Por Natally Soria Moya @NatySoria88 Internacionalista y comunicadora política. Speech writer del Presidente de la República de Ecuador

En 2017 se celebraron elecciones generales en Ecuador. Para ellas se presentó una mujer como binomio presidencial de un conocido político, Paco Moncayo. Monserratt Bustamante, outsider de la política, académica, poco mediática.

Frente a su candidatura, en redes sociales circulaba un meme que decía: “Si ella recibe tres votos es porque tiene dos amantes”. ¿Broma?, ¿comentario desafortunado? o ¿reflejo de un sentimiento popular generalizado frente a una mujer como candidata?

Hace diez años tres países sudamericanos: Brasil (Dilma Rousseff), Chile (Michelle Bachelet) y Argentina (Cristina Fernández) estaban liderados por mujeres. Países con gran impacto económico y político, no solo en la región, sino en todo el sistema internacional.

Hoy, todos los países de Sudamérica están liderados por hombres, y no parece que ese panorama pueda cambiar, al menos, en el corto plazo.
Dilma y Cristina terminaron sus periodos involucradas en casos de corrupción. Bachelet reemplazada por Sebastián Piñera, que ha vertido comentarios machistas. Brasil pasando de un gobierno que había nombrado más ministras mujeres en la historia del país (18), a un mandatario como Michel Temer, que designó como su gabinete exclusivamente a hombres. Composición que no ha cambiado mucho con la llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil.

Con ese escenario, es fundamental investigar si una mujer puede volver a liderar un país latinoamericano. Y para ello, más importante aún, es saber si el elector está dispuesto a votar por una mujer para presidenta.

Para responder la interrogante se aplicaron experimentos controlados a cinco grupos: estudiantes de Medicina (no reciben materias relacionadas con política), estudiantes de Derecho (reciben materias relacionadas con política), militantes de un partido político (conocen las internas partidistas), funcionarios de la Presidencia de Ecuador (conocen de cerca el trabajo de un presidente), y mujeres rurales de una organización feminista (luchan por los derechos de la mujer).

Cada grupo se dividió en dos y se les aplicó preguntas de control para verificar que fueran homogéneos. Una vez comprobado esto, a un grupo se le presentó una candidata con características femeninas y un candidato con características masculinas, y al otro grupo se le presentó la misma descripción, pero inversa. Ahora la candidata tenía las características masculinas y el candidato las femeninas.

Sobre esos candidatos se les preguntó: ¿Cuáles son los atributos más importantes para ser presidente? ¿Qué temas debería asumir el siguiente presidente, en orden de importancia? ¿Cuál de los candidatos respondería mejor a una lista de problemas económicos, políticos y sociales? y, por último, debían establecer ¿quién tenía más probabilidades de ganar?

Recordemos que todos respondieron sobre la base de la misma descripción de los candidatos, solo que de manera inversa. Por lo tanto -en el caso de que el sexo del candidato no fuera importante- si el grupo de control respondía que ganaba el hombre, el grupo experimental debió responder que ganaba la mujer. Pero esto no sucedió. Ambos grupos eligieron al hombre.

Esto demostró, que para el elector el sexo del candidato es más importante que sus atributos, características, capacidades y experiencia. ¿Si el hombre ganó por su descripción en un grupo, por qué la mujer no ganó cuando contó con la misma descripción?

Por lo tanto, sobre la base de estos resultados, podría afirmarse que un elector, de manera natural, no votaría por una mujer para presidenta, aunque ésta tenga las características para ser la mejor candidata.

Probablemente por la incongruencia de roles, que establece que las personas tienden a creer que para ocupar y desempeñar de forma efectiva puestos de liderazgo (especialmente en organizaciones de mayor prestigio social) es necesario poseer cualidades masculinas, y al ciudadano común le cuesta pensar o aceptar que esas cualidades puedan venir de una mujer.

Frente a eso habría que analizar cómo otras mujeres como Dilma, Cristina y Michelle lograron acceder al poder, para aprender de ellas y replicarlo. Pero, sobre todo, para establecer si sobre su triunfo influyeron otros elementos como, por ejemplo, la transferencia de liderazgo, el partido político, la ideología, el sistema electoral.

Lo cierto es que si más mujeres quieren llegar a la presidencia no pueden seguir creyendo que solo es cuestión de candidatearse y pedir votos. Porque incluso una campaña electoral desacertada puede ser determinante. Al final es claro que detrás del triunfo de una candidata aún hay muchas aristas por entender e investigar.

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