Por Aitor Castañeda Zumeda, @aitorcastanedaz, Docente e investigador en la Universidad del País Vasco

En su libro La Caverna del Humorismo (1919), el novelista vasco Pío Baroja decía haber escrito su primera obra teórica sobre el humor “con gárrula palabrería de un político español” (p. XI). De una forma “amena” pero “poco concluyente”, en palabras del gallego Celestino Fernández de la Vega (2002), Baroja llamó “humor” a todo lo que le agradaba y descartó de esta categoría a lo que no. Dejó, sin embargo, claro que ni el humor ni la política deben ser gárrulos. A esa conclusión habría llegado un siglo antes el alemán Jean Paul Richter (1812), pues “para el humor no existe la tontería individual”, sino solo “la tontería y un mundo tonto” (pp. 138-139).

Si el humor era para Richter ese ejercicio de relativización y contraste entre lo grande y lo pequeño, y en pocas palabras una actitud de optimismo universal ante la vida, su ejercicio en política no solo es atrayente, sino también necesario si se desea humanizar a un candidato –¿qué hay más humano que la risa?–. De este principio dan fe desde un Bill Clinton bailando La Macarena hasta un Rodríguez Zapatero haciendo un lema de sus cejas en punta (^^), auténtico the big one –en palabras de Francisco Izquierdo Navarro (1975: 158)– de un producto comercial. Pues no hay persona más atractiva y cercana que quien se ríe de sí misma (Sarráis, 2020: 145), transmitiendo optimismo y huyendo de dogmas.

Si todo esto es cierto, también lo es que vivimos en un tiempo de cólera donde el humor debe retornar a la política, pues uno de los efectos secundarios de la pandemia ha sido retraernos a esa República platónica, donde la risa debía encorsetarse para no llevar a exceso (389a). No son nuevas las críticas a las campañas electorales como espacios donde se riñen las cosas más agradas e intocables (Garzia, 1987), y por lo tanto carentes de cualquier posibilidad humorística, incluso en tiempos aquejados de un potente relativismo.

Sin renunciar a los valores propios que caracterizan al político, transmitir la capacidad de ironía, de derrotar al contrario sin caer en la sátira, de esquivar sus ataques usando un chiste como escudo, son virtudes que se han alabado en la retórica desde Aristóteles, relajando la emisión del mensaje y reduciendo los costos del ataque frontal (Arriaga et al., 2016: 81). No obstante, en tiempos donde se habla más de bloques –¿facciones?– que de ideologías o personas, y donde diversos fenómenos nos llevan antes al enfrentamiento que a la unión pacífica, es complicado que haya humor.

Y es que un estudio internacional publicado por el Centro de Investigación Pew, de Washington (Devlin y Connaughton, 2020), indicó que de una muestra de más de 14.000 encuestados por teléfono entre las 14 economías más potentes de América, Asia Oriental, Europa y Oceanía, un 48% aseveraba que su país se hallaba más dividido tras la primera ola de la pandemia, frente al 46% que creía lo contrario –se excluía al 6% que no respondió–. Datos que están lejos de arrancar una sonrisa.

En su libro, Baroja decía también que los vendedores de medicamentos le parecían “más respetables” que los políticos. En un momento donde la desconfianza contagia a unos y otros por igual, y es nuestra salud la que está en juego, toca volver a la Oración del buen humor de Santo Tomás Moro, no en vano patrón de los políticos: “Concédeme comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría, y pueda comunicársela a los demás”. Si la política es la gestión del bien común, no hay mayor bien que un país feliz.

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