas aspectos.

En primer lugar, el carácter electivo -o no- de la jefatura de Estado, que define una clasificación entre repúblicas (electiva) y monarquías (no electiva). En segundo lugar, el grado de libertad, pluralismo y participación política define otra clasificación entre sistemas democráticos autoritarios y totalitarios. Esta última depende de su grado de permisividad en el ejercicio de la discrepancia y la oposición política o si niegan más o menos radicalmente la posibilidad de disidencia, estableciendo un régimen de partido único o distintos tipos de regímenes excepcionales, como las dictaduras o las juntas militares.

En tercer lugar, podríamos hablar del sistema electoral por el que los sistemas participativos expresan la voluntad popular, que puede ser a través de una democracia directa o asamblearia, una democracia indirecta o representativa, sufragio censitario o restringido, sufragio universal masculino o de ambos sexos, determinaciones de la mayoría de edad, segregación racial, inclusión o no de los inmigrantes y otros aspectos clasificatorios de esta índole.

En cuarto lugar, podríamos apuntar a una clasificación según la relación existente entre la jefatura del Estado, el Gobierno y el Parlamento. En ese caso hablamos de presidencialismos y parlamentarismos, con muchos grados o formas mixtas entre uno y otro.

Ahora bien, ¿nos hemos detenido a cuestionar cómo es la forma de gobierno según la relación políticos-ciudadanos?

En la actualidad, los sistemas democráticos se encuentran en un proceso de transformación natural debido a los cambios propios de la sociedad global. En el escenario político, hoy aparecen, cada vez con más fuerza, nuevos actores y movimientos que reflejan nuevas demandas y exigencias políticas y sociales de los ciudadanos. Las necesidades y preocupaciones de la sociedad, en gran medida, han cambiado y, aunque muchas veces los problemas continúan siendo los mismos que hace dos o tres décadas, las formas en cómo se manifiestan socialmente y cómo se transmiten al sistema político, son diferentes.

En este sentido, hace falta recordar que los partidos políticos tradicionales nacieron, en su mayoría, durante la postguerra. Por ello es evidente que sus objetivos y funcionamiento se muestran ahora obsoletos, carentes de un hilo conductor que les permita acercarse a los ciudadanos de manera más auténtica, menos bélica, menos autoritaria y más comprensiva. Políticos y ciudadanos estamos llamados a resignificar el Humanismo europeo de los siglos XIV y XV, a fin de conseguir establecer nuevos vínculos, más sanos, más libres, más eficientes y por supuesto, más humanos. Pero para ello se hace imperativo recordar que la esencia de aquel humanismo renacentista sigue siendo la misma: basar nuestras necesidades, vínculos y decisiones en los valores humanos esenciales y no en los intereses del ego de unos y otros.

¿En qué momento hemos olvidado la verdadera esencia de la política?

Las circunstancias que dieron origen y fuerza a los partidos políticos en sus inicios son diferentes ahora y esto ha modificado la relación entre dichas organizaciones y los ciudadanos, y entre estos y el sistema político. Este proceso ha venido acompañado de la emergencia de nuevos actores, como son las organizaciones no gubernamentales (ONG), los movimientos sociales o los medios de comunicación, entre otros, que han abierto los caminos de las relaciones políticas dentro de las democracias, dándoles un sentido diferente al inicial.

Ahora bien, estos cambios y transformaciones, ¿hacia dónde apuntan? Bueno, igual la pregunta, más bien, debería ser, ¿hacia dónde deberían apuntar? Porque hemos visto ya dos décadas de un siglo que se inclina a reforzar el surgimiento de las nuevas tecnologías -ya no tan nuevas, por supuesto- al servicio de las sociedades modernas. Pero en cambio, ese valor se ha desvirtuado y esas tecnologías se han utilizado, en algunos casos emblemáticos, para alcanzar más poder y no para solucionar más problemas.

¿En qué momento se ha perdido el norte de la humanización de la política? ¿En qué momento hemos olvidado la verdadera esencia de la política? ¿En qué momento los ciudadanos dejamos de exigir nuestros derechos, para esperar soluciones milagrosas, mesiánicas, paternalistas, a nuestros problemas cada vez más personales?

¿De quién es la responsabilidad?

Como en cualquier relación tóxica, cada uno de los dos integrantes de la ecuación tiene un 50% de responsabilidad en el fracaso o éxito de la misma. La dependencia no solo se genera porque uno depende del otro sino porque el otro se hace imprescindible para que ese vínculo de dependencia continúe su (no)funcionamiento.

Lo mismo ocurre en la política. En el momento en el que el Estado paternalista se muestra imprescindible y le cuenta a sus ciudadanos-hijos la historia de que no pueden surgir, crecer o evolucionar sin la ayuda de ‘papá Estado’, allí ya se está creando una relación de dependencia difícil de gestionar más adelante.

¿Cómo podemos transformar esa relación? Con consciencia ciudadana. Haciéndonos cargo cada uno de su 50%.

Esa es una de las formas de relación tóxica entre los políticos/gobernantes y los ciudadanos. Pero incluso este vínculo se ha venido transformando y ahora los ciudadanos no solo dependen del Estado paternalista para su manutención -cosa que sigue ocurriendo en las democracias débiles o en los regímenes autoritarios disfrazados de democracia- sino que, además, o en cambio, se ha creado una relación de dependencia que mina la moral y las luces, como diría el Libertador de América, Simón Bolívar.

Así que la responsabilidad del fracaso de estos vínculos no es de uno o de otro sino de ambos actores. ¿Cómo podemos transformar esa relación? Con consciencia ciudadana. Haciéndonos cargo cada uno de su 50%. Educando a la sociedad de forma individual y colectiva. Y se está haciendo pero hace falta más. Visibilizar los movimientos sociales o políticos que pretenden integrar a los distintos colectivos es parte importante de este proceso de transformación.

De este modo, la cultura política que nace en torno a los partidos y en respaldo a ellos, toma forma en un nuevo escenario político aún en construcción. Y solo si s­omos capace­s de integrar todas las visiones podremos crear relaciones más sanas, más auténticas y más efectivas. Y eso comienza por la necesidad de modificar las percepciones y prácticas de los ciudadanos frente al ámbito político, entendiendo que, actualmente, los partidos han dejado de ser el eje central de la comunicación entre la ciudadanía y el sistema político. Esta visión es fundamental para entender los procesos de transición y consolidación de la democracia, así como la configuración o no de una nueva cultura política.

Rescatando el humanismo

Volvamos sobre la idea del Humanismo como corriente filosófica que nos permita relacionarnos de forma más sana como personas y como sociedades. Si nos basamos en tres de los principios básicos del humanismo, podríamos hacer una nueva guía para una relación sana entre políticos y ciudadanos.

1.- La persona es más que la suma de sus partes. Esto parece muy básico y lo es. ¿Cómo incluirlo en el contexto político? Imaginemos que los políticos dejan de ver a cada persona como un votante. El derecho -y deber- del voto es tan solo una parte del ser humano que se desenvuelve en un contexto democrático. No lo es todo. Si se aplicase con mayor frecuencia, dejaríamos de ver campañas electorales que basan su discurso en promesas incapaces de ser cumplidas o en frases hechas que suenan bien pero que no dicen nada. Comenzaríamos a ver personas comunicándose, genuinamente, con personas. Desde la vulnerabilidad, no desde la superioridad. Desde la naturalidad de compartir los mismos miedos, las mismas necesidades, las mismas frustraciones, las mismas preocupaciones básicas y la misma posibilidad de evolucionar.

2.- Las personas tenemos capacidad de elección. Otro postulado que parece básico y que también lo es. Esto no es otra cosa que tener la consciencia -tanto los políticos como los ciudadanos- de que unos y otros podemos tomar decisiones racionales y/o emocionales, basadas en la experiencia, las necesidades y los valores humanos que nos mueven. Hasta ahora, en la mayoría de las ocasiones -no diremos que todas- hemos visto que, por una parte, los políticos suelen pensar que los ciudadanos son un rebaño que se deja llevar a pastar, sin importar nada más. Por ende, son incapaces de tomar una decisión racional sobre su voto y posteriormente, sobre el ejercicio de su ciudadanía.

Es por ello que los discursos y las acciones de los políticos y gobernantes suelen estar tan distanciados. Ese menosprecio a la capacidad racional de los ciudadanos y la casi total ignorancia de sus necesidades emocionales y humanas hace que, a su vez, los ciudadanos consideren que los políticos son distantes, interesados, mentirosos o corruptos, por decir lo menos. Si tomamos consciencia de que todos tenemos capacidad de elección, todos estos postulados podrían ser tan solo un mal recuerdo y podríamos avanzar hacia una relación político-ciudadano más humana, honesta y efectiva.

3.- El ser humano es intencional en sus propósitos, sus experiencias valorativas, su creatividad y la comprensión de significados. Tres cuartos más de lo mismo. ¿Se piensa en el propósito cuando se habla de política? Nunca. Bueno, vale. Casi nunca. ¿Cuál es el propósito de un político? ¿Tener el poder por el poder? Y, ¿cuál es el propósito de un ciudadano? ¿Que alguien le resuelva los problemas? Ninguna de las dos respuestas es correcta pero son las que solemos darnos. ¿Qué pasaría si, en lugar de esto, nos dijéramos otra cosa, si cambiamos el discurso de fuera hacia adentro, por un discurso más de dentro hacia afuera? Me explico, que sé que suena muy místico. Y lo voy a explicar con una historia de la vida real.

Hace un tiempo, dirigiendo la comunicación de una campaña electoral municipal y autonómica, pregunté a uno de los candidatos con los que estaba trabajando: ¿Por qué quiere usted ser alcalde? Es la primera pregunta que le hago a todos mis clientes porque eso me da una idea de con quién estoy trabajando, sus principios, su idea de la política y los valores que lo motivan. La primera respuesta fue bastante ‘elaborada’. Quizás se confundió y pensó que estaba en un plató de televisión. Utilizó todas las herramientas de storytelling que conocía, dio su mejor discurs­o electoral, perfectamente estructurado y muy bien hilado. Le aplaudí. Le dije que ganaba el debate (el que él se había imaginado al comenzar a responderme) pero que no se ganaba mi voto (que era lo peor para él). Ni conseguía motivarme lo suficiente como para que yo dirigiera la comunicación de su campaña (que era lo peor para mí). Me miró desconcertado y tragó grueso. Sonreí para minimizar el impacto y para hacerle sentir que no pasaba nada. Pero sí pasaba. Pasaba que yo no quería el discurso aprendido, ensayado, ni televisado. Yo quería su verdad. Y la gente no está acostumbrada a que le pregunten su verdad. Ni a hablar de ella, naturalmente.

Le volví a hacer la pregunta, mirándolo a los ojos, intentando inspirarle la confianza suficiente para que cerrara el manual que había abierto en su mente en la primera respuesta y me hablara desde otro lugar. Pasaron unos 30 segundos en silencio -tampoco estamos acostumbrados a sostener el silencio-, respiró profundo, tragó grueso -de nuevo- y con la voz quebrada me contestó: “Porque mi padre fue alcalde y también mi abuelo. Yo no puedo decepcionarlos”. Y bajó la mirada. Y entonces supe que no me había respondido el hombre adulto, con un discurso impecable, una carrera promisoria, un partido que lo respaldaba, unas encuestas a favor y unos ideales muy marcados. Me había respondido el niño herido, en busca de aprobación y afecto, con unas ansias agobiantes de no decepcionar a su padre. Se mostró vulnerable. Y solo entonces pudimos comenzar a trabajar.

Todos tenemos un niño herido por dentro. Todos tenemos dolore­s, alegrías, traumas, mochilas y peregrinajes que nos pesan una barbaridad. Nos pasamos la vida intentando ocultar eso, por miedo a mostrarnos vulnerables y que nos impida alcanzar nuestros objetivos profesionales. Y áreas como la política nos parece que no son las más adecuadas para dejar salir a ese niño herido porque, por supuesto, si estamos hablando de un Estado paternalista, ese padre no puede ser, a su vez, el hijo. Pero resulta que sí, que somos todo a la vez porque esa es la esencia del ser humano. No estoy diciendo que los políticos deben ahora dar discursos infantiles (que también se han visto casos) ni pelearse por quién patea más duro el balón (que también hemos visto muchos casos). Estoy diciendo -déjenme aclararlo, por si hiciera falta- que el ser humano solo puede ver la vida a través del cristal de su propia experiencia, de su percepción, de sus dolores, de sus miedos, de su vulnerabilidad. E intentar ocultar eso por mostrarnos más fuertes, para alcanzar un objetivo, no es -ni remotamente- lo mismo que tener un propósito.

Para construir sociedades más humanas solo hay una vía: ser cada día más humanos, más conscientes de lo que sentimos, de lo que somos, rescatar los valores que nos sostienen como personas y como sociedad y, a partir de allí, ser empíricos, compasivos, honestos. Todo lo demás, es una relación tóxica con nosotros mismos y con todo lo que hagamos. Sea votar o pedir que nos voten. Sea amar o implorar que nos amen. Porque eso es lo que hacemos constantemente, ¿no?

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