Por Rosana Hernández Nieto @Rosanahn Licenciada en Filología Hispánica y Comunicación Audiovisual. Doctoranda en la Universidad de Salamanca.

Cualquier manual o artículo sobre comunicación electoral repite hasta la saciedad que una campaña consiste en la construcción de un relato: Vladimir Propp y su Morfología del cuento en estado puro. Existe un héroe y un falso héroe. El héroe tiene una misión que llevar a cabo y, en el camino, tendrá que enfrentar múltiples dificultades. Al final, el falso héroe será desenmascarado.

Si se acepta que una campaña electoral es un relato, un cuento, entonces poseerá las características propias de este tipo de narración. Los cuentos no son veraces: son verosímiles. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española en 2004, decía Álvaro Pombo que “… en la noción de verdad se da adecuación entre el entendimiento y la cosa, cuanto más estricta mejor, mientras que en la noción de verosimilitud se da un tipo de adecuación ligera o flotante. Un parecido con la verdad que no llega a ser adecuación plenaria. Puestas así las cosas, tendríamos que reservar estrictamente la noción de verosimilitud para las narraciones, y reservar la noción de verdad para todas las maneras de hablar estrictas y rigurosas”.

En un texto literario se crea una especie de pacto entre el autor y el lector por el cual lo que el segundo puede exigir al primero es verosimilitud o verdad poética. Lo que se cuenta no es real (y el lector lo sabe) pero en el mundo creado por la narración podría perfectamente serlo. ¿Qué se exige en una campaña electoral? ¿Se exige veracidad? ¿Por qué, si se acepta que es un relato?

En este sentido, los denominados fact check periodísticos tienen un alcance limitado. No a un nivel estrictamente periodístico de contrastación de datos, sino a nivel de creación y manejo de la opinión pública. La BBC, The Telegraph o The Guardian son solo algunos ejemplos de medios británicos con su propio apartado de fact check para las campañas del referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea: el porcentaje de legislación que llega impuesta desde Bruselas, la tasa de exportaciones o importaciones con la Unión o el número de inmigrantes y el gasto público que suponen se someten a un test de veracidad. Ahora bien… ¿utilizan Nigel Farage o David Cameron estos datos con el objetivo de ser veraces? La respuesta es claramente ‘no’.

Cuando Farage afirma que el jefe de Europol ha dicho que han llegado a Europa en los últimos meses 5.000 yihadistas haciéndose pasar por inmigrantes, no tiene la menor intención de ser veraz. Es más que probable que, en su fuero interno, sepa que es mentira: que ni el jefe de Europol lo dijo ni, aunque lo hubiera dicho, sería cierto. Lo que sí sabe es que para su electorado es verosímil. En la narración que ha creado, podría ser cierto que 5.000 yihadistas hubieran llegado simulando ser inmigrantes; qué otra cosa podría esperarse del enemigo, del antagonista, de la Unión Europea. Farage no va a quedar como un mentiroso, por más que se demuestre que lo es.

Eso sí. Lo que se afirma tiene que ser verosímil, al menos para tu electorado. Por eso algunos mensajes electorales no llegan. Porque una cosa es aceptar que algo no es cierto y otra tolerar que el partido o el candidato en cuestión ni siquiera respeten la verdad poética. Cuando Pedro Sánchez asegura que el PSOE es un partido unido, la reacción generalizada es la carcajada. Cuando el Partido Popular asegura que ha luchado, lucha y luchará contra la corrupción, incluso en sus filas más de uno se revuelve. No es que las declaraciones sean verdaderas o falsas: es que en el relato existente se trata de afirmaciones que ni siquiera rozan el parecido con la verdad.

La verosimilitud propia del discurso electoral es la que impide aplicar los fact check a las declaraciones hechas en campaña. Por otra parte, la mayor parte de ese discurso se construye sobre futuribles, lo que hace imposible someterlo a estas ‘pruebas de la verdad’. Albert Rivera dijo que no pactaría con PP o PSOE y pactó en febrero con la formación socialista. Diagnóstico: mentiroso. Las redes sociales se desbordan tirando de hemeroteca. ¿Mintió Rivera? Estrictamente no. En diciembre, en plena campaña, era verosímil que Ciudadanos no pactaría con populares o socialistas, era un nuevo partido que hacía frente a la vieja política y que no tenía nada que ver con ella. No podía tener nada que ver con ella si el héroe quería triunfar y desenmascarar a los falsos héroes. En febrero había que pasar al terreno de las decisiones. Y, a partir de ahí, el relato fue otro: el de la responsabilidad y el hombre de estado que es capaz de hacer renuncias por el bien de su país.

No quiere decir esto que no deba exigirse a los políticos la verdad (en caso de que la verdad existiera) en su comunicación con la ciudadanía, o al menos no la mentira descarada; mucho menos permitir que los discursos de los medios de comunicación se alejen de ella o, mejor dicho, que se acerquen al engaño manifiesto. Significa únicamente que cada tipología discursiva tiene sus reglas. Y en los mensajes electorales, la veracidad no es una de ellas.

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