Por Alberta Pérez, @alberta_pv

Desde el punto de vista práctico, por lo menos en España, septiembre podría ser el primer mes del año. Deberíamos celebrar el año nuevo el 31 de agosto, antes de que todo el mundo retorne oficialmente a los horarios, las obligaciones, a reorganizarse, antes de volver a esquematizar la realidad basándose en objetivos… El que puede, comienza sus vacaciones de verano dejándolo todo atrás. Atraviesa la puerta tras su última jornada laboral casi a cámara lenta, con los ojos brillantes y pensando que cualquier problema que se cruce en su camino es un problema de su yo del futuro. Es una sensación parecida a lo que cantan los Hombres G: «Sé que tengo algunos enemigos, pero esta noche no podrán contar conmigo». No hay vacaciones sin un ‘merecidas’ que las acompañe.

Según los psicólogos, el descanso de las vacaciones ayuda al organismo a reparar los daños generados por la ansiedad y el aumento de cortisol. Incluso refuerza el autoconcepto y la autoestima, aumenta la creatividad y desbloquea la mente, estimulando la capacidad de juicio y decisión. Las vacaciones son la recompensa por el esfuerzo, es un tiempo necesario y beneficioso no solo para nosotros, sino para los que tienen que aguantarnos durante el año, ya que también nos ayuda a mejorar nuestro estado anímico. En política, sin embargo, la época vacacional brinda la oportunidad de utilizarse (como todo) para hacer campaña. Cierto es que desconectar siendo dirigente de un país no parece tarea fácil, y menos hoy en día cuando ya no se sabe qué es más complicado, si lograr la desconexión digital o la desconexión psicológica (conseguir ambas debe ser lo más parecido a alcanzar el Nirvana). Muchos son los políticos que comparten sus actividades y destinos vacacionales en redes, o incluso que generan discusiones por Twitter, en lo que casi podría denominarse una competencia desleal frente a aquello oponentes de partido que desaparecen en la penumbra del descanso.

Alardear de vacaciones es un arma de doble filo. Primero por lo que exponía anteriormente: aunque pueda humanizar la imagen de los políticos, si es un tiempo de reposo y desahogo, que lo sea. Sospechoso me parece, también, que no lo necesiten como agua de mayo. Además, en la balanza de lo personal y lo profesional, ¿realmente ese post de Instagram recomendando el turismo local con una foto tuya en la catedral de Santiago es necesaria? ¿No es, a su vez, publicidad engañosa hablar de vacaciones mientras trabajas? ¿Dónde se traza la línea entre predicar con el ejemplo y creerse influencer? ¿Qué opinan tus hijos de que no dejes el móvil ni para comer?

Por otra parte, existe una exigencia social más o menos explícita, que parece no permitir a los políticos tomarse un respiro. Esto es un argumento que suele acompañarse de la frase: «Con la que está cayendo». Probablemente una de las frases más versátiles de la historia. De hecho, tristemente, podríamos utilizarla durante cualquier verano. A su vez, desde el latigazo, entiendo esta rabieta como una declaración de admiración y veneración. Es una declaración de amor encubierta de odio que realmente dice: no me dejes, por favor, no creo que pueda sobrevivir dos semanas sin ti. Como si los responsables de que un país funcione pudiesen contarse con los dedos de una mano y fuesen justo los que te enseñan en la televisión.

Me pregunto si es solo algo personal, o por el contrario los dirigentes políticos también se plantean (al menos) una vez al año el dejarlo todo para irse a vender mojitos a una playa.

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