Todos los finales de año traen consigo la tentación de la revisión de lo vivido. Sin embargo, tan absorta en este colapso narrativo, y mira que lo advirtió Douglass Rushkoff en The Present Shock, me topé con el final del año sin revisar eso que podríamos llamar aprendizajes de un 2015 de “muy lobby y mucho lobby”, que diría respecto a los españoles Rajoy. Esto sería un resumen de lo que por forma, fondo o intensidad hemos hecho nuevo los consultores de asuntos públicos:

1. No tanto anticipar cuanto contextualizar y ayudar a comprender. Tan perdidos estábamos en lo volátil, sí. Después de un año en el que no hemos parado de votar, hemos llegado a la víspera del 20D con un índice de indecisión y/o de decisión silenciada por bochorno que no conocíamos y que hacía más difícil si cabe la tarea de anticipar escenarios de futuro. A muchos clientes les bastaba una respuesta a la pregunta de “pero, ¿y esto/este ahora?”.

2. No tanto lobbying parlamentario como programático. Y es que tuvimos programas electorales para aburrir y en más de uno era interesante incidir. La idea era ser escuchados e, idealmente, que los intereses de los sectores fueran reflejados en el programa electoral del partido que más posibilidades tuviera de gobernar. Ay, eso de que tu sector esté en agenda política.

3. Del acompañamiento al lobbying de sparring. La llegada de los partidos emergentes trajo consigo muchas incertidumbres de todo tipo, pero había una sustancial: “¿cómo les tratamos…?” De pronto era como si los partidos emergentes fueran marcianos y la misión de los consultores la de entablar un primer diálogo, previo al de la empresa o sector. Primeras conclusiones: no era para tanto, nos necesitamos más de lo que quisimos reconocer.

4. Pedagogía del discurso. Los aspirantes simultanearon sus roles de candidato y cargo electo y vimos en purito directo la diferencia entre discurso electoral (“Llevaremos a la cumbre la hortaliza y la legumbre”, Ibañez dixit), discurso institucional (“Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”, Groucho Marx dixit) y discurso políticamente correcto (“En este punto la intervención en el territorio obliga al reajuste y a la búsqueda de la denominada política de acción”, por ejemplo). Y ahí también hubo que hacer pedagogía.

5. Del lobbying magro al musculado. Las elecciones y las conformaciones de gobierno nos brindaron la oportunidad de trabajar más sobre los climas de opinión. Y así hemos pudimos participar de verdad de la construcción de redes. Las mejores alianzas las empezamos a ver en 2015.

6. Del lobbying político al técnico. Con tanto político en campaña los técnicos ganaron enteros en el interés de los lobbies que, feroces y no, se dieron cuenta de que la metáfora del agua de Bruce Lee era buena y que, si no puedes ser agua, al menos acércate a ella, my friend. Hemos re-aprendido que los técnicos son clave porque ayudan a preparar el terreno (o el recuerdo) de cara a una nueva legislatura. Esto es muy nuevo príncipe, lo sé, pero funciona.

7. Del lobbying de los 100 primeros días de Gobierno al de gobierno funciones. Y qué le vamos a hacer. Los gobiernos en funciones han pasado de ser prácticamente ignorados por los lobbies a ser una opción de tránsito “ni tan mala”. Los consejos de gobierno se han seguido celebrando y de ellos se derivaron acuerdos, no muchos ni muy osados, pero acuerdos al fin y al cabo.

Sirvan estos ejemplos como ejercicio de encapsulamiento y reflexión sobre el año que acabó y, sobre todo, como guante hacia el nuevo año. Como dice José Mota: 2016, no digo que me lo mejores, iguálamelo.

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