Por Max Trejo @MaxTrejo Secretario General Organismo Internacional de Juventud para Iberoamérica (OIJ).

El mundo está cambiando y las juventudes cambian con él. Estamos presenciando transformaciones que superan con creces nuestra capacidad de analizarlas, más aún de predecirlas (Naím, 2013); transformaciones que tienen en las generaciones más jóvenes sus mejores canales de experimentación y expresión. Sin embargo, a pesar de la centralidad que las y los jóvenes tienen en la realización y comprensión del escenario contemporáneo, aún nos queda camino por andar en su reconocimiento público como protagonistas del cambio político, económico y cultural.

Sí, las personas jóvenes son asumidas como consumidoras importantes para las grandes empresas, pero en su mayoría éstas siguen siendo dirigidas por otras generaciones. Sí, las personas jóvenes son valoradas por su alto potencial creativo, pero las industrias culturales y creativas aún no les posicionan en el centro de la producción. Sí, las personas jóvenes representan porcentajes cada vez mayores de la población electoral, pero son enormes los obstáculos que encuentran para ejercer sus liderazgos.

En este marco, la generación joven más preparada de la historia está lista para asumir el reto de dirigir los asuntos públicos de nuestras sociedades, pero la asimilación al mundo político se da de forma accidentada. Líderes sociales son reprimidos. Las ideas no son canalizadas, las propuestas no son discutidas. Existe un divorcio claro entre nuestro potencial como región y lo que estamos haciendo para alcanzarlo. Estamos hablando del desaprovechamiento de las capacidades de una gran parte de las más de 160 millones de personas jóvenes iberoamericanas, quienes no encuentran la forma de contribuir al proyecto de desarrollo de sus países.

La política suele resultar un tema indiferente para las personas jóvenes en la mayoría de los países consultados

El énfasis en la explicación de esta situación se suele poner en los gobernantes y sus percepciones, desde un foco adultocéntrico con el que se suele definir a las personas jóvenes como egocéntricas, carentes de experiencia, desconocedoras de la realidad política e indiferentes (Benedicto, 2008). De esta manera, las iniciativas que se activan para acercarles al mundo político se proponen de arriba hacia abajo, asumiéndoles como una tábula rasa dispuesta a absorber los valores y creencias necesarios para su desempeño en sociedad y desconociendo su real agencia política y su profunda capacidad de acción.

Dicho esto, no debe pensarse que el panorama de las políticas públicas en juventud es desolador. Los gobiernos nacionales y subnacionales se encuentran en un proceso de aprendizaje permanente. Asimismo, son innegables los avances logrados en las últimas décadas en temas de educación y acceso a servicios públicos. Es solamente que debemos reconocer los desafíos que enfrentamos para lograr superarlos con éxito; desafíos relacionados con inclusión social, calidad educativa, incorporación laboral, protección social (Organización Iberoamericana de Juventud, 2014) y, especialmente, con una mayor implicación de las juventudes en los asuntos públicos. Porque una cosa debe quedar en claro: las personas jóvenes no son un papel vacío, tienen sueños, ambiciones e ideas que aportan bienestar; quieren ser escuchadas y que se les incorpore en la realización, a decir de Ortega y Gasset, de los proyectos de vida en común.

No quiere decir esto que las personas jóvenes sean apolíticas, sino que son más reacias a participar en clave tradicional, lo cual parece ser una tendencia global

Por parte de las personas jóvenes, también hace falta hacer algo de autocrítica. No se puede negar que desde algunos gobiernos se hacen esfuerzos para escucharlas, para ofrecerles oportunidades de participación. Aunque estos esfuerzos parecen llegar solo a una pequeña parte. Primero, porque la política tiene el riesgo permanente de convertirse en un asunto oligárquico y quienes se involucran en ella, de convertirse en parte orgánica de los sistemas establecidos de participación; así, hasta cierto punto, las y los jóvenes en política se hacen partícipes del proceso que renueva la ley de hierro de la oligarquía enunciada por Michels (2010).

Además, salvo cercanías familiares que les impregnan del interés por los asuntos públicos, las juventudes ven con desconfianza el mundo de la política (BID, 2013). No es casualidad, por ejemplo, que en los estudios que lleva a cabo Latinobarómetro, la política suele resultar un tema indiferente para las personas jóvenes en la mayoría de los países consultados (Latinobarómetro, 2018). Esta indiferencia a veces se transforma en rechazo a la democracia como sistema de gobierno (2018, pág. 22), lo cual es muestra de una interpretación mitificadora de la supuesta efectividad de los regímenes dictatoriales o de un desencanto generalizado con las opciones políticas y sus soluciones.

Lo cierto es que la verdadera distinción del lenguaje y accionar público debe colocar la reflexión en el corazón de la política

No quiere decir esto que las personas jóvenes sean apolíticas, sino que son más reacias a participar en clave tradicional, lo cual parece ser una tendencia global (Wike, Simmons, Stokes, & Fetterolf, 2017). Específicamente, este rechazo parece orientarse a los liderazgos políticos de siempre y la política partidista (Arias, 2014). Es decir, las ideas juveniles sobre la realidad social y sobre cómo se podrían mejorar las cosas o cómo debería administrase la cosa pública existen, se activan en diferentes escenarios y deben ser escuchadas con atención. Lo que sucede es que ellas y ellos no están dispuestos a participar en algo que consideran agotado y sinónimo de corrupción.

El peligro de esta situación se puede resumir en aquella frase de botar al niño con el agua sucia de la bañera. Si las tendencias en el rechazo a los partidos, los políticos y la política en general se mantienen, nuestras incipientes democracias corren el riesgo de entrar en un proceso de descomposición profunda. Prejuicios y desesperanzas pueden arraigar y granjear apoyos a liderazgos nocivos para la garantía de las libertades y los derechos humanos. La alternativa, recordémoslo, son las dictaduras que tantas penas causaron a algunos países, aunque hoy puedan vestirse de forma distinta.

Por ello, la política debe ser rescatada. Gobiernos, personas y partidos debemos recuperar la esencia de este noble oficio, no con fórmulas desgastadas, sino con nuevas maneras de implicar a la ciudadanía. El dilema no es innovar o perder, sino innovar o desaparecer. Así que no debe extrañarnos que este nuevo ciclo político que está viviendo la región iberoamericana impulse transformaciones en los sistemas de partidos. Probablemente, hoy solo vemos la punta del iceberg.

Hace poco, los partidos eran entidades proactivas en la preparación política de las personas jóvenes.
En las universidades, en los concejos ciudadanos e incluso en las asambleas de vecinos, era común encontrar entre la multitud a cuadros jóvenes orgullosos de su participación en los partidos. Esto comenzó a cambiar conforme la política cobró un cariz más técnico. Los fines parecían únicos, compartidos, o al menos así fue percibido por las personas, no solamente jóvenes. Pero hemos de superar esa lógica perniciosa, puesto que, a decir de Isaiah Berlin (2017), allí donde los fines están acordados, los problemas ya no son políticos sino técnicos. La discusión política pasa entonces a convertirse en un diálogo de sordos. La techne tiene otras lógicas, otros procesos. A la técnica poco le importan las opiniones. Las personas pasan a ser cifras y las cifras tienen un matiz impersonal, daltónico a las realidades particulares.

A fin de cuentas, si estamos ante problemas de gestión pública, todo lo que se requiere es encontrar la fórmula adecuada. Poco importan el debate, las ideas y los sentimientos. La fría racionalidad se hace implacable. No es casual que muchas personas jóvenes perciban a la política como distante, poco transparente y corrupta. Mientras el discurso se centra en la mejora de las condiciones de las personas, la realidad de las acciones se percibe contraproducente. La clave puede estar en saber diferenciar aquello que requiere una respuesta técnica de aquello que necesita un abordaje deliberativo.

Una de las respuestas recientes coloca el foco de atención sobre esa nueva camada de liderazgos que parecen representar una nueva política, contraponiéndose a lo que definen como la vieja política. Liderazgos carismáticos frente a maquinarias partidistas, jóvenes contra viejos, redes sociales contra la prensa. Lo nuevo, como bueno; lo viejo, como malo. Pero aquí surge una verdad que, aunque parece evidente, nunca debe dejarse de lado: no todo lo nuevo es bueno, ni todo lo viejo malo. Lo cierto es que la verdadera distinción del lenguaje y accionar público debe colocar la reflexión en el corazón de la política. En su esencia. En su capacidad de construir a partir del disenso y el acuerdo.

Las y los jóvenes ya están familiarizados con el entorno digital, así que hay que fortalecer esta relación en clave política

Para ello, hace falta retornar a las buenas prácticas, incorporando sin miedo otras nuevas. Se habla hoy de la enorme influencia de las redes sociales, pero poco se comenta sobre las nuevas oportunidades de participación que estas abren. La democracia puede estar al alcance de un clic. Se trata de la posibilidad de tener democracias participativas en las que las diferentes agrupaciones sociales puedan tomar decisiones por sí mismas. Las y los jóvenes ya están familiarizados con el entorno digital, así que hay que fortalecer esta relación en clave política. Hoy, millones de jóvenes deciden millones de cosas a través de mensajes de texto instantáneos, comentan qué película ver en el cine, debaten y acuerdan. En un futuro cercano, existirá la posibilidad de votar y refrendar decisiones políticas importantes desde el teléfono móvil.

No es asunto baladí, puesto que una de las cosas más extenuantes de la política es lo absorbente que puede resultar para quienes se involucran en ella. También existen múltiples aplicaciones de gobierno abierto, e incluso de participación social, que algunos partidos y gobiernos locales están colocando a disposición de la ciudadanía. Si bien es cierto que el uso de internet no se encuentra generalizado en muchos países iberoamericanos, sí que cada vez es más común ver una mayor penetración del acceso a internet en los sitios más recónditos. Y, con ella, la participación directa a través de aplicaciones puede parecer utópica, pero está ganando espacios y adeptos en todo el planeta.

No quiere decir que vayamos a adoptar la toma de decisiones en clave digital como piedra filosofal. Sería ingenuo confiar en que todos los problemas de participación se resolverían de esa manera. Incluso, las nuevas tecnologías conllevan también otros desafíos que no vienen al caso en este momento. Pero lo que no puede negarse es que la política hoy se encuentra en un nivel de descrédito que es preciso abordar. Jóvenes, políticos y gobiernos somos parte del problema y también de la solución.

Por ello, desde el Organismo Internacional de Juventud para Iberoamérica, tenemos la firme convicción de que podemos hacer más. Y lo estamos haciendo a través de un conjunto de acciones orientadas a promover una mayor y mejor participación de las personas jóvenes en la política. Así, en el marco de la estrategia Pacto Juventud 2030, aprobada por la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de 2018 para vincular los 24 acuerdos del Pacto Iberoamericano de Juventud con la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, iniciamos el Parlamento Iberoamericano Juvenil para impulsar el liderazgo juvenil en la conducción de los asuntos públicos, promoviendo el debate plural y la concertación de iniciativas parlamentarias; dado que se articula a través de los Parlamentos Nacionales, este programa aporta a la confianza de las y los jóvenes en sus instituciones, a la vez que les permite experimentar, de primera mano, los avatares de la función legislativa.

La política hoy se encuentra en un nivel de descrédito que es preciso abordar. Jóvenes, políticos y gobiernos somos parte del problema y también de la solución

Por otro lado, el programa Generación 2030, concebido como un espacio de formación e intercambio del más alto nivel, suma a nuestro propósito de contribuir de forma decisiva a transformar la realidad de las y los jóvenes en los 21 países iberoamericanos. En efecto, con una fase online y una fase presencial, durante 2019, 42 jóvenes líderes de la región tendrán la oportunidad de prepararse y discutir ideas de vanguardia de la mano de expertos en áreas fundamentales relacionadas con el gobierno, la democracia y la agenda contemporánea de juventud.

Sabemos que la participación en sí no tiene por qué ser suficiente. No olvidemos que esa masificación de finales del siglo XIX y principios del XX produjo la democratización de bienes y servicios (Ortega y Gasset, 2014), pero también sociedades que eran proclives a la demagogia y los autoritarismos. Así que reconocemos la importancia de las buenas ideas en la política porque en la política las buenas ideas generan prosperidad.

Nuestro objetivo es claro: contribuir a la formación de habilidades, pero también a la acción. A una acción que combine la protesta con la propuesta. Hoy, en este mundo de posverdades, ya se habla de la post política para reflexionar críticamente sobre la necesidad y posibilidades de supervivencia de las organizaciones partidistas. En OIJ nos preocupa un aspecto adicional: necesitamos superar la prisa actual que coloca a la foto o el tuit de último momento por encima de la reflexión y deliberación. Necesitamos rescatar la política con ideas fuertes, frescas y rompedoras que quiebren estos tiempos de turbopolítica centrados en la inmediatez y en los resultados exprés. Necesitamos restaurar la fuerza de las ideas, de las buenas ideas, para avanzar con un paso más firme hacia sociedades con bienestar fundamentadas en la igualdad.

En Iberoamérica tenemos el potencial joven para lograrlo. Es nuestra responsabilidad brindar las condiciones para que este se exprese a la máxima potencia. Articulando ideas, complementando acciones y estrechando los lazos de cooperación entre gobiernos, sociedad civil, sector privado, academia y cooperación internacional para que las y los jóvenes se posicionen, como verdaderos protagonistas del cambio, en el centro de la agenda pública.

Bibliografía

Arias, J. (25 de Febrero de 2014). ¿Por qué la política está perdiendo a los jóvenes? Madrid, Madrid, España. Obtenido de https://elpais.com/internacional/2014/02/25/actualidad/1393358639_000137.html

Benedicto, J. (Junio de 2008). La juventud frente a la política: ¿desenganchada, escéptica, alternativa o las tres cosas a la vez? Obtenido de INJUVE: http://www.injuve.es/sites/default/files/documentos-1.pdf

Berlin, I. (2017). Sobre la libertad. Madrid: Alianza Editorial.

BID. (2013). 1ra encuesta iberoamericana de juventudes. Madrid: BID.

Latinobarómetro. (9 de Noviembre de 2018). Informe 2018. Obtenido de Latinobarómetro: http://www.latinobarometro.org/latdocs/INFORME_2018_LATINOBAROMETRO.pdf

Michels, R. (2010). Los partidos políticos (Vol. I y II). Madrid: Amorrortu.

Naím, M. (2013). El fin del poder. Barcelona: DEBATE.
Organización Iberoamericana de Juventud. (2014). Invertir para transformar. México D. F.: UNAM.

Ortega y Gasset, J. (2014). La rebelión de las masas. Madrid: Alianza.

Prieto Figueroa, L. B. (2006). El Estado docente. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho.

Ruiz Robles, J. (2016). La reforma educativa del gobierno de la fuerza armada del Perú: 1972-1980. Madrid: Universidad Complutense.

Torres Hernández, A. (18 de Marzo de 2015). Juárez y la libertad de enseñanza. Obtenido de MILENIO: https://www.milenio.com/opinion/alfonso-torres-hernandez/apuntes-pedagogicos/juarez-y-la-libertad-de-ensenanza

Wike, R., Simmons, K., Stokes, B., & Fetterolf, J. (16 de October de 2017). Globally, Broad Support for Representative and Direct Democracy. Obtenido de Pew Research Center: http://www.pewglobal.org/2017/10/16/globally-broad-support-for-representative-and-direct-democracy/

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