Por Sarai Fernández, @indaloazul Consultora de comunicación

Dice un proverbio irlandés que muchas cosas pequeñas, hechas por gente pequeña, en muchos lugares pequeños pueden cambiar el mundo. Por eso, un simple gesto como apagar o encender la televisión, puede tener consecuencias decisivas. Ya lo vimos con el boicot al programa “La Noria” en 2011.

A principios de marzo hemos visto un nuevo ejemplo de protesta ciudadana por la presentación de una propuesta en el Congreso de los Diputados para la eliminación de la emisión de ritos religiosos en la televisión pública, cuyo objetivo era evitar la discriminación ante la pluralidad de creencias religiosas del país. Pero implicaba la eliminación de la emisión semanal de la Santa Misa, que se realiza cada domingo en La 2 de TVE, y la respuesta ciudadana no se hizo esperar: inicio de petición en Change.org, cadena de mensajes en Whatsapp e intervenciones de influencers hicieron que las redes sociales comenzasen a arder.

Los partidarios de que la retransmisión semanal de la Santa Misa se mantuviese animaron a sintonizar en masa el culto en su siguiente retransmisión. Argumentos a favor y en contra se cruzaban y, como hemos visto en muchas otras ocasiones, el debate acabó saltando del mundo online a los medios de comunicación tradicionales, lo que no hizo más que dar mayor difusión a la protesta. Resultado: el programa consiguió una media de 1.217.000 espectadores, un 21,3% de cuota, lo que supone el triple de su audiencia habitual, llegando a ser la emisión con más share de toda la televisión en ese domingo.

El hecho de que en esta ocasión la audiencia se haya triplicado supone que muchas personas que habitualmente no ven el programa han optado por realizar un gesto que deja constancia de su opinión ante una posible decisión política, es decir, han actuado para defender sus intereses. Aunque en España la Iglesia ha tenido tradicionalmente un gran poder de movilización, no es menos cierto que en los últimos años ha perdido influencia social. Y, sin embargo, varios miles de ciudadanos han acabado tomando parte en el asunto.

También es cierto que no son pocos quienes critican el activismo de sofá y que consideran que para lograr resultados no es suficiente con firmar peticiones online, dar likes a campañas o reenviar cadenas por Whatsapp, y que las campañas digitales sólo sirven para limpiar conciencias. Pero lo que esta iniciativa ha demostrado es que cuando la implicación que se pide es mínima, la población acaba dando un paso más y no sólo está dispuesta a difundir información sino a realizar acciones que tengan un resultado tangible.

En ocasiones, estos pequeños gestos, multiplicados por las redes sociales, se convierten en acción política colectiva, con un impacto social relevante y consiguen incidir en la esfera pública. La cuestión está en su sencillez: son fáciles de llevar a cabo, gratuitos y no requieren un gran compromiso, puesto que no interfieren con el día a día del “protestante”. Ya se puede influir sin moverse de casa. Pequeñas cosas, hechas en lugares pequeños, por gente pequeña. Pero que pueden cambiar mundos.

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