Por Alejandro González, @alexgnzprz, Politólogo. Consultor de comunicación política.

El pasado 8 de mayo el expresidente Barack Obama anunciaba a través de su cuenta de Twitter el fallecimiento de Bo, el perro estrella de la Casa Blanca durante su mandato, tras no superar una batalla contra el cáncer. Su tuit y el de la ex primera dama, Michelle Obama, pronto se hicieron virales y no cesaron las muestras de apoyo y condolencias de miles de usuarios que lamentaban la pérdida de Bo y que empatizaban añadiendo su particular drama canino familiar reciente.

“Toleraba todo el alboroto que conllevaba estar en la Casa Blanca…”, elogiaba Obama a Bo en el tuit de despedida. Y tanto. En 2016 se frustró un plan de secuestro para raptar al can más mediático de los Obama. Por suerte, pudo ser interceptado a tiempo.

Y es que Bo, como muchas otras mascotas presidenciales ha jugado un papel importante en la construcción de la personalidad del presidente, de su proceso de humanización y de su relato de Gobierno.

En el caso de los Obama, Bo se convirtió muy pronto en un miembro más de la familia, y por extensión, de muchas familias americanas. Asistía a eventos, correteaba por los pasillos de la Casa Blanca y posaba para los fotógrafos cada vez que se le requería. Era un gran reclamo mediático.

En Argentina, el perro del actual presidente Alberto Fernández se ha convertido en todo un influencer. Dylan, que así se llama este perro de raza collie, tiene su propia cuenta de Instagram con nada menos que 275k seguidores (@dylanferdezok). Además, tuvo una participación muy activa en la campaña del entonces candidato a presidente, en la que lo pudimos ver acompañando en todo momento a Alberto Fernández o protagonizando un cartel electoral en el que se le anunciaba como el futuro perro presidencial. Tanto en las redes sociales del propio Alberto Fernández como en las de Dylan, las innumerables fotografías y vídeos de los dos dejan al descubierto la adoración que este siente por su mascota.

En Europa, Boris Jonhson o Macron también han dado protagonismo político y comunicativo a sus mascotas. Más el primero que el segundo, eso sí. Se cuenta que Dilyn, el fox terrier de Currie que habita en Downing Street, ha conseguido sacar en más de una ocasión de quicio al primer ministro británico. “¡Alguien tiene que matar este maldito perro!”, se le escuchó gritar en la casa de campo presidencial tras ver como Dilyn -poco obediente y caprichoso- destrozaba uno de los libros antiguos de la biblioteca. Eso sí, tras los destrozos siempre había reconciliación con paseo y foto incluida y a día de hoy el perro sigue habitando el número 10 de Downing Street.

En Francia, Nemo es el perro que adoptó Macron de una protectora de animales y que le acompaña en actos y recepciones oficiales. Más allá de alguna anécdota sonada, Nemo ha sido un reclamo que Macron ha utilizado en varias ocasiones para transmitir mensajes políticos. A través de su cuenta de Instagram, el presidente ha aprovechado la simpatía de Nemo para abanderar causas contra el abandono y el maltrato animal o simplemente para dar a conocer momentos de backstage en los que el can era uno más de la delegación francesa de Gobierno.

En todos estos ejemplos y en otros muchos hay un intento comunicativo que, partiendo de la autenticidad, trata de acercar al presidente al salón de cualquier casa de familia media. De presentarlo como alguien que cuida, quiere y tiene como un miembro más de su familia a un perro o un gato, ¿cómo no va a cuidar y ser empático con los problemas de los ciudadanos? Es lo que en psicología se conoce como ‘efecto halo’: un sesgo cognitivo que nos hace extrapolar atributos positivos de la personalidad de un individuo a partir de un criterio que lo evoca. Por ejemplo, el atractivo físico, el rol de buen padre, buena madre o la sensibilidad necesaria para cuidar de una mascota.

La humanización en política a veces pasa por algo tan sencillo como mostrarse auténtico. Sin impostar la performance. Por eso aquellas instantáneas de largas carreras de Obama con Bo por los pasillos de la Casa Blanca siempre quedarán en la retina de millones de estadounidenses.

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